Cornudo por Venganza · I. La traición · Cap. 5 de 20 · 11 min
El cancelado banquete
Capítulo 5
El cancelado banquete
Volvamos atrás. Sábado catorce de junio. La mañana en que no me casé.
Me había metido en la cama del piso del Eixample a la una de la madrugada del viernes-sábado, después de haberme limpiado la cara delante del espejo del baño y haberme prometido a mí misma que en aquellas cinco horas y media de sueño que me quedaban no iba a pensar en nada.
Lo cumplí.
A las seis y media, justo antes de que sonara el despertador, abrí los ojos. Era de día. Sábado catorce de junio. Día previsto para casarme. Doscientos invitados convocados al ayuntamiento a las cinco de la tarde. Banquete reservado en El Galápago para las siete de la tarde. Hotel de la luna de miel en Cadaqués, casa familiar de los del Pino, pagado por la familia de Guille. Vestido de novia colgado en el armario del cuarto de invitados.
Cinco minutos en la cama mirando al techo.
Y después la primera frase que pronuncié en voz alta el sábado catorce de junio del año en que no me casé:
—A trabajar.
Tenía tres llamadas que hacer antes de las nueve de la mañana. Las puse en orden.
Primera, Carmen. La más fácil. Le mandé un audio a las seis cuarenta y cinco diciéndole que necesitaba que estuviera en mi piso a las siete y media con croissants y café del bueno. Le añadí: Sin papá. Solo tú. Te explico aquí. Carmen contestó a los dos minutos con un emoji de corazón verde y una flecha de "voy".
Segunda, papá. La intermedia en dificultad. Le llamé a las siete menos cinco. Sabía que estaría despierto: mi padre se levanta a las seis menos cuarto desde que jugaba al fútbol los sábados con cincuenta años, y aunque dejó el fútbol hace cinco, sigue levantándose como si no.
—¿Mi niña?
—Papá. Hola. Necesito que vengas a mi piso a las diez de la mañana. Sin contárselo a nadie. Y sin venir vestido para la boda. Vestido normal.
Silencio.
—¿Qué pasa, hija?
—Te lo cuento en persona. ¿Vienes?
—Voy. Diez.
Tercera, el ayuntamiento del Eixample. La técnica. Llamé al móvil del oficial mayor — Eduard Solé, un señor calvo de sesenta y dos años con el que llevaba dos meses coordinando los papeles de la boda. Sabía que tampoco estaría dormido, porque le tocaba un sábado de oficio.
—Don Eduard. Disculpe la hora.
—Buenos días, Julia.
—Voy a hacerle una pregunta y le pido que me responda sin preguntas a cambio.
—Adelante.
—¿Cuál es el procedimiento más limpio para cancelar una boda civil prevista para hoy a las cinco de la tarde?
Don Eduard tardó un instante.
—Le envío en quince minutos por correo un modelo de escrito de desistimiento. Lo firma usted, lo firma el novio, lo envía escaneado a este mismo móvil. A las diez de la mañana se considera cancelada. No requiere comparecencia. ¿Necesita que la celebración del banquete y el resto…?
—No. El resto lo gestiono yo.
—Por supuesto, Julia. ¿Está usted bien?
—Estoy procesando, don Eduard. Le agradezco la profesionalidad.
—Cualquier cosa, Julia.
Colgué.
Don Eduard tendrá ya muchas bodas a las espaldas. La discreción la lleva escrita en la voz.
Carmen llegó a las siete y media en punto con dos croissants de almendra y un café para llevar enorme. Tenía los ojos hinchados de no haber dormido bien y el pelo rojo recogido en un moño sin gracia. Pero llegó.
Le abrí. Se metió en el piso. Dejó la bolsa de la pastelería en la mesa de la cocina.
—¿Estás bien?
—Estoy procesando.
Se sentó. Yo me senté enfrente.
—Anoche fui a Sarrià, Carmen. Pillé a Guille con la misma mujer de tu foto. Le di hasta el lunes a las nueve menos cuarto para tomar una decisión. La boda se cancela hoy a las diez. Don Andrés viene a las diez. Tenemos que llamar a doscientos invitados durante la mañana.
Carmen abrió la boca. La cerró. La abrió.
—Julia.
—¿Qué.
—No te has casado.
—No.
—No te vas a casar.
—No.
—¿Y entonces qué…?
—Te lo explico cuando llegue papá. Necesito decirlo solo una vez. Ven, ayúdame a hacer la lista de invitados por orden de llamada. Primero los del pueblo, que tienen tres horas de viaje. Después los de Barcelona. Después los de la familia. La familia la dejamos para después de papá.
Carmen asintió.
Era una buena hermana. Es una buena hermana. Lo digo ahora con tres meses de perspectiva. En aquel momento estaba demasiado dentro de mi cabeza como para apreciarlo, pero Carmen aquel sábado fue la mejor versión de Carmen que he conocido. No hizo preguntas que no me apetecía contestar. Hizo café cuando se notaba que ninguna de las dos había desayunado. Cogió un boli y empezó a anotar la lista de invitados con su letra menuda de creadora de contenido — una letra que se le hizo, en aquellos cinco años de manejar guiones de vídeo y notas de marca, una letra rapidísima y limpia.
A las nueve y veinte teníamos las llamadas organizadas en bloques.
A las nueve y treinta llegó el documento de don Eduard al móvil. Lo firmé yo. Adjunté una nota: El novio firmará el lunes a primera hora; pónganlo en suspenso hasta entonces. Don Eduard contestó: Aceptado. Le confirmaré recepción al cierre.
A las nueve y cuarenta y dos sonó el timbre.
Era papá.
Don Andrés Aguilar Soler tiene cincuenta y ocho años, un metro noventa, los hombros que se hacen los hombres que han pasado dos décadas levantando pesas y no se han abandonado del todo. Se quedó viudo a los cuarenta y nueve, cuando mi madre se nos murió de un cáncer de pulmón que nunca habíamos sospechado porque ella no había fumado en su vida.
Llevaba esa mañana un polo azul marino, vaqueros, deportivas. La cara recién afeitada. El pelo blanco-gris peinado hacia atrás. Olía a la colonia barata que se compra desde hace treinta años en una droguería del Born.
Entró. Le abracé. Cerró la puerta. Le abracé otra vez. Carmen le abrazó después que yo.
Nos sentamos los tres en el sofá del salón. Carmen al borde, sin dejar que su cuerpo tocase del todo el respaldo. Papá en el centro. Yo en el otro extremo.
Le conté todo.
Le conté lo de Carmen viendo a Guille en Sarrià. Le conté la foto. Le conté los siete días de actuación. Le conté la llamada a Pedro Vilanova. Le conté la cláusula séptima del testamento. Le conté la noche del viernes en el ático. Le conté la cita del lunes.
Le conté las tres opciones.
Y le conté cuál pensaba ofrecer a Guille — porque a esas alturas yo ya sabía que Guille iba a elegir la C, pero también yo había redactado las tres con mi padre en mente. Quería que mi padre supiera que la decisión que le iba a dar a Guille era una decisión real, no un atrapamoscas.
Mi padre escuchó todo sin interrumpir.
Cuando terminé, me preguntó solo una cosa.
—¿Por qué te quedas, hija?
Le miré.
Y le solté la frase que llevaba pensando desde el martes diez de junio, cuando Carmen me había pasado la foto en el escalón del recibidor.
—Papá, irse era darle a Guille lo único que no se ha ganado. La liberación.
Mi padre asintió. No dijo nada. Esperó.
—Si yo me voy hoy, Guille pierde cinco millones doscientos mil euros, pierde la herencia de su abuela y pierde a la mujer con la que iba a casarse. Pero gana algo: la culpa la maneja él solo. Tiene veinte años por delante para aprender a vivir con ella. Aprenderá. Lo conozco. Aprenderá a vivir con eso porque siempre ha sabido vivir con cosas. Aprenderá, papá.
—Y si te quedas…
—Si me quedo, no aprende. La culpa la voy a llevar yo con él durante cinco años. Le voy a recordar cada día qué hizo. Le voy a poner espejos. Le voy a hacer mirarse a la cara cosas que él pensaba que iba a poder ocultar el resto de su vida. Le voy a someter a su propia decisión durante cinco años.
—¿Y tú?
Le miré.
—Yo también voy a aprender, papá. Yo también voy a aprender cosas. Voy a aprender, supongo, que la venganza tampoco es gratis. Pero entre los dos males — irme y dejarle suelto, o quedarme y romperme un poco yo también — prefiero el segundo. Porque al menos en el segundo Guillermo del Pino no se sale con la suya.
Mi padre asintió.
Y entonces hizo lo más raro que mi padre ha hecho conmigo nunca.
Me cogió la mano. Me apretó los dedos uno a uno. Y me dijo:
—Tu madre habría hecho lo mismo.
Carmen, sentada al lado mío, soltó un sollozo pequeño.
Yo no.
Yo no lloré por mi madre, ni por mi padre, ni por mí, ni por Guille en aquel sofá del salón. Aquellas cinco lágrimas que me había concedido el viernes en el coche habían sido el total. Sabía que ya no iba a quedarme más para Guille.
—Te quiero, papá.
—Yo a ti, hija.
—Vas a ayudarme con las llamadas.
—Por supuesto.
—Tú llamas a la familia. Tía Mercedes, tío Ferran, los primos. Yo me ocupo de mis amigas. Carmen, los del pueblo de papá.
—Hecho.
Mi padre se quitó el polo. Se subió las mangas de una camiseta blanca que llevaba debajo. Se pasó la mano por el pelo blanco. Cogió el móvil.
—Empiezo.
Llamamos durante cuatro horas y media.
A cada persona que llamábamos, la frase era la misma: Ha surgido un asunto familiar urgente, nos vemos obligados a posponer la celebración, en los próximos días os enviaremos información, sentimos muchísimo las molestias. No daban detalle. Si alguien preguntaba — y casi nadie preguntaba, porque la voz de Julia o de Don Andrés o de Carmen al teléfono no invitaba a preguntar más — la respuesta era: Cuando podamos contar, te contamos. Ahora no.
A las dos de la tarde habíamos llamado a doscientos uno. (Un primo lejano se había metido por error en la lista, le pedimos disculpas.) Doscientos uno menos los que habíamos avisado anoche desde el coche en el camino de regreso — once en total, los más cercanos, mi mejor amiga Marta entre ellos — eran doscientos diez en realidad.
A las dos y veinte, mi padre se hizo cargo de la comida.
Cocinó la tortilla de cebolla y patatas en mi cocina pequeña como si llevara cocinándola toda su vida en aquella misma cocina. Carmen puso la mesa. Yo abrí una botella de vino blanco que tenía guardada para una celebración que no era esta.
Brindamos.
Por mi madre, los tres.
Y por la abuela Margarita del Pino. Una mujer a la que solo había visto dos veces, una mujer que había muerto antes de conocerme, una mujer que me había dejado a mí, a través de un testamento que ella había firmado dieciocho meses antes de morir, la única herramienta legal que iba a permitirme sobrevivir a este sábado.
Mi padre dijo, levantando la copa:
—Por las mujeres que te dejan herramientas, aunque no te conozcan.
Carmen y yo brindamos.
Comimos. La tortilla estaba buena. La compañía mejor.
A las cuatro de la tarde mi padre se durmió en mi sofá con una manta encima. Carmen se metió en mi cuarto con el ordenador y se puso a contestar correos pendientes. Yo me senté en la mesa del comedor con el sobre.
El sobre donde había metido las diez condiciones para Guille.
Las leí una vez más. Lentamente.
Cambié dos comas. Una en la regla seis. Otra en la regla diez.
Cerré el sobre.
Lo dejé en la mesilla, al lado del traje gris pizarra que había sacado del armario para el lunes.
Y me fui a dormir a las once de la noche pensando en la abuela Margarita del Pino y en mi madre, dos mujeres que no me iban a ver el lunes en el despacho del notario, pero que me iban a acompañar las dos.
¿Y tú qué dirías?
¿Te quedarías en una pareja después de una traición tan grande, aunque fuera con tus condiciones?
Vota y descubre qué eligieron los demás miembros del club.
Las claves de este capítulo
Aspecto clave
Quedarse después de una traición NO equivale a perdonar. Son dos cosas distintas que la gente confunde a menudo. Perdonar es procesar el daño hasta soltarlo. Quedarse es decidir convivir con el daño sin soltarlo. Son caminos distintos, ambos legítimos. Julia elige el segundo. No mejor ni peor, pero más raro, y mucho más exigente para los dos.
Error que evitar
Confundir la decisión de quedarse con un acto de debilidad o de codependencia. Julia se queda porque tiene un plan, no porque no pueda irse. Quedarse SIN plan es codependencia. Quedarse CON plan, con palanca y con voluntad de imponer condiciones es otra cosa. La diferencia la marca el lugar emocional desde el que se toma la decisión.