Cornudo por Venganza · III. La redención · Cap. 16 de 20 · 13 min
Nikolai cliente
Capítulo 16
Nikolai cliente
El lunes ocho de septiembre por la mañana volví a la editorial.
A las nueve y cinco entré por la puerta del edificio del carrer Pelai donde están las oficinas de la editorial, saludé al recepcionista — bienvenida, Julia, has perdido un poco el bronceado —, subí a la segunda planta, dejé el bolso en mi silla, encendí el ordenador, y abrí el correo. Cuatro mil setenta y dos correos sin leer. Tres meses de manuscritos atrasados, cartas de agentes, peticiones de derechos, ofertas de proyectos.
Trabajé hasta las once sin levantar la cabeza.
A las once y once minutos sonó el teléfono fijo de mi mesa.
Era Guille.
—Julia.
—Dime.
—Te tengo que pedir un favor profesional.
—Dime.
—Nikolai Petrov me ha llamado hace cinco minutos. Quiere reunión esta tarde a las seis. Quiere que la reunión sea contigo presente. Lo ha pedido así, en términos explícitos.
Me callé un instante.
—¿Sabes por qué?
—No.
—¿Lo has preguntado?
—Le he preguntado y me ha dicho que prefiere explicarlo en persona, con los dos delante. Tiene un asunto legal real que necesita firma mía pero, según él, también requiere tu presencia para discutirlo. No me ha dado más detalle.
—¿Es habitual?
—No es habitual. Pero Nikolai no hace cosas habituales nunca.
—Iré.
—Gracias, Julia.
—Es tu cliente. Es mi familia política. Iré.
Colgué.
A las once y dieciocho mandé un mensaje a mi jefa explicándole que tenía un asunto familiar que requería salir a las cinco y media. Aceptó. Trabajé el resto del día sin volver a mirar el reloj hasta las cinco.
A las seis menos cinco entré por las puertas giratorias de la torre Diagonal donde está el bufete del Pino.
El portero me reconoció.
—Buenas tardes, Julia.
—Buenas tardes, José.
—Décima planta. Hay reunión convocada.
—Lo sé.
La sala de juntas grande del bufete del Pino — no la sala pequeña en la que pasé el viernes veinte de junio, sino la otra — es una sala con vistas a la Diagonal por dos paredes, una mesa de roble macizo de doce sitios, sillas Eames originales, paredes forradas en madera oscura, dos litografías de Antoni Llena.
Nikolai Petrov ya estaba sentado en el extremo lejano de la mesa, junto a la ventana. Llevaba un traje azul marino sin corbata, camisa blanca, un dossier de cuero negro abierto delante de él. Cuando entré me hizo una venia desde la silla, sin levantarse.
—Julia. Gracias por venir.
—Nikolai. Buenas tardes.
Guille estaba a la izquierda de Nikolai, en la silla más cercana. Pilar, la secretaria del bufete, había puesto delante de cada uno una copa de agua y una libreta. Una jarra de agua en el centro. Una bandeja con tres tazas de café limpias y una termo. Nada más.
Me senté enfrente de Guille, a la derecha de Nikolai.
Nikolai cogió el dossier. Sacó un documento. Lo deslizó hacia Guille por encima de la mesa.
—Tengo un asunto que requiere tu firma, Guillermo. Esto primero. Lo del otro asunto, después.
Guille leyó. Dos minutos. Asintió.
—Es una cesión de dirección legal de SocietatGirona SL a un despacho de Madrid. Para el resto de tu portafolio sigo yo, ¿verdad?
—Sigues tú para todo lo demás. Esta empresa concreta tiene operaciones en La Rioja que mejor se gestionan desde un despacho con sede en Madrid. Es estrategia patrimonial, no descontento con tu servicio.
—Entendido. Firmo.
Guille firmó. Le pasó el documento de vuelta a Nikolai. Nikolai lo guardó en el dossier. Cerró el dossier. Lo dejó en la silla a su lado.
—Esto es el asunto formal. ¿Lo registramos?
—Sí. Pero antes, si me lo permitís, querría pediros cinco minutos para otro asunto.
Guille y yo nos miramos un instante. Asentimos.
—Adelante, Nikolai.
Nikolai bebió un sorbo de agua. Apoyó las dos manos sobre la mesa.
—Lo que voy a deciros no aparecerá en ninguna minuta. No es una recomendación legal. No es una consulta. Es algo más personal, y os pido perdón de antemano por sacarlo de mi posición, que no es la mía y que entiendo que podríais leer como invasión. Pero llevo tres meses con la intuición de que tengo que decíroslo, y la noche de la gala del bufete, en julio, me confirmó la intuición. Si en cualquier momento me decís que pare, paro. ¿Vale?
—Adelante, Nikolai.
Nikolai asintió.
—Voy a contaros un trozo de mi historia. No por ego. Para que tengáis un dato que podáis usar o no usar. Si lo usáis, bien. Si no lo usáis, me lo guardo yo y nadie sale herido.
Bebió otro sorbo.
—Hace seis años, en Moscú, me divorcié de una mujer con la que llevaba once años casado. Se llama Aleksandra Sokolova. Es médico forense. Tenemos un hijo de quince años que vive con ella en Moscú y al que veo cuatro veces al año.
Hizo una pausa.
—El motivo del divorcio fue una infidelidad mía con una empleada de mi entonces empresa. Durante doce meses. Aleksandra lo descubrió por una conversación accidental con la mujer del socio principal. Mi mujer no se fue al saberlo. Tomó una decisión calculada, similar a la decisión que tú tomaste, Julia. Decidió quedarse en el matrimonio con condiciones suyas. Las condiciones eran distintas a las tuyas en los detalles, pero eran del mismo género.
Yo no había mirado a Guille. Mantuve la mirada en Nikolai.
—Aleksandra ejecutó sus condiciones durante dieciocho meses. Yo las acepté porque me parecían justas y porque no me veía con derecho a salir corriendo. Al cabo de dieciocho meses, Aleksandra estaba mucho peor de lo que estaba antes de empezar a aplicarlas. Yo también, pero eso era esperado. Lo no esperado era que Aleksandra empezara a parecerse menos a la mujer que yo había conocido en la facultad de medicina de Moscú a los veintidós años. Eso no era esperado. No por mí. No por ella. No por nuestros amigos.
Nikolai bebió otro sorbo.
—Una noche de invierno, en San Petersburgo, en un viaje familiar, Aleksandra me dijo que paraba. Que no podía seguir. Que la venganza la estaba destruyendo a ella más rápido de lo que me estaba destruyendo a mí. Me dijo que íbamos a divorciarnos formalmente al volver a Moscú y que el divorcio no iba a ser un castigo más. Iba a ser una salida limpia para los dos.
Hizo una pausa larga.
—Eso pasó hace seis años. Nuestro hijo tenía nueve cuando nos divorciamos. La parte legal la peleamos seis meses, pero la parte humana fue, vista en perspectiva, lo más adulto que ninguno de los dos había hecho.
Nikolai miró a Guille. Después me miró a mí.
—Aleksandra y yo somos, hoy, amigos. No pareja, no íntimos, pero amigos cercanos. Hablamos cada quince días. Nos vemos seis o siete veces al año. Mi hijo nos ve sentados juntos en su cumpleaños y en navidades. Aleksandra se ha vuelto a casar hace dos años con un colega forense de su departamento, un hombre bueno al que yo le tengo mucho cariño. Yo he salido con dos mujeres en estos seis años, las dos relaciones cortas. La amistad con Aleksandra es, mirado en frío, lo más sólido que tengo en mi vida después de mi hijo y de mi madre.
Calló. Bebió.
—No estoy diciendo, por favor entendedme, no estoy diciendo que vayáis a divorciaros. No estoy diciendo nada de lo que tenéis que hacer. Yo no sé nada de vuestra situación más allá de lo que he intuido en una gala de bufete en julio y lo que me intuyo desde fuera. Pero hay una cosa que sí sé, y por eso he pedido esta reunión.
Levantó la mirada.
—Lo que estáis atravesando vosotros no es un problema con solución. No hay una solución técnica. No hay un manual. No hay un plan. No hay una negociación correcta. Lo que estáis atravesando es una decisión sobre quiénes queréis ser después. Y la decisión la tomáis vosotros dos, juntos o separados, y no hay buenas decisiones. Solo hay decisiones que se toman desde quien uno es, o decisiones que se toman desde quien uno teme ser. Yo, en mi caso, tardé dieciocho meses en darme cuenta de eso. Y, sobre todo, tardé porque nadie me lo dijo a tiempo. Por eso os lo digo a vosotros, hoy, aquí. Por eso.
Nikolai cerró las manos sobre la mesa.
—Eso es todo. He terminado.
Guille y yo nos miramos.
Por primera vez en tres semanas y media, los dos nos miramos a los ojos sin esquivarnos.
Guille tenía los ojos enrojecidos. Yo no sé qué cara tenía yo.
—Nikolai —dije al cabo de unos segundos.
—Dime.
—Gracias.
—No me des las gracias, Julia. Os debía un fragmento de mi historia desde julio. Ya os lo he pagado.
—¿Por qué te ha hecho falta hacerlo?
Nikolai sonrió por primera vez en toda la reunión. Una sonrisa pequeña, lateral, mediterránea sin serlo.
—Porque cuando os miré en la gala de julio, vi a Aleksandra. Y me prometí que si veía a alguien atravesar lo mismo y podía decirles lo único que nadie me dijo a mí, lo iba a decir. Eso es todo.
—¿Y si no lo hubieras dicho?
—Si no lo hubiera dicho, vosotros lo habríais resuelto igual, supongo. O no. Pero yo me habría quedado sin saber si el haber tenido un dato más os habría ahorrado dieciocho meses. Y esa es una pregunta con la que yo no quería convivir el resto de mi vida.
Asentí.
Guille asintió.
Nikolai recogió su dossier. Se levantó.
—Vuestro tiempo es importante. El mío también. Os dejo. Si en algún momento queréis hablar conmigo de cualquier cosa relacionada con esto, mi puerta está abierta. Si no queréis, nunca volveremos a tocar el tema. Quedará entre los tres en esta sala.
Guille se levantó. Le dio la mano.
Nikolai se inclinó hacia mí, no para darme dos besos — habría sido demasiado — sino para dejarme una tarjeta personal encima de la mesa. Una tarjeta con un número de móvil y dos palabras: Nikolai. Personal.
—Por si la necesitas, Julia.
—Gracias.
Salió.
Guille y yo nos quedamos solos en la sala de juntas grande de la décima planta.
Estuvimos cuatro o cinco minutos sin movernos.
Después le miré.
—Guille.
—Dime.
—Esta noche cenas tú.
—¿Yo cocino?
—Tú cocinas. Yo escribo.
—¿Qué escribes?
—Algo importante.
Guille me miró un segundo.
—Vale.
Recogimos nuestras libretas. Salimos de la sala de juntas. Bajamos en el ascensor sin decirnos nada. En la calle, antes de despedirnos para que cada uno volviera al trabajo a recoger su silla, me cogió por la mano un instante, sin apretarla, solo deteniendo mi paso.
—Julia.
—Dime.
—Lo que ha dicho Nikolai.
—Sí.
—No tomemos hoy ninguna decisión.
—No vamos a tomar ninguna decisión hoy. Pero esta noche en la terraza, después de la cena, te voy a leer en voz alta una cosa que voy a escribir esta tarde. Y a partir de mañana empezamos a pensar.
—Vale.
Soltó la mano. Cogió un taxi para volver al despacho. Yo caminé a la editorial.
Eran las siete menos diez.
Tenía dos horas antes de cerrar la jornada. Iba a usarlas para empezar a escribir lo que iba a leer a Guille esta noche en la terraza.
Y para llamar a Carmen.
Carmen también necesitaba oír lo que había pasado en la décima planta del bufete del Pino esa tarde, contado por un cliente ruso al que ella conocía solo de una conferencia de marketing digital en Sant Cugat.
¿Y tú qué dirías?
¿Necesita una pareja a un tercero para tener la conversación más importante?
Vota y descubre qué eligieron los demás miembros del club.
Las claves de este capítulo
Aspecto clave
Hay momentos en los que dos personas no pueden romper su propio silencio sin la ayuda de un tercero. No un mediador profesional, no un terapeuta — alguien con perspectiva, alguien que ha vivido algo parecido, alguien que no tiene agenda en el resultado. Nikolai es ese tercero. No les dice qué hacer. Solo les da una luz desde fuera del túnel. Eso es suficiente para que ellos vean.
Lo que hicieron bien
Julia y Guille aceptaron la reunión. Es fácil decir 'no quiero terceros, esto es nuestro'. Y a veces es lo correcto. Pero también es fácil cerrarse en bucle. Aceptar a un Nikolai cuando aparece — no provocarlo, no buscarlo, pero aceptarlo cuando aparece sin pedírselo — es una virtud poco común en parejas en crisis. Lo recibieron sin defensas. Y por eso pudo aportar algo.