Cornudo por Venganza · I. La traición · Cap. 6 de 20 · 12 min
Las nuevas reglas
Capítulo 6
Las nuevas reglas
La cafetería se llama Almatriche. Está en una esquina del carrer del Comerç con el carrer del Born, dos calles del Parc de la Ciutadella. Mesas de mármol blanco, sillas de hierro forjado, suelo de hidráulica antigua, dos máquinas de café italianas detrás de la barra y una camarera mayor que recuerda los nombres de los clientes habituales sin esfuerzo. La frecuento desde mis tiempos de becaria en la editorial; me sé el desayuno de los miércoles del señor de las gafas amarillas que viene cada miércoles a corregir oposiciones, me sé el café cortado del policía municipal que pasa a las once todos los días, me sé la masa madre del croissant que entra fresco a las nueve cuarenta y cinco.
Es mi territorio. Por eso elegí Almatriche.
Llegué a las diez y media. Pedí un té rojo, un croissant de almendra que no pensaba comer, una botella de agua. Me senté en la mesa del fondo, la del rincón de la pared del mosaico, con vistas a la puerta y a las dos cristaleras que dan al carrer. Si Guille intentaba algo raro, yo iba a verle desde lejos.
Saqué el sobre del bolso. Lo puse encima de la mesa, ligeramente desplazado a su lado.
Saqué la pluma estilográfica que me regaló mi padre cuando empecé a trabajar en la editorial.
Saqué un cuaderno Moleskine — el mismo donde, una semana antes, había anotado en boli rojo y con la frase subrayada 5.200.000 €.
Esperé.
Guille llegó a las once en punto.
Iba mejor vestido que el lunes mañana, lo cual a la vez me sorprendió y no me sorprendió. Pantalón gris claro, camisa azul cielo, americana azul marino sin corbata. Pelo afeitado. La barba de tres días que tenía en el notario, eliminada. Olía a colonia limpia. Era el Guille de la versión "presentable" después de un fin de semana feo, el Guille que sabe que cuando se le ha caído el armario encima, vuelve a presentarse como si nada hubiera pasado.
A mí, en aquel momento, esa capacidad suya de recomponerse me parecía la cosa más útil que él tenía. Iba a serme útil durante los próximos veinticuatro meses.
Se sentó enfrente. La camarera se acercó. Pidió un café cortado. Esperó a que la camarera se fuera.
—Julia.
—Buenos días.
Me miró. Yo le sostuve la mirada sin parpadear.
—Antes de empezar —dijo—, quiero que sepas que he leído el sobre tres veces.
—Bien.
—Tres veces enteras. Anoche, esta mañana en el taxi del notario aquí, y otra vez en el baño hace cinco minutos antes de entrar.
—¿Y?
—Voy a firmar las diez. Pero antes te quiero pedir una cosa.
Levanté una ceja. La pluma estilográfica seguía en mi mano cerrada.
—Te escucho.
Guille respiró hondo.
—Que añadas una regla once.
Eso no me lo esperaba.
—¿Una regla once?
—Sí. Una regla once. Una que tú no has escrito y que yo te pido que añadas.
—¿Cuál?
—Que tengas el derecho — no la obligación — de pararlo todo el día que tú quieras. Sin razón. Sin acta. Sin notario. Y que esa decisión tuya tampoco se considere ejecución de la opción A. Sea simplemente que decidiste parar.
Lo miré.
Yo no me esperaba que Guille me pidiera eso.
Era una buena petición.
Le pasé la pluma. Le pasé el cuaderno. Le pasé el sobre.
—Apúntala tú.
Guille cogió la pluma. Abrió el sobre. Sacó las diez reglas. Y, debajo de la décima, con su letra de abogado — pulcra, ligeramente inclinada a la derecha, las erres marcadas — escribió:
11. Julia puede en cualquier momento decidir parar todo el acuerdo, sin necesidad de causa ni de formalización notarial, manteniendo intactos los efectos de la opción C ya firmada. Si Julia decide parar, las consecuencias económicas previstas en las reglas anteriores quedan sin efecto retroactivo.
Levantó la pluma. Me devolvió el cuaderno.
—Léelo.
Lo leí. Asentí.
—Aceptada.
Firmé yo la regla once. Después le pasé la pluma a él. Firmó él la regla once.
Y entonces le miré.
—Ahora léeme las diez primeras tú a mí. En voz alta. Por orden. Antes de firmar.
Es importante que entiendas por qué le pedí esto.
Mi cuñado lleva once años en uno de los bufetes más caros de Barcelona. Su trabajo cotidiano es leer contratos. Su trabajo cotidiano es saber distinguir entre un párrafo que firmas con todas las consecuencias asumidas y un párrafo que firmas con un agujero por el que poder escaparte luego. Yo no quería que Guille pudiera, dentro de doce meses, sentado en mi salón con un whisky en la mano, decirme: "Julia, yo firmé esto pero no había leído bien el inciso tres, no entendí que se me aplicaba a todo el patrimonio residual, considéralo nulo."
Le iba a hacer leerme cada regla.
En voz alta.
Delante de mi camarera mayor de Almatriche.
Y se las iba a hacer firmar una a una.
Guille tragó saliva. Sabía exactamente lo que yo estaba haciendo. Era un movimiento de abogado. Yo no soy abogada, yo soy editora; pero llevo cuatro años con uno y se aprende.
Cogió las hojas. Empezó.
Reglas de la Opción C — Julia + Guille — 16 junio
online
1. Veto absoluto compartido. Cualquiera de los dos puede parar lo que esté pasando en cualquier momento, antes o durante. Si una de las partes dice STOP, paramos los dos. Sin justificación ni discusión.
Aceptado2. Yo (Julia) elijo CUÁNDO, DÓNDE y CON QUIÉN. Tú (Guille) no eliges nada de esto. Tú aceptas. Si yo te pregunto tu opinión sobre un candidato, contesta con sinceridad; pero la decisión es mía y no se debate.
Aceptado3. Tú decides en cada ocasión si quieres mirar o no. Por defecto, miras. Si en algún momento concreto prefieres ausentarte, lo dices antes del encuentro y te vas a otra habitación o al bar. Nunca puedes oponerte al encuentro mismo, solo a tu presencia en él.
Aceptado4. Cero contacto con Sofía o con cualquier otra persona que pueda considerarse continuación de Sofía. Si veo una sola foto, mensaje, evidencia, ejecuto la cláusula séptima en menos de veinticuatro horas.
Aceptado5. Salud: protección SIEMPRE en cada encuentro. Pruebas trimestrales obligatorias para ambos. Si un encuentro deriva en transmisión por negligencia, ejecuto la cláusula séptima.
AceptadoGuille leyó las once en voz alta. Lo hizo despacio, con voz tranquila, sin tropezar en ninguna palabra. Cuando terminó la once, levantó la vista del papel y me miró.
—Las acepto.
—Firma una por una. En el margen.
Cogió la pluma. Firmó cada regla con sus iniciales: G.d.P. Once veces.
Cuando terminó, deslicé yo la pluma hacia mi lado. Firmé cada regla con las mías: J.A.S. Once veces.
Cerré el cuaderno.
Le pasé otra copia idéntica al cuaderno — había hecho dos al imprimirlas el domingo — y guardé el mío.
—Esa copia es tuya. Léela cada noche durante un mes. Memorízala. Después la sigues releyendo cuando lo necesites. Mañana a primera hora se la entregamos a Pedro Vilanova para que la deposite en su despacho con un sello de fecha. Aunque las reglas no sean ejecutables legalmente, su existencia documentada es importante.
Asintió.
—¿Algo más, Julia?
—Sí. Una cosa.
Bajé la voz.
—Esta noche tenemos cena.
—¿Dónde?
—En El Galápago.
Guille palideció.
—Julia.
—A las nueve. Traje completo, corbata. No la corbata azul; la granate. Llegamos los dos por separado. Tú esperas en la barra. Yo entro a las nueve. Te avisa Sergio cuando vea entrar a una mujer pelirroja vestida de negro. Te sienta en la mesa que él te indique. Cenamos. Después, lo que pase, pasa.
—Julia, El Galápago es el sitio donde…
—Lo sé.
—Es el sitio donde íbamos a celebrar el banquete.
—Lo sé.
—Sergio era el chef que…
—Sergio es el dueño. Y lleva tres meses programando un menú para nuestra boda. Y le he hablado a Sergio dos veces a la semana durante tres meses por correo. Y Sergio es además, Guille, lo que se llama un hombre adulto, bien proporcionado, andaluz, con una voz grave y unas manos cuidadas. Lo conoces tú. Estuvimos en su restaurante en febrero los dos.
Silencio.
Guille tragó saliva. Por tercera vez en la mañana.
—Esta es la regla dos en acción, Guille. Cuándo, dónde y con quién, las tres cosas, las elijo yo. Y las tres están elegidas.
—¿Sergio sabe…?
—Sergio sabrá lo que tenga que saber esta noche, cuando llegue el momento. Hasta entonces, lo que sabe es que su mejor clienta de los últimos meses ha cancelado una boda y le ha llamado el sábado para preguntarle si tenía mesa para dos esa noche. Lo demás se irá viendo.
Guille bajó la mirada. Hablaba conmigo en voz muy baja.
—Julia.
—Dime.
—¿Esto va a doler?
—Sí.
—¿Mucho?
—No lo sé. Eso depende de ti tanto como de mí. La regla diez existe por algo.
Guille asintió.
—A las nueve estoy en El Galápago.
—Vestido bien.
—Vestido bien.
Bebí lo que me quedaba del té rojo. Pedí la cuenta. Pagué los dos cafés sin que Guille se moviera. Cogí mi bolso. Cogí mi cuaderno. Cogí el sobre cerrado.
Antes de salir, me agaché un poco hacia él, que seguía sentado en la silla con la copia de las reglas entre las manos.
—Guille.
—Dime.
—Una cosa última. La regla once que tú has propuesto. Esa no es una salida tuya. Es una salida MÍA. Tú no puedes pedirme que pare. Tú obedeces hasta que yo decida lo contrario. La once es porque, en algún momento, yo pueda decidir parar porque a mí me dé la gana. No por ti.
—Lo sé.
—¿Has pedido la once para mí o para ti?
Guille me miró. Por primera vez desde que había llegado a Almatriche.
—Para ti, Julia. La he pedido para ti.
Asentí.
Me erguí.
—Hasta las nueve.
Salí de Almatriche bajo una lluvia ligera de junio. Era casi mediodía.
Quedaban nueve horas para la cena en El Galápago.
Y yo iba a aprovecharlas.
¿Y tú qué dirías?
¿Es válido un acuerdo cuckold impuesto desde el chantaje?
Vota y descubre qué eligieron los demás miembros del club.
Las claves de este capítulo
Lo que hicieron bien
Escribir las reglas. Aunque vengan impuestas, ponerlas por escrito es lo que separa esta dinámica de un castigo arbitrario. Cada regla es un techo Y un suelo: Julia se obliga también a respetar el marco. La regla 10 (cuidado médico si Guille se quiebra) demuestra que no es un castigo puro: es un acuerdo asimétrico pero con responsabilidad cruzada.
Aspecto clave
La diferencia entre las reglas de Serie A (Rebeca y Javi) y las de aquí es radical. Las de Serie A se negociaron en una cafetería de Princesa entre dos personas que se amaban. Las de aquí se notifican en una cafetería del Born entre una persona que sigue queriendo a la otra y otra que ya no sabe si la quiere. La estructura del cuckolding es la misma; el contrato emocional debajo, opuesto.
Error que evitar
Confundir 'firmar' con 'aceptar'. Guille firma porque no tiene salida buena (las otras dos opciones eran peores). Eso es coerción legítima, no consentimiento limpio. Una pareja que entre en esta dinámica DEBE saber que está firmando bajo presión y prepararse psicológicamente. Si no, la primera ruptura de regla termina en algo más feo que cualquier infidelidad.