Cornudo por Venganza · II. La venganza · Cap. 9 de 20 · 11 min
La regla del bufete
Capítulo 9
La regla del bufete
A las once y cuatro minutos del miércoles dieciocho de junio, Guille entró en Almatriche con la misma corbata granate del lunes y la cara de un hombre que no sabe si lo van a recibir con un beso o con una bofetada.
Le tocó el suelo intermedio. Ni una cosa, ni la otra.
Le señalé la silla de enfrente sin saludar.
—Siéntate.
Se sentó. Carlos, el camarero mayor de Almatriche, le trajo el café cortado sin preguntar. Carlos llevaba tres días viéndome en esa misma mesa con caras distintas de gente conocida. Carlos no preguntaba ya.
Esperé a que Guille bebiera dos sorbos. Después lo miré.
—Tengo una sola pregunta. La vas a contestar. Sin filtros, sin diplomacia de abogado, sin pulir la respuesta. Si me mientes, te lo voy a notar y se acaba la conversación. Si dices la verdad, vamos a poder seguir.
Asintió.
—¿Por qué te acostaste con Sofía?
Guille bajó la copa. Me miró. Y por primera vez en los nueve días que llevábamos jugando a este juego, no contestó como un abogado. Contestó como un hombre que ha estado preparando esa respuesta durante mucho más tiempo del que yo había imaginado.
—Porque tenía miedo de casarme contigo.
Me quedé quieta. Esperé.
—Te conté en su día que la idea del matrimonio civil me daba igual. Te lo conté así porque era lo que tú querías oír y porque, en parte, era verdad. Lo civil me daba igual. Lo que no me daba igual era lo otro. Estar contigo el resto de mi vida. La perspectiva de no haber estado con nadie más que contigo y de no tener ya una sola noche, durante cuarenta años, en la que pudiera plantearme si era esto lo que quería. Eso no me daba igual.
—No me lo contaste.
—No te lo conté porque no sabía contártelo. Porque no era ni siquiera una duda concreta sobre ti. Era una duda sobre mí. Sobre qué clase de hombre soy. Y cuando intenté decírtelo, en marzo del año pasado, una noche en la terraza de tu piso, te dije una frase entera de la duda y tú me cortaste antes de la tercera palabra y me dijiste "tranquilo, eso lo siente todo el mundo." Y yo me callé porque no quería preocuparte, y porque pensaba que se me iba a pasar.
—Recuerdo esa noche.
—Lo sé. Yo también la recuerdo.
—¿Y entonces, en lugar de volver a hablarme, te follaste a una clienta divorciada del bufete.
Asintió.
—Sí.
—¿Cuándo la conociste?
—Llevaba el divorcio de su exmarido desde noviembre del año pasado. La conocí en una primera reunión. Llevamos siete meses tratándonos como abogado-clienta. Sin nada. Te lo juro por mi madre.
—¿Cuándo cruzaste la raya?
—En febrero. Cinco meses antes de la boda.
—¿Cómo?
—Una cena de trabajo. Le había conseguido un acuerdo bueno con el ex. Quiso invitarme a celebrarlo. Acepté. Cené con ella. Me besó al despedirse, en la puerta del restaurante. Yo no la aparté. Y al día siguiente le mandé un mensaje. Tres mensajes después estábamos en un hotel de Sarrià.
—¿Cuántas veces fuisteis al hotel?
—Once.
Conté once en mi cabeza, dividido por las semanas que iban de febrero a junio, semana a semana en mi calendario.
Casi dos por mes.
—¿Te enamoraste de ella?
Pausó.
—No.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro. Sofía era — es — una mujer interesante y guapa y adulta, y conmigo era amable y no me pedía nada de lo que tú me pedías. Era una cosa cómoda. Era una cosa que confirmaba que yo, durante cuatro horas seguidas al mes, podía ser otro hombre distinto al hombre que te había prometido a ti ser durante el resto de su vida. Sofía no era el motivo. Sofía era el síntoma.
—El motivo, entonces.
—El motivo era el miedo, Julia. El miedo a que te casaras conmigo, a que en diez años yo siguiera siendo el hombre que iba a ser tu pareja para siempre, y a que en algún momento de esos diez años yo te traicionara como te he traicionado ahora y entonces fuera mucho peor porque ya habrían pasado diez años y ya habría hijos y ya estarías mucho más entera entregada a mí. Preferí, sin darme cuenta y siendo un cobarde, traicionarte antes para no tener que traicionarte después. Lo que me pasaba era esto: yo no quería casarme. Yo no sé querer una sola mujer durante una vida entera. Yo necesitaba una salida. Y me la fabriqué.
—Cobarde.
—Cobarde, sí.
—¿Por qué no me lo dijiste, Guille? ¿Por qué no la noche de marzo en la terraza, ni en abril, ni en mayo, ni en junio? ¿Por qué dejar que yo planeara doscientos invitados, un vestido, un viaje a Cadaqués, una vida entera, sabiendo que ibas a tirarlo por encima?
—No lo iba a tirar. Tú no lo sabes pero yo sí: a finales de mayo le dije a Sofía que se acababa. Le dije que iba a casarme. Le dije que no había vuelta atrás. Ella aceptó. Lo aceptó muy bien, además. Me dijo suerte, Guille, ojalá te vaya bien. Y yo me fui de su casa pensando que mi proceso era ese: que el matrimonio salvaba al matrimonio.
—Pero el martes diez de junio estabas con ella en una terraza de Sarrià.
—Sí. Aquella tarde Sofía me llamó. Me dijo que se mudaba a Madrid. Que era una despedida. Que quería invitarme a un coctel. Acepté. Pensé "es la última vez, no pasa nada, le doy una hora y un coctel y se acaba." Estábamos en aquella terraza tomando el coctel. La besé. Te lo juro, no era plan. Lo improvisé en el momento. Pero la besé.
—La besaste y subiste con ella.
—Subí con ella. Sí.
—¿Cuántas veces más?
—Aquella tarde una vez. Después dos veces más esta semana. La última, anoche. Anoche cuando llegaste tú.
Asentí.
—¿Por qué anoche, sabiendo ya que yo lo sabía?
Guille bajó la cabeza.
—Porque el viernes catorce a las once y media de la noche tú entraste por mi puerta y me dejaste el pánico literal dentro del cuerpo. Y yo, cuando tengo pánico literal, hago la única cosa que sé hacer: me vuelvo a meter en el sitio donde había encontrado refugio durante cinco meses. Sofía, aquella noche, era el único lugar de Barcelona donde yo no tenía que mirarte a la cara. Eso es. Es así de feo. No te puedo dar una excusa mejor porque no la tengo.
Asentí otra vez.
Llevaba diez minutos sin tocar mi té rojo.
Bebí. Tres sorbos largos. Me serví otro de la tetera.
—Guille.
—Dime.
—Te creo.
Levantó la cabeza, sorprendido.
—¿Me crees?
—Te creo. Lo que me has contado es feo, es cobarde, es egoísta y es básico, pero te creo. Es la única explicación que casa con todo lo que yo sé de ti. Cualquier otra cosa que me hubieras contado más elaborada — la mujer fatal que te sedujo, la crisis existencial, lo que sea — te la habría discutido. Esto te lo creo.
—Gracias.
—No me agradezcas que te crea. Agradécete a ti haber tenido el cuajo de decirlo así.
—Vale.
Me terminé la segunda taza de té. Saqué del bolso el documento del notario — la copia mía — y un boli azul.
—Te creo, pero no cambia el plan. Solo lo ajusta.
—Te escucho.
—Voy a añadir una regla doce.
Guille tragó saliva. Yo le miré directamente.
—Doce. La próxima persona con la que voy a estar — la segunda, después de Sergio — va a ser alguien de tu entorno profesional.
—Julia.
—Calla. Te dejo terminar de oírlo. Va a ser alguien de tu bufete. Alguien con quien tú te cruces todos los días por los pasillos. Alguien que tú admires o que admire a ti, indistintamente. Alguien que sepa exactamente quién soy yo. Alguien que sepa que vamos a casarnos. Alguien que, durante toda esa noche y todas las que vengan después, sepa quién eres tú en mi vida.
Guille tenía las dos manos apoyadas en la mesa.
—Julia, eso es destrozar mi carrera.
—No, Guille. Eso es introducir consecuencias en tu carrera. Que es muy distinto.
—¿Cómo me voy a presentar yo al trabajo el lunes después de que tú hayas pasado el sábado en la cama de uno de mis socios?
—Te vas a presentar como te has presentado todos estos meses cuando estabas follándote a Sofía y pretendías que en tu boda no se notara. Te vas a presentar fingiendo. Eres muy bueno fingiendo, Guille. Lo has demostrado durante cinco meses.
Guille se quedó callado. Largo rato.
—¿Tienes ya un nombre?
—Tengo dos. Si quieres saberlos te los digo, pero no vas a poder vetar más que a uno.
—¿Quiénes?
—Iván Solé. Y Roberto Castell.
Guille palideció.
Iván Solé es socio joven del bufete del Pino. Treinta y cinco años. Divorciado hace dos. Llevaba tres años cortejándome con esa elegancia perfectamente medible de los abogados de gran bufete: una palabra de más en la cena de Navidad, un mensaje educado el día de mi cumpleaños, un comentario cuidadoso sobre la editorial donde yo trabajo. Nunca cruzó una línea. Pero Guille sabía y yo sabía que Iván sabía que ahí había algo posible.
Roberto Castell es uno de los socios senior. Cincuenta y cuatro años, casado de toda la vida, con esposa y dos hijos universitarios. Reputado. Discreto. Lo había puesto en la lista solo para forzar a Guille a vetar a uno y dejar pasar al otro.
—Veto a Roberto.
—Bien.
—¿Iván?
—Iván.
—Cuándo.
—Esta misma semana. Le mando un mensaje hoy. Le invito a tomar algo el viernes.
—¿Va a saber que yo sé?
—Va a saber que tú sabes y va a saber que tú vas a estar mirando. Lo va a saber antes de tomarse la primera copa conmigo.
—¿Crees que aceptará en esas condiciones?
Le miré.
—Iván Solé lleva tres años esperando una excusa para no estar contigo en el bufete y estar conmigo en una mesa. Le voy a dar a Iván Solé exactamente la excusa que necesita.
Guille bajó la cabeza.
Estuvo callado quince segundos. Cuando levantó la cabeza, tenía los ojos enrojecidos.
—Julia.
—Dime.
—¿Esto te ayuda?
—¿Esto qué?
—La regla doce. Mezclar venganza y mi trabajo. ¿Esto te ayuda a ti a procesar lo que ha pasado? Porque si me dices que sí, voy a aceptarla. Y si me dices que no, te voy a pedir que la quites.
Le miré.
Era la primera vez en nueve días que Guille me había hecho una pregunta sobre mí, sobre mi proceso, en lugar de sobre el suyo.
Me lo pensé.
—No lo sé, Guille. Hoy creo que sí me ayuda. Mañana, no sé. Si dentro de tres semanas decido que no me ayudaba, paro. Regla once.
Guille asintió.
—Vale.
—Gracias por haber dicho la verdad esta mañana, Guille.
—Gracias por haberme dejado decirla.
Saqué del bolso el cuaderno Moleskine. Apunté en él, debajo de las once reglas firmadas el lunes:
12. La próxima persona será del entorno profesional de Guillermo. Veto aplicado: Roberto Castell. Persona seleccionada: Iván Solé. Fecha aproximada: viernes 20 de junio.
Cerré el cuaderno.
Pagamos. Salimos.
En la puerta de Almatriche, Guille se quedó un instante mirándome.
—Una cosa más, Julia.
—Dime.
—Iván Solé es buen tipo. Cuídalo tú a él también. No le pasa lo que te pasa a ti ni lo que me pasa a mí. Está limpio.
Asentí.
—Apuntado.
Echó a andar hacia el carrer Princesa. Yo me quedé un instante en la puerta de la cafetería, miré el móvil, y abrí el contacto de Iván Solé.
Y le escribí:
Iván, hola. ¿Tienes un momento esta semana para tomar algo? Hay cosas que mejor te las cuento yo en persona antes de que te las cuente otro. Dime cuándo te viene bien. Julia.
Iván contestó a los siete minutos.
Viernes a las nueve. ¿En el Solomillo?
Le contesté.
No. En tu despacho. Mejor el viernes a las diez de la noche, cuando ya no quede nadie en el bufete. Yo subo. Tú esperas. Trae botella.
Iván tardó tres minutos en contestar esta vez.
Entendido. Estaré.
Cerré el móvil.
Levanté la vista hacia el cielo gris del Born.
Iván Solé acababa de aceptar.
Faltaban tres días.
¿Y tú qué dirías?
¿Hasta qué punto la venganza debe afectar al espacio profesional?
Vota y descubre qué eligieron los demás miembros del club.
Las claves de este capítulo
Error que evitar
Tratar el espacio profesional como territorio neutral cuando estás haciendo daño emocional intencional. El trabajo NO es solo un lugar — son los compañeros, la reputación, la red profesional de años. Una pareja que entra en una dinámica como esta DEBE pensar muy bien si quiere mezclar venganza y profesión. Hay caminos para la venganza que no requieren contaminar la zona laboral.
Aspecto clave
Entender POR QUÉ pasó la traición no significa perdonarla, pero sí cambia la estrategia. Si Julia hubiera evitado la conversación del miércoles, su próxima movida habría sido ciega. Habiendo escuchado a Guille, su próxima movida es quirúrgica. La diferencia: en la primera no controla las consecuencias; en la segunda sí.