Casado y Cornudo · I. El descubrimiento · Cap. 2 de 10 · 10 min
Tres años bien contados
CapĂtulo 2
Tres años bien contados
Tres años despuĂ©s, una mañana de octubre, Javi y yo hicimos cuentas en la cocina sobre quiĂ©n habĂa sido más feliz desde que se conocĂan. Yo dije que Ă©l, porque era el que más habĂa cambiado. Él dijo que yo, porque era la que menos se quejaba. Acabamos riĂ©ndonos los dos de lo malos que somos haciendo balance de nuestra propia pareja.
Lo cuento asĂ, en plural, porque el plural nos venĂa bien.
A las dos semanas del club de lectura, en una galerĂa del Reina SofĂa, Javi me besĂł por primera vez delante de un cuadro de TĂ pies que ninguno de los dos entendĂa. A las tres semanas, le invitĂ© a mi piso de Princesa despuĂ©s de un concierto en el CafĂ© BerlĂn. A las cuatro semanas dormimos juntos por primera vez. A los ocho meses cogimos un piso en alquiler que se nos iba de presupuesto pero que tenĂa la ventana del salĂłn mirando hacia las copas de los árboles de un colegio y eso, en Madrid, vale lo que vale. A los dos años hicimos un viaje a Lisboa que terminĂł en una librerĂa de la Rua do Alecrim, donde Javi me regalĂł una primera ediciĂłn de Pessoa que costĂł lo mismo que un fin de semana en cualquier otro sitio.
A los tres años exactos, una noche en esa misma terracita de Princesa, me pidió que me casara con él.
Le dije que sĂ antes de que terminase la frase. Lo cuento como un mĂ©rito, pero la verdad es que en mi cabeza ese sĂ llevaba dado desde el cafĂ© que tomamos en El Comunista la tarde de noviembre del primer encuentro. Solo habĂa esperado al momento adecuado para pronunciarlo en voz alta.
Y, sin embargo.
Y, sin embargo, hay un sin embargo. Lo hay en todas las parejas que llevan tres años bien contados. Y la nuestra no era una excepción.
Lo nuestro funcionaba en casi todo.
Funcionaba lo grande. Las decisiones importantes —el piso, el dinero, los planes a cinco años— las hablábamos antes de hablarlas. Es una expresiĂłn rara pero es asĂ. Las hablábamos en mensajes durante el dĂa, en susurros antes de dormir, en la cocina mientras se calentaba la cena. Para cuando llegaba el dĂa de tomar la decisiĂłn, ya estaba tomada. No habĂa peleas. No habĂa sorpresas.
Funcionaba lo pequeño. Las rutinas. Los desayunos. Yo le ponĂa la maquinilla y la espuma de afeitar el sábado por la mañana, Ă©l me preparaba el termo con el tĂ© rojo y miel los lunes lectivos. Cuando yo me enfadaba —porque a veces me enfadaba, soy persona— Ă©l esperaba. Cuando Ă©l se encerraba en el despacho a la una de la madrugada porque tenĂa un cliente que pedĂa cosas imposibles, yo le dejaba una taza con dos onzas de chocolate y le dejaba en paz.
Funcionaba lo lento. Los planes de fin de semana. Las visitas a sus padres en Guadalajara, a los mĂos en Aranjuez. Las cenas con su mejor amigo, Rodrigo, que era exactamente el opuesto de Javi y que aun asĂ habĂan sobrevivido juntos desde la universidad. Las cenas con Loli, mi mejor amiga del instituto, que tenĂa un humor más sucio que el mĂo y que a Javi le hacĂa ruborizar.
Funcionaba lo profundo. Los libros. Los seguĂamos leyendo juntos. Ya no Ăbamos al club mensual —yo habĂa dejado de ir cuando Ă©l dejĂł de ir, y Ă©l habĂa dejado de ir cuando me dejĂł a mĂ el sitio libre del jueves de noviembre—, pero leĂamos en voz alta antes de dormir. Cada noche un capĂtulo. Yo Almudena Grandes, Ă©l Camus, yo Sara Mesa, Ă©l Murakami. Lo Ăşnico en lo que no nos coincidĂamos eran los autores. En todo lo demás, sĂ.
Lo Ăşnico que cojeaba era la cama.
Lo escribo asĂ, plano, porque asĂ era. No era un drama. No era una catástrofe. Era una cojera. La cojera leve de una pareja con tres años a cuestas en la que uno de los dos tiene menos ganas que el otro y los dos lo saben pero ninguno sabe muy bien por quĂ©.
Javi tomaba un ansiolĂtico desde la pandemia. Un benzodiacepina suave, lo justo para que las noches de cliente importante no se le convirtieran en taquicardia. Su psiquiatra le habĂa avisado en su dĂa de los efectos secundarios. Uno de ellos —el que importa para lo que cuento— era la bajada de la libido. Otro —el que importaba para Javi— era una sensaciĂłn generalizada de aplanamiento emocional. Javi preferĂa el aplanamiento al pánico, asĂ que llevaba cinco años con la receta y mil intentos infructuosos de quitársela.
Además del ansiolĂtico, estaba el trabajo. Javi trabajaba en una consultora con oficinas en Castellana. Trece horas frente a la pantalla. Reuniones con clientes a las nueve de la mañana y reuniones con un equipo en San Francisco a las seis de la tarde, que para San Francisco era a las nueve de la mañana. Era brillante en lo suyo. Su mentor en la oficina, Marco, le habĂa dicho a mi prometido en mi presencia la primera vez que coincidimos los tres en una cena de Navidad de la empresa que Javier MarĂn era el mejor ingeniero que habĂa conocido en treinta años de profesiĂłn.
Recuerdo perfectamente la sonrisa torcida de Javi cuando Marco lo dijo. Era la sonrisa de un hombre acostumbrado a estar muy por encima de la media en su parcela y muy por debajo de la media en otra. La del que sabe contar exactamente quién es. Y la sonrisa, en ese momento, era de orgullo y de cansancio a la vez.
Entre el trabajo y la pastilla, llegaba a casa con muy pocas reservas. Cenábamos. LeĂamos. Nos dormĂamos. Una vez por semana, a veces dos, hacĂamos el amor con la dulzura de los matrimonios viejos que ya no tienen que demostrar nada. Y otras semanas no hacĂamos nada. Y otras semanas hacĂamos otra cosa —yo le hacĂa a Ă©l, Ă©l me hacĂa a mĂ, nada que llegara al final del acto.
Yo lo aceptaba. Yo lo habĂa aceptado. Yo lo aceptaba bien.
Lo que no aceptaba tan bien era la otra cosa.
La otra cosa era la sensaciĂłn, persistente, recurrente, casi semanal, de que Javi me estaba ocultando algo.
No otra mujer. Eso lo sabrĂa. Llevaba doce años enseñando adolescentes y eso enseña a leer los gestos diminutos de los humanos. Si Javi hubiera tenido otra mujer, yo lo habrĂa sabido a los tres dĂas, sin pruebas. Era otra cosa. Algo más raro. Algo que tenĂa que ver con Ă©l mismo, no con un tercero.
Hay noches en las que se levantaba a las tres y se iba al sofá. DecĂa que era el insomnio del ansiolĂtico. Yo le creĂa, porque era verdad: el ansiolĂtico tiene ese efecto secundario de los despertares. Pero a veces, cuando me levantaba a las cinco a hacer pis, lo veĂa allĂ, con la pantalla del portátil iluminándole la cara. Y la pantalla nunca era el periĂłdico.
Una de esas veces le preguntĂ© quĂ© leĂa.
—Cosas del trabajo —me dijo, sin volverse.
Cuando volvà del baño, la pantalla estaba cerrada.
Yo no insistĂ. Yo nunca insisto. Pero no me lo creĂ. Las "cosas del trabajo" no se cierran cuando entra tu pareja en una habitaciĂłn: se siguen leyendo.
Otras veces salĂa al balcĂłn a fumar —porque, sĂ, fumaba a escondidas dos pitillos a la semana, eso lo sabĂa— y se quedaba allĂ veinte minutos con el mĂłvil en la mano. Cuando entraba, lo bloqueaba con un gesto pequeño y rápido, y se metĂa en la cama abrazándome por detrás con esa misma ternura de siempre. Y yo, abrazada por Ă©l, pensaba que el abrazo era verdadero pero el silencio anterior, tambiĂ©n.
Llevaba tres años de pareja con un hombre al que adoraba y al que sabĂa que le faltaba algo importante por contarme.
No me daba miedo. Eso es lo más raro. Me daba curiosidad.
Una noche, en la cama, despuĂ©s de un sexo lento que terminĂł como casi todos —yo encima, Ă©l con los ojos cerrados, los dos pidiĂ©ndole al cuerpo de Javi cosas que el cuerpo de Javi no siempre podĂa dar—, le preguntĂ©.
—¿Hay algo que no me hayas contado? —le dije, con la mejilla apoyada en su pecho, su mano dibujándome cĂrculos en la cadera.
Javi tardĂł tres segundos demasiados en contestar.
—Te he contado todo —me dijo.
No era verdad. Pero lo dijo con tanta dulzura que yo casi me lo creĂ.
Le besĂ© en el cuello. Le dije que vale. CerrĂ© los ojos. PensĂ© que algĂşn dĂa me lo contarĂa. PensĂ© que ya saldrĂa. PensĂ© que mi paciencia era infinita.
Lo que no pensĂ© es que iba a salir antes y peor de lo que yo habĂa imaginado.
Lo que no pensé es que iba a salir en una pantalla, un sábado por la mañana, cuando yo abriese su portátil para imprimir un billete de Renfe.
Lo que no pensé es que el secreto que él guardaba durante tres años con el dolor del que carga una piedra no era una traición.
Era una invitaciĂłn.
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Las claves de este capĂtulo
Aspecto clave
Una libido baja por estrés laboral o por medicación es enormemente común y casi nadie la habla. La verdadera ruptura no es la libido baja: es callarse el origen. Cuando la pareja sabe POR QUÉ baja el deseo, deja de leerlo como rechazo y empieza a leerlo como un problema a resolver entre los dos.
Error que evitar
Confundir 'él no me desea' con 'él no puede ahora mismo' es uno de los errores más caros que comete una pareja. Son cosas distintas y se actúa muy diferente con cada una. La primera se trabaja en terapia y a veces se rompe la pareja. La segunda se trabaja con tiempo, paciencia y, a veces, ampliando el repertorio.