Cornudo por Venganza · I. La traición · Cap. 2 de 20 · 11 min
La conversación más difícil
Capítulo 2
La conversación más difícil
Mi nombre es Julia Aguilar y aquella mañana, antes de las nueve y diecinueve minutos del sábado siete de junio, yo era una mujer feliz que iba a casarse el sábado siguiente.
Tenía veintinueve años. Era editora junior en una editorial barcelonesa especializada en novela contemporánea. Tenía un piso pequeño en el Eixample izquierdo, en una calle con tres librerías de viejo y una cafetería que abría a las siete de la mañana. Tenía un padre exculturista de cincuenta y ocho años al que llamaba dos veces por semana y una hermana pequeña que me ponía la cabeza loca con sus tutoriales de maquillaje en TikTok.
Y tenía a Guille.
Guillermo del Pino. Treinta años. Abogado en uno de los bufetes más caros del centro de Barcelona. Heredero de una abuela paterna que había muerto cinco años antes dejando una fortuna y un testamento con cláusulas raras. Ojos verdes que se ponían transparentes cuando dormía la siesta. Mandíbula de las que se dibujan. Inteligencia rápida y un sentido del humor que solo me dejaba ver a mí.
Llevábamos juntos cuatro años y dos meses. Prometidos desde hacía catorce meses. La boda estaba pagada, fotografiada de antemano en mi cabeza, ensayada en mil cenas con familiares pesados.
Mi nombre es Julia Aguilar y aquella mañana, hasta las nueve y diecinueve minutos, todo eso seguía siendo verdad.
Abrí la puerta en pijama, sin café todavía, con el pelo de dormir y una sonrisa de "qué hace mi hermana pequeña a estas horas un sábado". Carmen tiene veintidós años, vive en El Raval, sale los viernes y nunca, jamás, está en pie un sábado antes de las once.
—¿Y tú a estas horas, hermanita?
No me contestó.
Llevaba la cara más pálida que le había visto desde el entierro de mi madre. Tenía la mandíbula apretada. El pelo recogido como si no se hubiera mirado al espejo antes de salir.
Sacó el móvil.
Me lo pasó sin decir nada.
En la pantalla había una foto.
Si me preguntases ahora, cuatro meses después de aquel sábado siete de junio, qué fue exactamente lo que vi en el primer segundo, no te lo sabría decir. Recuerdo la imagen como un golpe físico, no como una imagen procesada. Lo que sí recuerdo, milimétrico, es el orden de las cosas que mi cabeza fue identificando:
Primero, la chaqueta gris. La de Pitti Uomo.
Segundo, la nuca. La raya perfecta de la peluquería de la Rambla de Cataluña.
Tercero, la mano. La mano de él en la cintura de otra mujer.
Cuarto, el reloj. El que se le había levantado un poco con el gesto. Yo le había regalado ese reloj por su cumpleaños hacía dos años.
Quinto, ella. Vestido azul marino. Treinta y tantos. Boca abierta riéndose.
Y entonces, finalmente, el cerebro entero hizo clic.
—No es él —dije.
Carmen no dijo nada. Solo me sostuvo la mirada.
—Carmen, esto no es él. Es alguien que se le parece. Mira el ángulo. No se le ve la cara.
—Es él.
—Carmen, no.
—Es él, Julia. Estuve dos horas en el banco del metro de Diagonal mirando esa foto. Te juro por mamá que es él.
Que jurase por mamá.
Llevábamos las dos sin hacerlo desde que mamá había muerto. No era una expresión que usáramos a la ligera. Carmen nunca, jamás, había jurado por mamá en una conversación conmigo. Mi padre tampoco.
Bajé el móvil. Me senté en el escalón del recibidor. Carmen se sentó a mi lado.
Estuve callada cinco minutos.
—¿Cuándo? —pregunté finalmente.
—El martes. A las seis y veinte de la tarde.
—¿Dónde?
—El hotel ese de la esquina de Muntaner con Avenir. La terraza alta. Yo venía de la reunión con la marca coreana.
—¿Por qué no me llamaste ese día?
Carmen tardó un momento. La voz se le quebró un poco.
—Porque sabía que si te llamaba en caliente te lo iba a decir mal. Y porque no quería joderte la vida sin estar segura.
Asentí. Sin mirarla.
—Bien.
—¿Bien?
—Bien hecho. Has hecho lo correcto, Carmen.
Se me echó a llorar encima.
Yo no lloré.
Quiero que se entienda esto porque es importante para todo lo que viene: yo no lloré en aquel escalón del recibidor. No lloré en toda esa mañana. No lloré en toda esa semana. Lloré por primera vez ocho días después, conduciendo de vuelta a este piso desde Sarrià, sola, a las once y media de la noche del viernes. Y solo cinco minutos.
Pero entre el sábado siete de junio a las nueve y diecinueve de la mañana y el viernes catorce a las once y media de la noche, yo no derramé ni una sola lágrima.
Eso, después, mi padre lo definió como "el mecanismo Aguilar". Decía que los Aguilar lloramos tarde, pero pensamos pronto. Mi madre, según él, era igual.
Yo no sé si fue herencia o fue carácter. Lo que sí sé es que aquella mañana, sentada en el suelo de mi recibidor mientras mi hermana lloraba apoyada en mi hombro, mi cabeza ya estaba haciendo cuentas.
Carmen se quedó hasta el mediodía.
La obligué a comer algo. Hice café para las dos. Le di una sudadera mía y le dije que se duchara en mi baño. Mientras ella se duchaba, yo abrí el ordenador y entré en mi correo.
Tenía un correo guardado de hacía tres años que llevaba todo este tiempo sin abrir. Lo había recibido tras la muerte de la abuela de Guille. El notario Vilanova me lo había mandado en su día como "parte interesada en el procedimiento testamentario", junto con el documento de aceptación de herencia que tuvo que firmar Guille.
Aquel correo contenía un PDF.
El testamento de Margarita del Pino, viuda de del Pino, fallecida en febrero de hace cinco años, con domicilio en el Passeig de Gràcia.
Abrí el PDF.
Lo había leído por encima en su día, distraídamente, porque Guille me había dicho "es un trámite, no es nada raro". Yo lo había guardado y olvidado.
Esa mañana lo leí entero.
Y en la página siete encontré la cláusula que iba a cambiar mi vida.
No la voy a transcribir todavía, porque eso es del próximo capítulo. Lo que sí te puedo decir es que mientras yo leía esa cláusula en mi salón, con el café enfriándoseme entre las manos, escuché el secador de Carmen en el baño y supe que el resto de mi día tenía que estar organizado en silencio.
Cuando Carmen salió del baño, le dije:
—Te vas a casa de papá. Le dices que has dormido aquí, que me encuentro mal, que te he pedido que me dejes descansar. No le cuentas nada. ¿Vale?
—Julia…
—No le cuentas nada, Carmen. A nadie. Hasta que yo te diga.
—¿Vas a hablar con él?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Pronto. No esta semana, pero pronto.
—¿Esta semana sigues con la boda?
La miré. Le aparté el pelo todavía mojado de la cara.
—Esta semana sigo con lo que tengo que hacer.
Carmen asintió. No me preguntó nada más. Cogió su bolso, su llave, su móvil con la foto que ya no me hacía falta seguir mirando, y se fue.
A la una de la tarde yo estaba sola en el piso con un testamento abierto sobre la mesa de la cocina, un boli rojo en la mano, y una intuición creciente de que aquella foto del martes no me había hundido la vida.
Me la había puesto delante.
A las cuatro de la tarde llamé a Vilanova.
Vilanova es el notario que custodió en su día el testamento de Margarita del Pino. Tiene un despacho en el carrer Aragó, tercera planta, secretaria mayor llamada Pilar. Lo conocía porque había venido a casa de los del Pino a las dos cenas familiares de Reyes que celebramos los últimos años. Aquellos del Pino tenían un notario de cabecera, como otras familias tienen un médico.
Era sábado por la tarde y no esperaba que respondiera.
Vilanova me respondió al tercer tono.
—Julia, ¿pasa algo?
—No, Pedro. Disculpa que te moleste un sábado. Necesito que me aclares un punto del testamento de Margarita.
Pedro Vilanova tiene sesenta y un años, viudo desde hace cuatro, ningún hijo. Mi suegra (la madre de Guille) y él eran amigos del colegio. La cosa entre nosotros llegaba hasta los lazos correctos del entorno familiar. Pero no nos habíamos llamado nunca en privado.
—Dime.
—La cláusula séptima. La que condiciona la fundación. ¿Puedes confirmarme una cosa?
—La cláusula séptima de Margarita. La condición de la fundación. Sí. Dime.
—¿Esa cláusula sigue activa hoy o se cerró con la aceptación de Guille de la herencia hace cinco años?
Silencio al otro lado.
—Julia.
—Sí.
—¿Por qué me lo preguntas?
Le contesté con la voz más tranquila que me salió.
—Porque la abuela Margarita pensó en mí cuando redactó esa cláusula, Pedro. Y a mí me toca saber si ella estaba acertada o no.
Silencio otra vez.
—La cláusula sigue activa, Julia. Sigue activa hasta cinco años después del matrimonio o, en su defecto, hasta dieciocho meses después de una ruptura formal por causa imputable a una de las partes.
Anoté en un papel.
CINCO AÑOS DESPUÉS DEL MATRIMONIO.
DIECIOCHO MESES TRAS RUPTURA POR CAUSA IMPUTABLE.
—¿Cómo se prueba esa "causa imputable", Pedro? Si fuera, por ejemplo, infidelidad.
Pedro tardó un momento más.
—Con un acta notarial. Fotos timestamp, testigo dispuesto a declarar, idealmente certificado por mí en presencia de la parte agraviada antes de un procedimiento civil.
Anoté.
ACTA NOTARIAL.
FOTOS TIMESTAMP + TESTIGO + CERTIFICACIÓN VILANOVA.
—¿Cuál es la cantidad exacta que está en juego en ese caso, Pedro?
—Eso es información privilegiada, Julia.
—Lo sé. Te pido el favor.
Pedro tardó cuatro segundos.
—Cinco millones doscientos mil euros. Más o menos.
Anoté.
5.200.000 €
Subrayé la cifra dos veces con el boli rojo.
—Pedro. ¿Si yo te llevara esa acta notarial el lunes a primera hora, qué pasaría?
—Pasaría, Julia, que en dieciocho meses esos cinco millones doscientos mil euros van a la Fundación Margarita del Pino. Y Guille no toca un euro.
—¿Y si en lugar de presentarte el acta firmo contigo un documento privado declarando que Guille y yo seguimos siendo pareja estable?
—Entonces la cláusula sigue dormida cinco años más, contando desde hoy.
—¿Aunque no estemos casados oficialmente?
—Aunque no estéis casados oficialmente, Julia. La abuela Margarita no creía en el matrimonio civil, solo en el religioso, y ella firmó esto antes del año noventa. La cláusula exige "unión estable", no "matrimonio".
Anoté la última cosa.
UNIÓN ESTABLE ≠ MATRIMONIO.
—Pedro, una última cosa. Si yo voy contigo el lunes y firmamos eso, ¿estás obligado a contárselo a Guille?
—Estoy obligado a notificárselo.
—Vale. ¿Y si yo cito a Guille en tu despacho el lunes a primera hora, contigo presente, y le explico lo que quiero hacer delante de ti?
—Entonces no tengo que notificárselo. Te oye.
—Lo cito.
—Te confirmo a las nueve menos cuarto del lunes, Julia. Y, una cosa, antes de colgar. ¿Estás bien?
—Estoy procesando, Pedro. Gracias por darme tu sábado.
—Procesa, Julia. Pero acuérdate de algo: yo conocí a Margarita del Pino. La conocí setenta años. Esa cláusula estaba escrita para alguien como tú. No te culpes de usarla.
Colgué.
Miré el papel. Cinco cosas anotadas. La cifra subrayada en rojo dos veces.
5.200.000 €.
Y debajo, con la misma letra clara que uso desde que era pequeña, escribí una frase corta que era el plan entero que iba a desarrollar durante los próximos meses.
Que él decida. Pero que decida con todas las cartas sobre la mesa.
A las diez de la noche llamé a Guille.
Guille contestó al primer tono. Estaba con sus colegas del bufete celebrando algo. Música de fondo. Voces.
—¡Mi amor! ¿Cómo estás?
Sonreí al teléfono. Por primera vez sonreí en aquellas trece horas.
Sonreí, sí, como sonríe un jugador de póker que acaba de descubrir que tiene la escalera de color en la mano.
—Bien, mi amor. Solo te llamaba para preguntarte si mañana puedes cenar conmigo en casa. Tengo ganas de verte tranquila antes del barullo de la boda.
—Por supuesto. ¿A qué hora?
—A las ocho.
—Allí estoy. Te quiero.
—Yo a ti.
Colgué.
Me quedé sentada en la cocina mirando el papel con la cifra subrayada hasta las dos de la madrugada.
A las dos de la madrugada me metí en la cama.
A las dos y treinta y dos minutos me dormí.
Y por primera vez en seis horas no estaba sola.
Estaba la abuela Margarita del Pino conmigo. Una mujer a la que solo había visto dos veces en mi vida, dieciocho meses antes de morirse, una vieja delgadísima con el pelo blanco recogido en moño y unos ojos azules iguales a los de Guille pero con cuarenta años más encima.
La abuela Margarita, según el testamento que yo había leído esa misma tarde, me había dejado a mí una herramienta.
Y yo iba a usarla.
¿Y tú qué dirías?
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Las claves de este capítulo
Aspecto clave
La diferencia entre confrontar por reacción y confrontar con un plan es la diferencia entre una pelea y una negociación. La pelea acaba con dos personas heridas. La negociación acaba con una de las dos partes en clara ventaja. Julia entiende esto desde la primera hora. Es lo que le permite, una semana después, hacer lo que hace en el cap 4.
Error que evitar
Soltar la información en caliente a la primera persona dispuesta a escucharla (amigas, familia, redes). Es liberador en el momento, pero te ata las manos para cualquier movimiento posterior. Cada persona que sabe es una persona menos que puedes controlar. Julia ese día solo lo sabe ella, Carmen y un notario. Lo demás llegará cuando ella decida.