Cornudo por Venganza · II. La venganza · Cap. 8 de 20 · 11 min
El dĂa despuĂ©s de Sergio
CapĂtulo 8
El dĂa despuĂ©s de Sergio
Me desperté a las once y veinte de la mañana del martes diecisiete de junio en el sofá del piso de Sergio.
Guille no estaba. La copa que habĂa tenido vacĂa a su lado durante toda la noche seguĂa vacĂa, en la misma mesa. Una nota encima, escrita en una hoja arrancada de mi propio cuaderno Moleskine, con la letra de abogado de Ă©l.
Me he ido a las siete. He cerrado abajo. He dejado la llave dentro del buzĂłn de Sergio. Te quiero. Te quiero aunque no lo entiendas hoy. Te quiero exactamente igual que ayer. G.
Doblé la nota. La metà en el bolso.
Sergio habĂa bajado al restaurante hacĂa rato — la cocina del Galápago abre martes con menĂş de mediodĂa y Ă©l tenĂa proveedores a las nueve. Lo habĂa oĂdo marcharse a las cuatro y media de la madrugada. DespuĂ©s habĂa dormido cuatro horas seguidas en el sofá, abrazada a un cojĂn, con la espalda dolorida y la nuca acalambrada.
Me incorporĂ©. Me dolĂa todo el cuerpo. Me dolĂa el alma. Me dolĂan sitios que no me habĂan dolido en año y medio. Pero tambiĂ©n me notaba algo más, una cosa que no habĂa anticipado para esa mañana: me notaba descansada.
Era la primera mañana de muchos meses en que me despertaba sin la cabeza llena de listas.
Me lavĂ© la cara en el baño pequeño del pasillo. Sergio habĂa dejado una toalla limpia doblada en la encimera y un cepillo de dientes nuevo todavĂa dentro de su funda de cartĂłn. Detalles.
BajĂ© al restaurante. La cocina estaba ya en marcha. Sergio habĂa vuelto a su puesto. Llevaba un delantal blanco encima de la camisa del dĂa anterior, ya limpia. Me sonriĂł cuando me vio entrar. No me dio dos besos delante de los camareros que ya estaban montando las mesas para el mediodĂa. Me sirviĂł un cafĂ© con leche en la barra. Me dijo en voz baja:
—¿Has dormido?
—Algo.
—Te dejo desayunar y te vas. Lo de anoche te lo cuento por mensaje esta tarde. Hoy aquà no podemos hablar.
—Está bien.
Me sentĂ© en la barra. ComĂ una tostada con tomate. TomĂ© el cafĂ© entero. SaquĂ© el mĂłvil y vi que tenĂa catorce mensajes pendientes. Doce de mi padre — cuatro audios y ocho de texto. Uno de Carmen. Uno de Pedro Vilanova confirmando recepciĂłn del documento privado.
Ninguno de Guille.
Mi padre me preguntaba en los doce mensajes, en orden ascendente de preocupaciĂłn, cĂłmo habĂa ido la cena. Le contestĂ© con una palabra. Bien. Y un emoji de pulgar hacia arriba. Mi padre, a quien le habĂa contado todo el sábado, no me iba a pedir detalles. Le bastaba con la palabra.
Carmen me preguntaba si estaba bien y si querĂa que viniera a verme.
Le contesté: En el restaurante de Sergio. Bajo a casa en treinta minutos. Ven si quieres.
Carmen contestĂł al segundo: Voy. Llevo croissants.
PaguĂ© el cafĂ© — Sergio insistiĂł en que no, yo insistĂ en que sĂ. SalĂ a la calle. CaminĂ© hasta mi piso del Eixample con un dolor leve en las caderas y una clarividencia rara en la cabeza.
Carmen estaba esperándome en el portal con dos bolsas de papel marrĂłn cuando lleguĂ© a las doce y cuarto. Una de las bolsas tenĂa cuatro croissants de almendra de la pastelerĂa de AragĂł. La otra tenĂa dos cafĂ©s para llevar de la cafeterĂa de la esquina, mi cafĂ© cortado con miel y un capuchino de avena para ella.
Le abrĂ la puerta del portal. Subimos al ascensor sin decir nada.
Una vez en el piso, dejĂł las bolsas en la mesa de la cocina, se sentĂł en la silla y me mirĂł como si me llevara mirando dos horas sin parpadear.
—Dime.
—Carmen…
—Julia, mĂrame. MĂrame a los ojos.
La miré.
—¿Estás bien?
—Estoy procesando.
—¿Eso significa bien o significa mal?
Pensé un segundo.
—Las dos cosas, Carmen. A la vez. Me he despertado descansada por primera vez en muchos meses. Y a la vez me siento como si me hubieran sacado tres litros de sangre.
Carmen asintiĂł.
Sacó los croissants. Sacó los cafés. Repartió. Se sentó enfrente. Nos comimos un croissant las dos en silencio.
Cuando terminamos, Carmen hablĂł.
—Te voy a decir una cosa, hermana, y después me callo. ¿Vale?
—Vale.
—Me parece que estás haciendo lo correcto. Me parece que lo estás haciendo bien. Y me parece que si llega el momento en que tengas que parar, vas a saber pararte. No me preocupas por debilidad. Me preocupas por exceso. ¿Lo apuntas?
Le sonreĂ.
—Anotado.
—Bien.
AsintiĂł. ComiĂł el segundo croissant.
Después miró la mesa.
—¿Cómo es Sergio?
—Es un hombre adulto y respetuoso.
—¿Te gusta?
Lo pensĂ©. Era una buena pregunta. HacĂa catorce horas Sergio habĂa hecho cosas conmigo que ningĂşn hombre me habĂa hecho en mucho tiempo. Y, sin embargo, si Carmen me hubiera preguntado en aquel momento si yo querĂa a Sergio, la respuesta habrĂa sido un no.
—Me gusta como hombre, Carmen. No me gusta como pareja. Y creo que él lo sabe.
—¿Qué quiere él?
—Anoche, antes de irme, me dijo que esto, si yo querĂa, podĂa pasar más veces. Y no por venganza, dijo. Por las otras razones.
—¿Y tú?
—No sé. Hoy no sé.
Carmen asintiĂł otra vez.
Y entonces, antes de que yo pudiera anticipar la pregunta, me hizo la que llevaba semanas guardándose y que nunca habrĂa hecho si no hubiera pasado lo de El Galápago.
—Julia. ÂżPor quĂ© Guille se acostĂł con SofĂa?
Me quedé quieta.
No me lo habĂa planteado.
En todas las horas que llevaba — desde la foto del martes, la confrontaciĂłn del viernes, las tres opciones del lunes, la cena con Sergio, todo — yo no me habĂa detenido ni un solo segundo a preguntarme por quĂ© Guille habĂa hecho lo que habĂa hecho. HabĂa pasado directamente a quĂ© hacer ahora que lo habĂa hecho.
—No lo sé —contesté.
—¿No se lo has preguntado?
—No.
—¿Vas a preguntárselo?
—No lo sĂ©, Carmen. Ahora mismo no sĂ© si quiero saberlo. Si me da una razĂłn, voy a tener que decidir si es válida. Si me da una razĂłn mala, va a ser peor todavĂa. Prefiero, por ahora, no saber.
Carmen me mirĂł largo.
—Eso, hermana, eso es lo único que me preocupa de todo este plan tuyo. No quieres saber el por qué. Estás castigando un acto sin entender el motivo del acto.
—Lo sé.
—Si no entiendes el motivo, te puede pasar dos veces.
—Lo sé.
Quedamos en silencio. Carmen recogiĂł la mesa. Me dio un beso en la frente. CogiĂł su bolso. Antes de irse, se girĂł en la puerta.
—Una última cosa.
—Dime.
—Si en algún momento me necesitas que pare yo por ti, me lo dices. La regla diez de tu sobre te toca a ti. Yo soy la regla cero. ¿Vale?
—Vale.
Se fue.
Cerré la puerta. Apoyé la frente en la madera durante un minuto entero.
A las cuatro de la tarde, sentada en el sofá del salón con el ordenador apagado y un té rojo enfriándoseme entre las manos, me llegó el mensaje de Sergio.
Julia, sĂ© que no te debo nada y tĂş no me debes nada a mĂ. Lo de anoche fue de las cosas más bonitas que me han pasado en mucho tiempo y no quiero estropearlo con un mensaje torpe. Solo te querĂa preguntar si estás bien. No tienes que contestar si no quieres. Si quieres, contesta cuando puedas. Si en algĂşn momento te apetece venir a comer un dĂa — solo a comer — yo cocino para ti los miĂ©rcoles porque me gusta, y los miĂ©rcoles los lleva mi sous-chef. TendrĂa tres horas libres a mediodĂa. Eso, nada más. CuĂdate.
Lo leĂ dos veces.
Después lo leà una tercera vez.
Y entendĂ, en aquel mensaje, que la cosa con Sergio iba a ser un problema.
No porque Sergio hubiera escrito algo invasivo o calculador.
Sino exactamente por lo contrario.
Sergio habĂa escrito un mensaje limpio y considerado y respetuoso. Sergio era un hombre adulto que me trataba como adulta. Sergio habĂa aceptado entrar en una situaciĂłn tan rara como la del lunes en El Galápago — con Guille presente, con cláusulas notariales de fondo, con una mujer que claramente lo estaba usando — y, a las diecisĂ©is horas, me estaba escribiendo no para repetir, sino para cuidarme.
Esa diferencia era peligrosa.
La regla cuatro de mi documento decĂa claramente: cero contacto romántico continuado con un mismo toro. Era una regla que yo habĂa escrito pensando en SofĂa y en mi seguridad emocional. Era una regla buena.
Pero Sergio no era SofĂa.
Y la regla, en frĂo, ya empezaba a temblar.
Contesté el mensaje a las siete de la tarde, con el café reemplazado por una copa de vino y dos canciones de Maria Arnal de fondo.
Sergio. Estoy bien. Gracias por el mensaje y por anoche. Lo del miĂ©rcoles a mediodĂa lo dejo en pausa, no te digo que no, te digo que ahora no. Tengo un par de cosas que tengo que resolver primero conmigo misma antes de aceptar un plato cocinado por ti. Te aviso cuando estĂ© lista, si lo estoy. Julia.
Sergio contestĂł al cabo de un cuarto de hora.
Entendido. No me digas nada hasta que estés. Y si nunca estás, también entendido. Sergio.
Cerré el móvil.
Y me quedĂ© sentada en el sofá pensando en lo que Carmen me habĂa dicho a las doce y cuarto.
No quieres saber el por qué. Si no entiendes el motivo, te puede pasar dos veces.
Tres horas después le mandé un audio a Guille.
Mañana en la cafeterĂa del Born a las once. Tenemos que hablar. Solo nosotros dos. Sin notario.
Guille contestó cuatro minutos después.
Allà estaré.
Esa noche dormà once horas seguidas. Soñé con la abuela Margarita. La soñé sentada en la mesa de Almatriche, con su moño blanco y sus ojos azules iguales a los de Guille pero con sesenta años más encima, sirviéndose un café cortado con un poco de leche, y diciéndome desde el otro lado de la mesa, sin mirarme:
La venganza es como el dinero, hija. Si la usas para entender, sirve. Si la usas para no entender, se gasta. Y al final de la vida, lo único que queda son las cosas que entendiste, no las que castigaste. Mañana le preguntas POR QUÉ. Tres veces si hace falta.
Me desperté a las siete y media de la mañana del miércoles dieciocho de junio.
TenĂa una cita a las once en una cafeterĂa del Born con el hombre al que habĂa castigado tres veces en una semana sin haberle preguntado todavĂa la Ăşnica pregunta que llevaba veinte años pendiente entre nosotros.
Por qué.
ÂżY tĂş quĂ© dirĂas?
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Las claves de este capĂtulo
Aspecto clave
El dĂa despuĂ©s de un primer acto de venganza es decisivo. Es cuando se decide si la dinámica es sostenible o autodestructiva. Si la persona vengadora se despierta vacĂa, está bien — eso es honestidad emocional. Si se despierta con ganas de más, mal — eso es escalada. Julia, esta mañana, se despierta sintiendo las dos cosas a la vez. Y eso, en tĂ©rminos psicolĂłgicos, es exactamente lo que cabĂa esperar.
Error que evitar
Validar la venganza con la mirada del cómplice involuntario — en este caso Carmen. Carmen es testigo, no aliada de la dinámica. Buscar en ella aprobación o reproche pone a Carmen en un papel que no le toca. La pareja debe sostener su propia decisión sin externalizarla a terceros, incluso a los más cercanos.