Cornudo por Venganza · III. La redención · Cap. 15 de 20 · 12 min
El silencio
CapĂtulo 15
El silencio
Tres semanas despuĂ©s de CadaquĂ©s habĂamos hablado entre Guille y yo, en total, doce frases.
Las conté. No es retórica.
Eran las doce frases mĂnimas que se necesitan para gestionar la convivencia de dos adultos que comparten un piso: Âżquieres cafĂ©, paso por el sĂşper, está el agua caliente, me llaman mañana, te he dejado la camisa planchada, gracias, bajo a la lavanderĂa, vienes a comer, llegarĂ© tarde, no me esperes, buenas noches, que descanses. Doce frases. En veintiĂşn dĂas.
Lo demás habĂa sido silencio.
No era silencio hostil. No era silencio de pelea. No era silencio de no soportarse. Era silencio de quien ha entendido algo en una terraza de CadaquĂ©s y todavĂa no sabe nombrarlo. De quien tiene una palabra dentro pero teme que al pronunciarla la palabra se quiebre en dos. De quien necesita dejar reposar antes de tocar.
Era silencio de tres semanas.
Y, mirado a las nueve y media de la mañana del sábado seis de septiembre desde la mesa de mi cocina, en pijama y con un cafĂ© caliente entre las manos, era el silencio más sostenible que yo habĂa vivido nunca con un hombre.
VolvĂamos a trabajar el lunes ocho. Guille a la dĂ©cima planta — porque mientras yo estaba en CadaquĂ©s, sin que nadie lo planeara, su padre lo habĂa promocionado a socio. La promociĂłn de septiembre que llevaba esperando dos años. Iván SolĂ©, que era socio desde hacĂa dos, se habĂa alegrado y se lo habĂa dicho de palabra. Carles Olmo, el otro asociado que competĂa, habĂa aceptado el resultado con la silenciosa profesionalidad del abogado adulto. Nadie hizo comentarios fuera de tono.
Yo, durante las semanas de la promociĂłn, no habĂa estado en Barcelona. Cuando volvĂ, Guille me lo contĂł en una sola frase entre las doce: Soy socio desde el primero de septiembre. Yo le contestĂ© con otra: Te lo merecĂas. Era verdad. Profesionalmente Guille era brillante. Lo demás ya no lo discutĂamos.
Yo, por mi parte, volvĂa a la editorial el ocho de septiembre despuĂ©s de tres semanas de vacaciones acumuladas que mi jefe me habĂa permitido tomar al regresar de CadaquĂ©s. Nadie en la editorial sabĂa nada de lo que habĂa pasado durante el verano. Pensaban que la boda se habĂa pospuesto a marzo, y que Guille y yo habĂamos estado pasando un verano largo entre la sierra y la costa. Cuando volviera el lunes a mi mesa, iban a preguntarme por el bronceado.
Eso no me preocupaba todavĂa.
Lo que sĂ me preocupaba era esa otra cosa: cĂłmo, exactamente, iba a habitar con Guille el otoño que venĂa. VeintiĂşn meses faltaban para que se cumpliera el plazo del documento del notario. VeintiĂşn meses, segĂşn el plan original, eran el plazo durante el cual yo le iba a someter a Guille a mi venganza calculada. CadaquĂ©s habĂa roto el plan. No habĂa un nuevo plan. Solo un silencio.
A las once de la mañana del sábado seis de septiembre sonó el timbre del piso.
Yo seguĂa en pijama, en la cocina, con mi segunda taza de cafĂ©. Guille habĂa bajado a por el pan a las nueve y cuarto y todavĂa no habĂa vuelto — sabĂa que se quedaba leyendo La Vanguardia en la cafeterĂa de la esquina porque era su forma de darme espacio los sábados por la mañana.
AbrĂ el portero.
—Hola, mi niña.
—¿Papá?
Mi padre.
—¿Puedes abrir?
AbrĂ. SalĂ al rellano. Mi padre subiĂł en el ascensor con una bolsa de papel marrĂłn en la mano. Dos cafĂ©s para llevar de la cafeterĂa del Born y un libro pequeño debajo del brazo. Llevaba el polo azul marino de los sábados, los vaqueros, las deportivas, esa colonia barata de droguerĂa del Born que me sigue oliendo a casa de cuando yo tenĂa catorce años.
Le abrĂ. Le abracĂ©. Le di paso al salĂłn. Le quitĂ© los cafĂ©s de la mano. Los puse en la mesa baja. Le mirĂ©.
—No has avisado, papá.
—No he avisado porque si avisaba me ibas a decir que estabas bien y que no hacĂa falta que viniera. Y yo, sin venir, no iba a poder confirmar yo mismo si era verdad.
SonreĂ.
Era la frase Aguilar más adulta que Ă©l me habĂa dicho en mucho tiempo.
—Siéntate.
Mi padre se sentĂł en el sofá. Yo me sentĂ© enfrente, en el sillĂłn orejero que habĂa heredado de mi abuela materna.
—¿Y Guille?
—Ha bajado a por el pan. Vuelve en una media hora.
—Bien. Mejor.
Tomamos café. Mi padre sacó el libro del bolsillo. Era un libro pequeño, de tapa azul, El verano sin hombres de Siri Hustvedt, en la edición de Anagrama. Lo dejó encima de la mesa.
—Para ti.
—Gracias.
—Lo he comprado esta semana en la librerĂa La Central. Lo he leĂdo mientras venĂa en el metro. No estoy seguro de que sea para ti, pero lo he leĂdo pensando en ti todo el tiempo. LĂ©elo si quieres. Si no, devuĂ©lvelo dentro de dos meses y nos compramos otro.
Lo cogĂ. Le acariciĂ© la tapa.
—Lo voy a leer.
Mi padre bebió café.
Estuvo callado unos minutos. Mirando hacia la ventana del salĂłn.
DespuĂ©s se girĂł hacia mĂ.
Y, mirándome a los ojos con la calma de un hombre adulto que ha esperado tres semanas a hacer esta pregunta y ha decidido hoy que es el dĂa, me preguntĂł:
—Julia, ¿cómo te sientes?
Te lo voy a contar exactamente como pasĂł porque no encuentro la forma de contarlo de otra manera.
Mi padre me preguntĂł cĂłmo me sentĂa.
No me preguntĂł cĂłmo estaba — a lo que yo le habrĂa contestado bien, papá y se habrĂa acabado la conversaciĂłn. No me preguntĂł quĂ© iba a hacer ahora — a lo que yo me habrĂa puesto a la defensiva y le habrĂa contado el plan que no tenĂa. No me preguntĂł por Guille, ni por Carmen, ni por la boda, ni por la editorial, ni por nada que tuviera nombre concreto.
Me preguntĂł cĂłmo me sentĂa.
Y yo, durante cuatro segundos, no supe contestar.
Y a los cuatro segundos exactos, sin avisar, sin esperárselo, sin entender ni siquiera del todo lo que estaba pasando, me eché a llorar.
Lloré durante cincuenta minutos.
Es lo más que he llorado en mi vida sin parar, te lo digo en serio. He llorado más en otros momentos — el entierro de mi madre, una crisis de pánico en la facultad cuando tenĂa veintitrĂ©s años — pero nunca cincuenta minutos seguidos sin reanudar.
Lloré por todo lo que llevaba sin llorar.
LlorĂ© por la foto del martes diez de junio. LlorĂ© por las siete noches en las que actuĂ© como si nada pasara. LlorĂ© por el ático de SarriĂ . LlorĂ© por el viaje en coche del viernes trece llorando cinco minutos exactos. LlorĂ© por el sábado de las llamadas. LlorĂ© por el notario y por la cláusula sĂ©ptima y por los cinco millones doscientos mil euros. LlorĂ© por las once reglas. LlorĂ© por Sergio, que habĂa sido bueno conmigo sin pedirme nada. LlorĂ© por Iván SolĂ©, que se habĂa enamorado de mĂ en algĂşn punto del proceso. LlorĂ© por Carles Olmo, al que habĂa arrastrado por una guerra frĂa con Guille que no le tocaba a Ă©l. LlorĂ© por Carmen, que llevaba tres meses sin hacer un solo vĂdeo de TikTok porque no podĂa. LlorĂ© por SofĂa Castells, la otra mujer de la foto, que habĂa hecho su parte de barbaridad pero que probablemente ahora estaba en Madrid intentando rehacerse. LlorĂ© por Guille — el Guille con el que me iba a casar el catorce de junio, no el de ahora, el otro, el de antes. LlorĂ© por la abuela Margarita del Pino, que habĂa muerto cinco años antes de poder verme entender por quĂ© habĂa escrito aquella cláusula. Y llorĂ©, sobre todo, por mĂ.
Por la Julia del cuatro de junio.
Por la Julia que llevaba quince años trabajando en una editorial.
Por la Julia que iba a casarse con un anillo de pedida de su madre.
Por la Julia que tenĂa un cuaderno Moleskine vacĂo, antes de que la abuela Margarita me dejara una palanca legal.
LlorĂ© por todas las Julias que se habĂa llevado el verano.
Y mi padre, sentado a un metro de mà en el sofá, no se movió.
No me abrazĂł.
No me dijo nada.
No me dio un kleenex.
Solo se quedĂł sentado, los codos en las rodillas, las manos juntas, la mirada en el suelo, esperando.
Mi padre llevaba treinta años practicando aquella postura. Era la postura del padre de tres mujeres — mi madre, Carmen y yo — que habĂa aprendido, antes que la mayorĂa de hombres de su generaciĂłn, que el llanto de una mujer no se interrumpe. Se acompaña.
A las doce y cinco de la mañana, paré.
Me sequĂ© la cara con la manga del pijama. BebĂ lo que quedaba de cafĂ© — frĂo, gris, asqueroso. Mi padre me alargĂł el suyo, que tampoco estaba mejor.
Le miré.
—Papá.
—Dime, hija.
—No sé cómo me siento.
—Te creo.
—Llevo dos meses haciendo cosas que no me parecĂa a mĂ misma haciendo. He parado, sĂ. En CadaquĂ©s parĂ©. Pero parar no me ha devuelto a la Julia anterior. Estoy en otro sitio. Y no sĂ© cuál es ese sitio.
—¿Eso te asusta?
—No. Eso es lo que más raro me parece. No me asusta. Me agota.
—Te entiendo.
—¿Tú también te has sentido alguna vez as�
Mi padre tardĂł un momento.
—SĂ.
—¿Cuándo?
—Cuando muriĂł tu madre. Los seis meses siguientes a su muerte yo no era el padre que tĂş habĂas conocido durante veinte años. Era otro. Y, durante mucho tiempo, no supe si querĂa volver a ser el primero o aprender a ser este nuevo. TardĂ© dos años en saberlo.
—¿Cuál elegiste, al final?
—Una mezcla. Un poco del primero. Un poco del nuevo. La mayor parte del nuevo, en realidad. Pero con piezas concretas del primero. Las piezas que sabĂa que tu madre habrĂa querido que conservara.
AsentĂ.
Lloré otra vez, esta vez solo dos minutos.
Mi padre esperĂł.
—Papá.
—Dime.
—Tengo miedo de Guille.
—¿Miedo de él?
—Miedo de lo que necesito decirle. De que se lo voy a decir esta noche y de que despuĂ©s de decĂrselo ya no va a haber vuelta atrás. He estado callada tres semanas porque no me he atrevido. Pero esta tarde, cuando salgas tĂş de aquĂ, voy a hablar con Guille. Y a partir de la conversaciĂłn, esto que tenemos Ă©l y yo va a ser otra cosa. Y no sĂ© si lo voy a poder sostener.
Mi padre asintiĂł.
—Hija.
—Dime.
—TĂş llevas tres meses tomando decisiones que ningĂşn hombre de tu vida — ni tu padre, ni Guille, ni nadie — habrĂa tenido el cuajo de tomar. La conversaciĂłn de esta tarde no la vas a fallar tĂş. Esa la vas a sacar limpia. La que tienes que cuidar es la otra.
—¿Cuál otra?
—La de mañana por la mañana. La que viene cuando se acaba la conversación. La que viene cuando te despiertas el domingo, miras el techo y entiendes que no hay nada más que decir esta semana y que ahora toca habitar lo dicho.
—Papá.
—Dime.
—Te quiero.
—Yo a ti, hija.
Me abrazĂł. La barba afeitada raspando un poco la mejilla. La colonia de droguerĂa del Born. La camisa de polo limpia del sábado por la mañana.
Mi padre estuvo conmigo hasta la una y media. DespuĂ©s se fue. Guille habĂa vuelto a las doce, habĂa oĂdo voces, habĂa subido sin hacer ruido, y se habĂa encerrado en su despacho del cuarto a leer.
Cuando mi padre se fue, llamé a Guille.
SaliĂł del despacho con la cara de quien lleva una hora intentando no oĂr y oyendo de todos modos.
—Guille.
—Dime.
—Esta noche vamos a hablar.
—Esta noche vamos a hablar.
—No esta tarde. Esta noche, después de cenar, en la terraza. Tráete el orujo de hierbas de Cadaqués que sobró del verano. Yo traigo el cuaderno Moleskine.
—Allà estaré.
AsintiĂł. VolviĂł al despacho. Yo me bajĂ© al baño. Me duchĂ©. Me cambiĂ©. Me sentĂ© en el salĂłn a leer durante toda la tarde el libro pequeño de tapa azul que me habĂa regalado mi padre.
Lo terminé a las nueve y media.
A las diez salĂ a la terraza con el cuaderno.
A las diez y cinco salió Guille con dos vasos pequeños y la botella de orujo de hierbas.
A las diez y siete empezĂł la conversaciĂłn que no habĂamos tenido en tres meses.
ÂżY tĂş quĂ© dirĂas?
DespuĂ©s de tres meses de venganza, ÂżquĂ© pregunta te harĂa parar?
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Las claves de este capĂtulo
Aspecto clave
El silencio entre dos personas que han pasado por una crisis grave puede ser de dos tipos: hostil o procesual. El hostil sigue el ciclo de retroalimentaciĂłn negativa hasta romper. El procesual es el contrario: dos personas que han bajado el ruido para poder escuchar lo que tienen dentro. Distinguir uno del otro es vital. Julia y Guille viven, en septiembre, un silencio procesual. Por eso este capĂtulo es necesario antes del cap 17.
Lo que hicieron bien
Don AndrĂ©s no preguntĂł 'Âżestás bien?' (a lo que Julia habrĂa dicho 'sĂ'). No preguntĂł 'ÂżquĂ© vas a hacer?' (a lo que Julia se habrĂa puesto a la defensiva). PreguntĂł 'ÂżcĂłmo te sientes?'. Es la pregunta más adulta y la más rara. Solo la pueden hacer las personas que no necesitan una respuesta concreta. Don AndrĂ©s lleva treinta años practicando esa pregunta. Por eso funciona.