Cornudo por Venganza · I. La traición · Cap. 3 de 20 · 13 min
La víspera de la boda
Capítulo 3
La víspera de la boda
Pasé siete días enseñándome a actuar.
Lunes nueve de junio. Trabajo. Reunión editorial con los autores del catálogo de otoño. Comida con dos compañeras. Por la noche cena con Guille en un japonés del Eixample. Le sonreí cuando me cogió la mano por encima de la mesa. Pedí salmón porque sabía que era lo que él iba a pedir.
Martes diez de junio. Más trabajo. Brindis con el equipo porque al día siguiente cumplía años una compañera. Llamada a mi padre. "Papá, estoy nerviosa con la boda." Era verdad, aunque no por lo que él pensaba. Cena en casa de Carmen. Carmen había guardado el secreto. Solo se le notaba en los ojos.
Miércoles once de junio. Pruebas finales del vestido. Estuve cuarenta minutos en la modista del Born sin permitirme una sola lágrima. La modista me dijo que estaba radiante. "Hay novias que se ponen feas en estas semanas. Tú estás como nunca." Le di las gracias. Pagué los últimos detalles.
Jueves doce de junio. Cena familiar grande en casa de los suegros. Guille me presentó a un primo lejano que venía de Mallorca para la boda. Sonreí. Bebí dos copas de vino. Compartí postre con la madre de Guille, que es una mujer agradable a la que probablemente no volvería a ver nunca. Volví al piso a las doce y media. Guille se quedó con su familia.
Viernes trece de junio. La víspera oficial. La despedida de soltero de Guille era esa noche: cena con cinco colegas del bufete en un restaurante de Gràcia, después una copa en algún sitio que él no me había detallado y al que, según el plan, no iba a llegar borracho porque mañana tenía que estar perfecto. La mía, la mía no la había. Yo le había dicho a mis amigas semanas atrás que no quería despedida. Quería estar en casa, descansar, llegar fresca al sábado. Mis amigas habían respetado la decisión. Una de ellas — Marta, mi mejor amiga del trabajo — me llevó un ramo pequeño a la editorial el viernes por la mañana con una tarjeta que decía para una novia que sabe lo que quiere.
Marta no sabía nada. Marta seguía pensando que iba a haber boda.
Mi padre tampoco sabía nada.
Carmen sabía. Pedro Vilanova sabía.
Yo era la tercera persona en saber.
Y Guille era la cuarta, aunque él no supiera todavía que yo sabía.
A las siete de la tarde, viernes trece, yo estaba en mi salón del Eixample con un café enfriándoseme entre las manos por sexta vez ese día.
No iba a esperar al sábado.
Lo había planeado durante toda la semana, claro. Sabía desde el lunes que no iba a permitir que aquella boda se celebrara. La pregunta había sido cómo y cuándo cortarla. Pasé los siete días considerándolo desde todos los ángulos.
Opción uno: el sábado por la mañana, en el ayuntamiento, delante de doscientos invitados, decir que no. Demasiado teatral, demasiado dañino para mi familia. Descartada el martes.
Opción dos: el viernes por la noche, llamarle al móvil mientras él estaba en la despedida y decirle que no me casaba. Mal: él tendría toda la noche para preparar su versión y movilizar a sus padres y a su bufete. Descartada el miércoles.
Opción tres: el viernes por la noche, plantarme en su ático. Confrontarle en su sitio. En su cama. Pillarlo si era posible. Pillarlo con ella si por casualidad. Y dejarle hasta el lunes a las nueve para tomar una decisión que en realidad ya estaba tomada.
Opción tres. Esa la decidí el jueves por la noche.
A las siete y veinte, salí del piso.
Tenía la llave del ático de Guille desde el día que nos prometimos. Él tenía la mía. Era un gesto bonito en su momento. Las dos llaves vivían en mi llavero junto a la del piso de mis padres y la del coche de mi padre.
Cogí mi coche. Conduje hasta Sarrià. Aparqué dos calles más abajo del portal.
Subí en el ascensor a la quinta planta. El ático tenía planta exclusiva. La luz del rellano se encendió al detectarme.
Metí la llave. Abrí.
Estaba a oscuras todo salvo una luz cálida que salía del dormitorio principal al fondo del pasillo.
Cerré la puerta detrás de mí con cuidado. No para pillarles. Para no asustar. No quería gritos al principio. Los gritos los iba a dosificar yo.
Caminé lentamente por el pasillo. La moqueta beige amortiguaba mis pasos. Pasé por delante del salón a oscuras, por delante de la cocina, por delante del baño de invitados. Todas las puertas abiertas. Solo cerrada la del dormitorio. Cerrada pero no del todo: una rendija de luz, una ranura.
Llegué a la puerta. Apoyé la mano en el marco.
Y escuché.
No voy a describir lo que escuché.
Cualquier persona adulta sabe lo que se escucha al otro lado de la puerta del dormitorio de su pareja la víspera de la boda. No hace falta que te lo escriba. Lo que importa no es lo que se escucha. Lo que importa es cuánto tiempo te quedas parada al otro lado de la puerta antes de empujarla.
Yo me quedé treinta y dos segundos.
Los conté.
A los treinta y dos segundos exactos, empujé la puerta.
La luz era ámbar. Una lámpara de noche encendida en la mesilla. La cama king-size que él se compró hace dos años y que yo, durante los siete días anteriores, había estado evitando mentalmente cada vez que pensaba en la boda.
Guille encima de ella. Pelo despeinado. Espalda sudada. Ella debajo. Pelo negro pegado a la sien. Boca abierta.
Los dos me vieron entrar al mismo segundo.
Ella gritó.
Él se quedó quieto, como un perro que se ha cagado en el sofá y todavía no entiende que se le va a notar.
Me apoyé en el marco de la puerta. Crucé los brazos.
—Sigan —dije.
No siguieron.
Ella se apartó de él con un movimiento rápido. Cogió la sábana. Se cubrió el pecho. Tenía treinta y muchos años. Mucha melena negra. Los ojos casi del mismo verde de Guille. Una mujer guapa.
Guille se quedó sentado, desnudo, mirándome con la boca medio abierta.
—Julia.
Yo levanté la mano.
—Cállate. No quiero oírte aún.
Me giré hacia ella.
—¿Cómo te llamas?
Ella tragó saliva.
—Sofía.
—Sofía qué.
—Sofía Castells.
—Sofía Castells, mírame. No estoy aquí para hacerte daño. Esto no es contigo. Pero te voy a hacer una pregunta y necesito que me digas la verdad, no porque me lo debas a mí, sino porque te lo debes a ti misma. ¿Cuánto tiempo lleváis él y tú?
Sofía me miró. Después miró a Guille. Guille no le devolvió la mirada.
—Cuatro meses.
—¿Sabías que se casaba conmigo mañana?
Sofía cerró los ojos un instante.
—Sí.
—¿Sabías que yo no sabía nada de ti?
—Sí.
—¿Estás casada?
—No. Divorciada hace dos años.
—¿Hijos?
—Uno. Trece años.
—Vale. Sofía, vístete. Te vas. Ahora. Sin mirarle a él. Sin decirle nada. Coges tus cosas y bajas en el ascensor en pijama si hace falta. Mañana, pasado mañana, dentro de un año, lo que él te diga, lo que te ofrezca, lo que te jure: olvídalo. Ese hombre te ha utilizado a ti exactamente igual que me ha utilizado a mí. La diferencia es que yo voy a hacer algo al respecto y tú no. Eso a ti te toca decidirlo, no a mí. Pero te aviso. ¿Vale?
Sofía asintió. Le caían lágrimas en silencio. No me daba pena. No me caía bien. No me caía mal. Era una mujer adulta que había tomado decisiones de adulta y que también era víctima de la mentira de él. Pero no era mi problema.
—Vístete.
Sofía se vistió con la prisa de quien quiere desaparecer. Recogió un bolso pequeño de la silla del rincón. Recogió un par de botas. No miró a Guille. Pasó por delante de mí. Le bloqueé el paso un segundo.
—Una última cosa, Sofía. No le pongas a tu hijo el ejemplo de pelearse por un hombre como este. ¿De acuerdo?
Sofía asintió. Pasó. La oí bajar por el ascensor.
Cerré la puerta del dormitorio.
Me giré hacia Guille.
Guille seguía sentado en la cama, todavía desnudo, con los hombros echados hacia delante y la mirada en el suelo. Le tiré una bata que había en el respaldo de la silla. Se la puso sin mirar.
—Julia, mi amor, te voy a explicar…
—No, Guille. No me vas a explicar nada hoy.
Levanté la mano. Mostraba el dedo índice. Era el dedo de la abuela Margarita.
—Hoy te voy a hablar yo. Y tú te vas a quedar callado. ¿Vale?
Asintió.
—Sé desde hace ocho días. Desde el sábado pasado. Carmen te vio en una terraza con ella. Tiene una foto. La foto está timestamp. Pedro Vilanova ya la tiene.
Guille palideció.
—Pedro…
—Pedro Vilanova lleva siete días al corriente. Sí. Mañana, sábado catorce de junio, doscientos invitados están convocados a las cinco de la tarde en el ayuntamiento. No va a haber boda. Eso ya lo sabes tú.
—Julia, podemos hablar. Podemos…
—Cállate. He dicho que cállate.
Calló.
—Pasado mañana, lunes, a las nueve menos cuarto de la mañana, tú vas a estar en el despacho de Pedro Vilanova en el carrer Aragó. Yo voy a estar allí también. Pedro va a estar allí. Y vamos a tener una conversación de la que tú vas a salir habiendo tomado una decisión.
—¿Qué decisión?
—Te lo cuento allí, no esta noche. Esta noche solo te aviso de tres cosas. Apunta.
Guille buscó instintivamente el móvil. Le miré. Lo dejó.
—Primera: si mañana sábado catorce, antes de las nueve de la mañana, tu madre, tu padre, tu hermano o cualquier persona del bufete recibe una llamada tuya intentando narrar esto a tu manera, yo ejecuto la cláusula séptima del testamento de la abuela Margarita en menos de una hora. Tú sabes cuál es. Yo también la sé desde hace siete días. La he leído.
A Guille se le abrió un poco la boca.
—Segunda: si mañana sábado catorce no apareces en el ayuntamiento a las cinco menos cinco para decir que ha habido una decisión común, voy yo. Y digo lo que ha pasado. Delante de tu familia y la mía. Sin filtros.
Asintió.
—Tercera: el lunes en el despacho del notario no va a haber gritos, no va a haber discusión, y no va a haber negociación de hombre. Yo te voy a ofrecer tres opciones. Una de las tres vas a aceptar. Las tres son legales, las tres son irrevocables y las tres están ya redactadas. No vas a poder mejorarlas. Solo elegir entre ellas.
Asintió.
—¿Has entendido?
Asintió por tercera vez.
—Vas a decirlo en voz alta, Guille. Mírame.
Levantó la cabeza. Por primera vez en toda la noche. Tenía los ojos enrojecidos. Pero también tenía esa cosa rara de los chicos como Guille que se quiebran un poco solo cuando tienen delante a alguien que no se quiebra.
—He entendido —dijo.
Asentí.
Recogí mi bolso. Cogí mi llave del ático de Guille. La dejé encima de la cómoda al lado del dormitorio.
—Esto se queda aquí. No voy a volver a entrar nunca más. La tuya de mi piso, mañana a primera hora me la devuelves en la puerta del notario.
Salí del dormitorio sin mirarle.
Bajé en el ascensor. Recorrí el pasillo de la entrada. Salí al portal. Caminé las dos calles hasta donde había aparcado el coche.
Me senté al volante.
Cerré la puerta.
Y entonces, por primera vez en ocho días, lloré.
Lloré cinco minutos exactos. Lloré con la frente apoyada en el volante y las dos manos en el salpicadero. Lloré por mi padre. Lloré por Carmen. Lloré por la novia de hace seis meses que se había probado un vestido de mermaid con perlas y se había sentido la mujer más afortunada del mundo. Lloré por la abuela Margarita, que había muerto sin conocerme bien y que sin saberlo me había dejado el regalo más raro que he recibido nunca. Lloré también, sí, por Guille. Por el Guille que yo había querido durante cuatro años y dos meses. Por el Guille que no iba a volver a existir aunque siguiéramos viviendo juntos durante muchos años.
Y a los cinco minutos exactos paré.
Me sequé la cara con el dorso de la mano. Arranqué el coche.
Conduje de vuelta a mi piso del Eixample.
Mañana sábado no había boda.
El lunes a las nueve menos cuarto, en cambio, sí había despacho.
¿Y tú qué dirías?
¿Cómo reaccionarías en ese instante, en la puerta del dormitorio?
Vota y descubre qué eligieron los demás miembros del club.
Las claves de este capítulo
Lo que hicieron bien
Julia mantuvo la calma porque ya tenía un plan. Confrontar sin plan es desahogo; confrontar con plan es ejecución. La diferencia entre las dos cosas marca la novela entera. Si Julia hubiera llegado al ático de Guille a la hora siguiente de ver la foto, esta historia sería distinta y peor.
Aspecto clave
Preguntarle a la otra mujer ANTES de hablar con él es un movimiento adulto poco común. La gente normal corre directamente a confrontar al traidor. Julia primero le saca información a la cómplice involuntaria: necesita saber DESDE CUÁNDO. Esa información cambiará la conversación que tiene después con Guille.