Casado y Cornudo · I. El descubrimiento · Cap. 3 de 10 · 12 min
La pestaña abierta
Capítulo 3
La pestaña abierta
Fue un sábado de mayo. Lo recuerdo porque tenía el billete del lunes —un AVE a Sevilla, un congreso de profesores de Lengua al que el departamento me había mandado en mi nombre— y porque la mañana olía a barrio en obras, a churros del bar de abajo, a esa combinación tan madrileña de polvo y aceite que solo huele bien si llevas tres horas durmiendo de más.
Me había levantado a las nueve. Javi seguía durmiendo, boca abajo, con un pie fuera del edredón y la cabeza enterrada en la almohada. Le miré durante diez segundos. Me bajé a por el pan, subí, hice café, dejé las tostadas en la mesa y me senté con el portátil en la cocina para imprimir el billete y la confirmación del hotel.
El portátil era el suyo. El mío estaba en la mochila del instituto. Era sábado y yo había cogido lo primero que encontré.
Lo abrí.
Lo abrí con la confianza de la mujer que abre el portátil de su pareja sin pensarlo. Y eso, escrito así, suena terrible, pero a mí no me parecía terrible. Llevábamos tres años abriendo el portátil del otro sin preguntar. Para enseñarle un meme. Para ver una receta. Para mirar las fotos del último viaje. El portátil del otro era una extensión nuestra. No había contraseñas, no había celos, no había nada.
Lo que pasó cuando lo abrí fue que en lugar de aparecerme el escritorio —porque él lo había cerrado mal la noche anterior— apareció lo que él estaba leyendo a las tres de la mañana.
Y lo que él estaba leyendo a las tres de la mañana no era trabajo.
Había dos pestañas abiertas.
La primera era un foro. La interfaz era horrible, de las que tenían los foros de principios de los dos mil, con avatares cuadrados y firmas con citas. El hilo se titulaba Cómo decírselo después de cinco años callado. El usuario que lo había abierto tenía un nombre de fantasía, una palabra inventada con números al final.
La segunda era un documento de Word. El cursor parpadeaba en una línea vacía. Arriba, un párrafo corto. Lo leí dos veces porque no entendía la primera. Decía algo así como:
Llevo callándomelo desde antes de conocerla. Es la fantasía con la que crecí, la que me hizo descubrir lo que era el deseo, la que no encajaba nunca con nada de lo que se suponía que tenía que querer. Y ahora la quiero a ella. Y no sé cómo se lo digo sin perderla.
No estaba firmado. No tenía nombre encima. Pero la letra —porque el Word tiene una manera de respirar de cada persona que lo escribe, los espacios dobles, las comas pegadas, las eñes pulcras— era la letra de Javi. Es absurdo decirlo. Pero la letra escrita en Word también es la letra de uno.
Era él. Lo estaba escribiendo él. Para no enviarlo, supongo. Para él mismo.
Yo me quedé veinte minutos sentada delante de la pantalla sin moverme. El café se me enfrió. Las tostadas se quedaron en el plato. Y yo, sentada en la cocina, leí dos veces aquel párrafo y luego clické en la primera pestaña, la del foro.
Había dos páginas de hilos abiertos. Las leí todas. No con detalle —no me daba el cuerpo para detalles— pero por encima. Hombres adultos contando que llevaban años escondiendo de sus parejas que la fantasía con la que se masturbaban no era una mujer ajena. Era su mujer con otro hombre. Su mujer eligiéndolo. Su mujer disfrutando delante de ellos.
Una palabra se repetía mucho: cornudo. Otra: hotwife. Otra: toro. Las leí en silencio, en mi propia cocina, con Javi durmiendo a quince metros, y se me ocurrió una cosa que me dejó muy quieta.
Yo conocía esas palabras de oírselas a Loli en una cena de Navidad de hacía dos años. Loli se las había soltado entre risas. Yo me había reído también. Y a la semana siguiente, en algún momento de la cabeza que ya no recuerdo, las había buscado en internet por curiosidad.
No por mí. Por curiosidad.
A mí no me habían dejado nada por dentro. Las había leído como leía cualquier otra cosa del mundo adulto que no me afectaba. Como leía sobre el bondage, o el poliamor, o el shibari, o cualquiera de las palabras que aparecían en los reportajes domingueros sobre la sexualidad contemporánea. Lectura informada. Ninguna pulsión.
A Javi, en cambio, le habían dejado tres años de noches en el sofá a las tres de la mañana.
Cerré el portátil. Lo cerré con tanto cuidado como si dentro durmiera un animal.
Me levanté. Me preparé otro café. Me lo tomé entera de pie en la cocina, mirando hacia el patio interior por la ventana.
Subí al dormitorio y me senté en el borde de la cama. Javi seguía durmiendo. Tenía la boca medio abierta, una baba minúscula en la comisura, el pelo aplastado como un niño. Le miré con una sensación que no había sentido nunca con él. No era enfado. No era pena. No era asco. Era... una ternura nueva. La ternura del que mira por primera vez a alguien sabiendo algo importante de él que él no sabe que tú sabes.
Le aparté el flequillo de la frente con un dedo. Le besé en la sien. Me bajé a por el portátil, lo abrí otra vez, le puse el escritorio, lo cerré como si lo hubiera encontrado así, y lo dejé en su sitio del salón.
No imprimí el billete.
Lo imprimí desde el del instituto el lunes por la mañana.
Y durante los siguientes tres días no hice como si nada hubiera pasado: hice EXACTAMENTE como si nada hubiera pasado. Y esa diferencia, que no había aprendido en ningún sitio, fue lo único bueno que hice en toda esa primera semana.
El lunes le besé al despertarse como siempre. Le preparé el termo del té rojo. Le pregunté por el cliente difícil del jueves. Bajé al metro. Subí al AVE. Tres horas hasta Sevilla. En el AVE, mientras los demás profesores leían apuntes o dormitaban, yo abrí el móvil y empecé a leer.
Leí todo lo que pude.
Leí el foro entero del usuario con el nombre cifrado y los números al final, que era él, que era Javier Marín, mi pareja desde hacía tres años, leído ahora bajo otra luz. Leí sus mensajes —cortos, tímidos, autocompasivos, dolorosos— preguntando a tíos anónimos cómo se lo cuentas a una mujer que no se huele nada. Leí las respuestas que le habían dado: unas duras (cállatelo, vas a perderla), otras humanas (habla, vais a sobrevivir si os queréis de verdad), otras concretas (deja que sea ella la que abra la puerta, no la abras tú).
Esa última me la guardé.
Leí también los libros que tenía descargados en el Kindle conjunto al que yo no entraba nunca. Algunos eran libros vergonzosos, de portada de aficionado y prosa peor, ficciones malas a las que él volvía una y otra vez porque la fantasía vencía a la prosa. Otros eran ensayos serios: un señor con doctorado contando por qué algunos hombres viven el deseo a través del deseo de la mujer que aman. Una psicóloga francesa explicando que la fantasía cornuda no tiene nada que ver con la sumisión ni con la humillación —no en su forma sana— sino con la celebración del deseo propio de la pareja como si fuera un patrimonio compartido.
Esa frase me la subrayé mentalmente. Como si fuera un patrimonio compartido.
Leí en el AVE, leí en el hotel, leí en las pausas del congreso, leí volviendo en el AVE. Me bebí tres días de lectura sin contarle a Javi nada, sin contarle a Loli nada, sin contarle a nadie nada. Solo conmigo y con la pantalla del móvil y con la ventana del tren pasando por La Mancha y por Despeñaperros y por los olivos.
Y la noche del miércoles, otra vez en Madrid, otra vez en mi cama, otra vez con Javi durmiendo a mi lado boca abajo, yo me toqué.
Y por primera vez en mi vida, mientras me corría con un dedo en silencio para no despertarle, no me imaginé a un hombre cualquiera.
Me imaginé a Javi mirándome con otro.
Y mi cuerpo no se confundió. Mi cuerpo respondió. Mi cuerpo dijo sí.
Y entonces, por fin, entendí algo que llevaba tres días sin entender. No estaba enfadada. No estaba decepcionada. No estaba ni siquiera triste por la traición de saber un secreto guardado.
Estaba deseando.
Esa fantasía no era solo de Javi. Era de los dos.
Solo que él lo sabía y yo lo acababa de descubrir.
Me dormí esa madrugada del miércoles con el cuerpo todavía húmedo y un plan empezando a tomar forma en la cabeza.
Faltaban tres semanas para nuestro cuarto aniversario.
Iba a hacerle el mejor regalo de su vida.
Iba a hacérmelo a mí también.
Y no se lo iba a contar.
¿Y tú qué dirías?
Acabas de descubrir la fantasía secreta de tu pareja. ¿Qué es lo primero que haces?
Vota y descubre qué eligieron los demás miembros del club.
Las claves de este capítulo
Aspecto clave
Descubrir una fantasía secreta de la pareja es uno de los momentos psicológicamente más complejos de una relación adulta. No es una traición, pero se siente parecido. Lo que la pareja haga en los siguientes siete días determina los siguientes diez años.
Lo que hicieron bien
Rebeca no reaccionó en caliente. Se dio tres días. Esto le permitió investigar, entender la diferencia entre fantasía y deseo, y decidir desde un lugar adulto en lugar de desde el shock. La primera regla del cuckolding maduro: el tiempo entre el descubrimiento y la conversación NO se acorta nunca.