Casado y Cornudo · I. El descubrimiento · Cap. 1 de 10 · 11 min
El club de lectura
Capítulo 1
El club de lectura
Lo conocí una tarde de noviembre, en una librería de Malasaña, leyendo un libro que no había terminado.
No lo dije durante mucho tiempo, pero esa es la verdad. No empecé a quererlo en la tasca a la que fuimos después. No empecé a quererlo en la parada de metro a la que me acompañó bajo su paraguas. Empecé a quererlo en el segundo exacto en que él, sin levantarme la vista, me empujó hacia mí su ejemplar abierto por la mitad porque acababa de darse cuenta de que yo no tenía libreta y de que ya me había mojado el bolso con la lluvia y de que estaba apuntando con la uña sobre la mesa de madera lo que estaba diciendo el moderador.
No me dijo nada. Solo deslizó su libro hacia mí, con el bolígrafo encima.
Y yo, que llevaba media vida coleccionando piropos de tíos que querían meterse en mis bragas, me quedé sin saber qué hacer con un hombre que me había prestado un boli.
Era el primer jueves del mes. Yo tenía treinta y dos años, daba clase de Lengua y Literatura en un instituto de la zona sur de Madrid y llevaba apuntada al club de lectura mensual de La Buena Vida —una librería diminuta de la calle del Pez— desde principios de curso. No había asistido a ninguna. Siempre me cogía algo del trabajo, una tutoría imposible, un claustro alargado, una madre desesperada a las nueve menos cuarto de la noche.
Esa tarde de noviembre, sin embargo, había salido del instituto con la sensación de que si no iba al club al menos una vez, la cuota mensual iba a ser uno de esos pequeños fraudes que uno se hace a sí mismo sin avisar.
El libro del mes era Las maravillas de Elena Medel. Lo había leído en septiembre, subrayado con tres colores distintos, anotado en los márgenes con la letra menuda que reservo para los libros que me importan. Era exactamente la clase de novela sobre la que necesitaba hablar con alguien.
Lo que no había previsto era la lluvia.
Salí del metro de Tribunal sin paraguas y para cuando llegué a la calle del Pez tenía la gabardina pegada al cuerpo, el pelo aplastado contra el cuello y los zapatos haciendo ese ruido que delata que has metido los pies en un charco más grande de lo que pensabas. Empujé la puerta de la librería con una mano y con la otra intenté reorganizarme.
Llegaba diez minutos tarde.
El moderador —un chico de pelo largo y jersey gordo que llevaba un termo de café tinto al lado del libro— levantó la vista y me sonrió con esa indulgencia silenciosa que tiene la gente que entiende que llegar tarde a un club de lectura no es lo mismo que llegar tarde a un compromiso. Señaló con la barbilla la única silla libre del círculo.
Solo había un asiento libre. Estaba entre una señora mayor con dos gabardinas distintas en el regazo y un chico que leía con la cara muy cerca del libro, como si el cristal de las gafas no le ayudase lo suficiente. La señora había dejado un bolso enorme sobre la silla. El chico no había dejado nada. Por descarte, me senté al lado del chico.
No me miró.
Saqué mi ejemplar de la mochila, abrí por la página que el moderador estaba comentando y me di cuenta entonces de que mi libreta —la libreta donde tomo notas siempre, donde apunto las ideas para clase, donde guardo mi vida entera— se me había quedado en el cajón de la cocina, en mi piso de Princesa.
Había salido tan deprisa que ni siquiera había mirado.
Empecé a anotar con el dedo sobre la mesa de madera. Es un tic mío. Cuando algo me interesa y no puedo apuntarlo, escribo el verbo principal de la frase con la uña, como si el surco fuera a quedarse ahí. No queda. Lo sé. Pero el cuerpo necesita escribir.
Y entonces lo hizo.
Sin levantar la vista del libro, sin decir ni media palabra, el chico de las gafas deslizó su ejemplar abierto hacia el lado de la mesa donde estaba mi mano. Encima del ejemplar, un bolígrafo Bic azul. De los normales. De los que tu madre tenía en el bote de los lápices al lado del teléfono.
Le miré.
Me miró por primera vez, solo un segundo, y sonrió con la mitad de la boca. Volvió a su libro como si no hubiera hecho nada.
Cogí el boli. Escribí sobre el margen blanco de su libro lo que el moderador acababa de decir sobre Medel y la representación literaria de las mujeres trabajadoras. Y mientras escribía pensé tres cosas a la vez. La primera: que aquel hombre me había prestado su libro y eso, para una profesora de Literatura, es lo más parecido a un acto sexual que existe en lo cotidiano. La segunda: que tenía un perfil tímido y pulcro y que olía a un jabón limpio, no a perfume. La tercera, y la más rara, fue que me imaginé escribiéndole una carta. Una carta larga. No supe nunca de qué.
El moderador habló durante una hora. La gente fue tomando la palabra, una mujer joven con una bufanda de colores defendió que Medel le había salvado el doctorado; un señor con barba dijo que la novela era buena pero excesiva; la señora mayor, sin sacarse las dos gabardinas del regazo, recordó la Madrid en la que ella vivía cuando tenía la edad de las protagonistas, y todo el mundo la escuchó con respeto. Yo dije algo, no sé qué, sobre la relación entre la novela y el aula. Hablé poco. Estaba demasiado distraída por la sensación de tener el libro de otra persona apoyado sobre el mío.
El chico de las gafas habló solo una vez en toda la sesión, casi al final, cuando el moderador preguntó si alguien quería añadir algo. Levantó dos dedos como si pidiera permiso. Esperó a que el círculo se quedara callado.
—Yo lo único que añadiría —dijo, con voz suave, sin mirar a nadie en concreto— es que el libro funciona porque cada protagonista carga con una soledad que no ha elegido. Y eso no se cuenta en ningún lado. La gente cuenta sus alegrías y cuenta sus desgracias, pero nadie cuenta lo que no ha elegido y le pesa todos los días. Por eso lo leemos. Para sentir que no somos los únicos.
Se calló.
Hubo un silencio raro. Un silencio bueno. El moderador tardó tres segundos en retomar.
Y a mí me dieron ganas de llorar.
Yo había leído ese libro dos meses antes en la cama, una noche, con un calentador eléctrico a los pies y un té helado en la mesilla, y eso exacto era lo que había sentido y no había sabido decir.
Se levantaron todos. El moderador empezó a recoger su termo. La señora mayor se puso una gabardina encima de la otra. La de la bufanda de colores se acercó al chico tímido y le preguntó algo y él contestó con monosílabos, como si la conversación fuera una tarea complicada. Yo aproveché para devolverle el boli y el libro, sin saber qué decir, y para mi sorpresa él fue quien habló primero.
—¿Te apetece tomar algo? Hay una tasca aquí al lado.
Lo dijo mirando al suelo. Como si esperase un no.
Le dije que sí.
La tasca se llamaba El Comunista y ya no existe, pero entonces estaba en la calle Augusto Figueroa con paredes de azulejo verde y una barra cero presentable y una clientela que llevaba allí cuarenta años. Pedimos dos cañas y una ración de boquerones que ninguno de los dos comió, porque hablamos durante hora y media sin parar de la novela primero, después del trabajo de cada uno —yo el instituto, él el código— y después de cosas más pequeñas, como por qué a uno le da por la informática habiendo estudiado Filosofía en primer curso, o por qué una mujer adulta sigue subrayando los libros con tres colores distintos cuando el subrayado es un acto adolescente.
Se llamaba Javier. Javi para sus amigos. Yo no era todavía su amiga pero le llamé Javi desde la primera caña.
Me acompañó a la parada de metro. Cuando llegamos a la boca de Tribunal seguía lloviendo. Me había prestado el paraguas durante el camino, su brazo levantado por encima de mi cabeza, el suyo mojado. No me cogió de la mano. No me intentó besar. Me dijo que le gustaría volverme a ver y me pasó el bolígrafo Bic en el último segundo, como si fuera un regalo.
—Quédatelo —me dijo—. Eres lo más triste que he visto nunca, una profe de Lengua sin libreta y sin boli. Pero más triste que eso, una mujer leyendo a Medel con la uña.
Se rió. Yo me reí. No me besó.
Me metí en el metro con el boli azul en la mano. Lo solté solo cuando ya estaba sentada en el vagón, mirando el cristal mojado. Le pasé la yema del dedo. Lo había gastado a la mitad. Lo había gastado con notas que él había tomado del libro durante meses, supongo.
Aquel boli barato no era suyo, pero era lo suyo.
Esa noche, en la cama de mi piso de Princesa, en lugar de masturbarme antes de dormir como hacía casi todas las noches, no me toqué. No por respeto a un hombre con el que no había hecho nada todavía. Me ocurrió otra cosa: que cuando intenté evocar una fantasía sexual cualquiera, la imagen que se me cruzó por la cabeza fue la de aquel chico empujándome un libro abierto sin levantar la vista. Y ese gesto, que no tenía nada de sexual en sí, me dejó con una corriente cálida en el estómago que no supe colocar en ninguna casilla conocida.
Cerré los ojos. Pensé que me estaba volviendo tonta.
Cerré los ojos otra vez. Pensé que no me estaba volviendo tonta en absoluto.
Y entonces se me cruzó la última idea, la rara, la que no me dejó dormir hasta las cuatro de la madrugada: pensé que aquel hombre tenía algo escondido detrás de los ojos. Algo que no había salido a la luz mientras hablábamos del libro, mientras pedíamos las cañas, mientras me acompañaba al metro. Algo que estaba ahí pero que se quedaba dentro.
Si yo hubiera sabido entonces lo que era, no sé si habría salido con él.
Si yo hubiera sabido entonces lo que era, no estaría escribiendo esto.
Tardé tres años, dos meses y once días en averiguarlo.
¿Y tú qué dirías?
¿Te has fijado alguna vez en alguien por algo que NO tenía que ver con su físico?
Vota y descubre qué eligieron los demás miembros del club.
Las claves de este capítulo
Lo que hicieron bien
Rebeca y Javi se atrajeron desde el intelecto y la conversación antes que desde el cuerpo. Esta base es clave para que años más tarde puedan introducir terceros sin que la pareja se tambalee. Las parejas que entran en el cuckolding desde una pareja construida sobre química física pura suelen quebrarse cuando aparece otro cuerpo. Las que se construyen sobre algo más profundo lo resisten.
Aspecto clave
Cuando dos personas se enamoran por cómo piensa el otro, el sexo nunca es el centro de la pareja: es uno de sus territorios. Y un territorio se puede explorar de muchas maneras —incluso con otros— sin que la capital corra peligro. Este capítulo planta la semilla de TODO lo que viene después: si la pareja no es sólida en lo que NO es sexo, lo que viene la rompe.