Cornudo por Venganza · III. La redención · Cap. 18 de 20 · 11 min
La llamada inesperada
Capítulo 18
La llamada inesperada
A las once y dos minutos de la mañana del sábado seis de diciembre, sentada en mi cocina con un café cortado entre las manos y la luz blanca del invierno entrando por la ventana, marqué un número de móvil que llevaba dos meses y veintiocho días sin marcar.
Era el número de Nikolai Petrov.
Lo tenía guardado desde aquella reunión del lunes ocho de septiembre en la décima planta del bufete del Pino. Nikolai me había dejado una tarjeta personal encima de la mesa antes de irse: Nikolai. Personal. Solo un número y dos palabras. La guardé en mi cartera. No la había sacado en tres meses.
Habían pasado tres meses desde aquella conversación con Guille en la terraza.
Tres meses de convivencia sin contacto físico, como pactamos. Tres meses en los que Guille y yo habíamos dormido en la misma cama todas las noches sin tocarnos. Tres meses en los que habíamos compartido desayunos, cenas, fines de semana en familia, un cumpleaños suyo (el veintinueve de octubre, cena con sus padres, regalo mío de un libro de Sándor Márai), un primero de noviembre en el cementerio de Montjuïc visitando a mi madre, dos visitas de su madre, dos visitas de mi padre. Tres meses de no comentar los mensajes en los que mi padre cariñosamente preguntaba ¿cómo van, hija? y yo le contestaba vamos bien, papá.
Tres meses, sobre todo, de ejecutar lo pactado.
A finales de septiembre fui con Pedro Vilanova al despacho del notario. Llevé a Guille conmigo, no porque su firma fuera necesaria, sino porque las dos cosas que se firmaron aquella mañana tenían que firmarlas los dos delante. Firmé el acta de ejecución de la cláusula séptima del testamento de Margarita del Pino, viuda del Pino. Firmé también el anexo redirigiendo los cinco millones doscientos veintiún mil euros aproximados a una causa específica dentro de la Fundación Margarita del Pino: la creación de una beca anual de escritura para mujeres autoras menores de treinta años con primer libro inédito, beca a perpetuidad, gestionada por una junta independiente del bufete del Pino, con sede académica en la Universidad de Barcelona.
La beca lleva, por decisión mía y aceptación de la fundación, dos nombres unidos: Beca Margarita-Soler. Margarita del Pino, abuela política. Soler, segundo apellido mío, el de mi madre.
Guille me cogió la mano un instante cuando vio el segundo nombre en el documento. Yo le dejé. Era el primer contacto físico entre nosotros desde Cadaqués. Le solté la mano a los cinco segundos. Pedro Vilanova selló el anexo. La cláusula se ejecutó. El documento de las once reglas se canceló simultáneamente. La fundación recibió el capital la primera semana de octubre.
La primera convocatoria de la Beca Margarita-Soler abrió el primero de enero. Mil seiscientos manuscritos llegaron en los tres meses siguientes. La primera ganadora se anunciaría en marzo.
Eso todavía no había pasado el seis de diciembre, pero ya estaba todo encaminado.
A las once y dos de la mañana de aquel sábado, Nikolai me contestó al cuarto tono.
—Julia.
—Nikolai.
—Buenos días.
—Buenos días. ¿Te pillo bien?
—Estoy en casa. Estás llamando bien.
—Te llamo para pedirte un favor que se sale de la línea profesional.
—Adelante.
Respiré.
—Quiero invitarte a una noche en una casa de Cadaqués el sábado quince de marzo del año que viene.
Silencio breve.
—¿Tú y Guille?
—Y tú. Los tres.
—Sigue.
—No es invitación de venganza. No es invitación de la mujer del cliente principal del bufete cogiendo el bufete por sorpresa. No es invitación romántica tampoco. Es otra cosa, Nikolai. Te la voy a explicar y después dices que sí o que no.
—Adelante.
—En marzo se cumplen seis meses desde la conversación que tuvimos Guille y yo en mi terraza la noche del lunes ocho de septiembre. Si te acuerdas, te conté esa misma tarde, antes de la cena, que necesitaba seis meses de convivencia sin palancas, sin cláusulas y sin reglas, para poder decidir cómo continuar. Esos seis meses se cumplen el sábado ocho de marzo. Y necesito, antes de tomar la decisión final con Guille, hacer una cosa concreta. Cerrar un círculo simbólico que en agosto no se cerró. Pasar una noche en la casa familiar de los del Pino, en Cadaqués, los tres adultos. Tú, Guille y yo.
—¿Como acompañante o como tercero?
—Como hombre que ha cruzado la frontera que Guille y yo todavía no hemos cruzado. Como hombre que se divorció bien hace seis años de una mujer que también lo había castigado calculadamente y que después salió adelante con dignidad. Como testigo adulto, en resumen. Eso es lo que te estoy pidiendo. Si esa noche, o esa madrugada, ocurre otra cosa entre los tres, lo decidiremos los tres en la casa. Pero la motivación con la que te invito no es que ocurra esa otra cosa. Es testimonio.
Nikolai escuchó sin interrumpir.
Cuando terminé, hubo veinte segundos de silencio. No incómodos. De procesar.
—Julia, antes de aceptar, necesito preguntar dos cosas.
—Adelante.
—Primera. ¿Lo sabe Guille?
—Le aviso esta tarde. Pero esto lo decido yo y lo invito yo. Como yo lo invité al castigo desde junio. Ahora yo lo invito al cierre. Si quieres consultarlo con Guille por ti mismo después de colgar conmigo, hazlo. Yo no me opongo. Pero la invitación es mía.
—Vale. Segunda. ¿Cuál es exactamente el papel que necesitas que juegue?
—El de un hombre que ha estado del otro lado y volvió. Necesito tu compañía adulta esa noche. No tu cuerpo. No tu deseo. Si esa noche se hace más larga y profunda — porque tú lo quieras, porque Guille lo permita, porque yo lo pida —, lo decidiremos los tres en el momento. Lo que sí necesito que sepas es que la invitación no es por eso. Es porque me hace falta, simbólicamente, esa noche concreta en esa casa concreta cerrar lo que en agosto se quedó a medio cerrar. Y porque tú, de todos los hombres que han pasado por la novela de mi vida entre junio y diciembre, eres el único que ha cruzado la frontera entera. Sergio era buen hombre, pero no estaba al otro lado. Iván Solé era buena persona, pero no estaba al otro lado. Tú sí. Por eso te invito a ti.
Silencio largo.
—Acepto.
—Gracias, Nikolai.
—Espera. Una cosa más.
—Dime.
—Tú no necesitas un tercero para cerrar este círculo, Julia.
—Lo sé.
—Lo que te toca a ti y a Guille esa noche no requiere un testigo externo. Esa noche, sin mí, ya sería suficiente si los dos llegáis al quince de marzo con la decisión por dentro.
—Lo sé, Nikolai. Pero no te invito porque necesite. Te invito porque quiero. Y porque, mirado desde fuera, me parece que la presencia de alguien como tú ayuda a que esa noche tenga el peso simbólico que necesita. Como el padrino en una boda. La boda se puede celebrar sin padrino, claro. Pero con padrino tiene otra cosa.
—Vale.
—¿Sigues aceptando con la matización?
—Sigo. Quería que supieras la matización porque mi obligación es decir lo que veo desde mi sitio, no aceptar sin más. Hecho.
—Quedamos así. Sábado quince de marzo. Llegada por la tarde. Vuelta el domingo después de comer. Yo te paso dirección y detalles en cuanto se acerque la fecha.
—Allí estaré.
—Gracias.
—Suerte hasta entonces, Julia.
Colgué.
Me quedé sentada en la cocina diez minutos sin moverme.
Acababa de invitar a un hombre al que solo había visto una tarde de junio, una sala de juntas en septiembre, y una gala del bufete en julio, a pasar una noche en la casa familiar de los del Pino. Sin que Guille lo supiera todavía. Sin que ni Nikolai ni yo supiéramos exactamente qué iba a pasar en esa noche.
No me arrepentía. La decisión había madurado durante los tres meses de silencio físico. La había pensado en mi cabeza muchas veces. Cuando llegó la hora, la marqué.
Pero también, mirado en frío, era una decisión que ningún lector razonable habría predicho que yo, Julia Aguilar, iba a tomar.
El lector de novela de venganza esperaba — yo lo sé porque he leído novelas de venganza durante quince años en mi editorial — alguna de tres cosas. Esperaba que en este punto del relato Guille y yo nos reconciliáramos de pareja convencional. Esperaba que yo me fuera con Iván Solé o con Sergio o con alguien limpio y comenzara una vida nueva. O esperaba un final trágico de algún tipo, una catástrofe, una muerte literaria que cerrara con grandeza.
Lo que el lector no esperaba era esto: que yo, después de tres meses de silencio físico con Guille y de mil seiscientos manuscritos llegados a la primera convocatoria de la Beca Margarita-Soler, llamara a un cliente ruso del bufete de mi todavía-prometido para pedirle que viniera a Cadaqués a hacer de testigo adulto en una noche que tampoco sabía yo en qué iba a consistir exactamente.
Era una decisión rara.
Era, también, la única decisión que cuadraba con quien yo era el seis de diciembre.
Nikolai había dicho, en su reunión del ocho de septiembre, que las decisiones se toman desde quien uno es o desde quien uno teme ser. Yo, durante los tres meses de junio-julio-agosto, había tomado decisiones desde quien temía ser. Ahora, por primera vez en seis meses, tomaba una decisión desde quien era.
A las cinco de la tarde, cuando Guille volvió al piso del Eixample con la bolsa del pan del sábado, le esperé sentada en el sofá del salón. Le hice un gesto para que se sentara.
—Tengo una cosa que contarte.
—Dime.
—He llamado esta mañana a Nikolai Petrov.
Guille parpadeó una vez. Esperó.
—¿Para qué?
—Para invitarle a una noche en Cadaqués en marzo. El sábado quince. Los tres. Tú, él y yo.
Guille asintió despacio.
—¿Como cierre?
—Como cierre.
—¿Lo ha aceptado?
—Lo ha aceptado.
—Vale.
—No te lo había consultado antes. No quería que me lo discutieras antes de marcar el número. Quería tomar la decisión yo y comunicártela después. Si tienes algo que decir al respecto, este es el momento.
Guille pensó un instante.
—¿Te lo discutirá Pedro Vilanova?
—Pedro Vilanova no tiene nada que decir. La cláusula séptima está ejecutada, las reglas anuladas. Lo que haga con un cliente del bufete de mi pareja es decisión mía y de él.
—Sí, lo sé. Te pregunto desde lo otro. Desde lo nuestro. ¿Tú lo tienes claro?
—Sí.
—¿Y la motivación es la que pactamos en septiembre, no otra?
—La que pactamos en septiembre. Cierre. No venganza. Si esa noche pasa otra cosa, lo decidiremos los tres en la casa. Pero la motivación con la que le he llamado es la pactada.
Guille se quedó callado treinta segundos.
—Vale.
—¿Lo dices de verdad?
—Lo digo de verdad. Si la motivación es la pactada, lo respeto. Y, si te lo confieso del todo, prefiero que sea Nikolai a que sea cualquiera de las otras alternativas posibles. Nikolai es un hombre adulto y respetuoso. No voy a pelearte la decisión.
—Gracias.
—No me las des. Estamos haciendo lo que pactamos. Eso es lo único que hacemos los dos desde hace tres meses.
Asentí.
Guille fue a la cocina a sacar el pan de la bolsa. Yo me quedé en el sofá.
Antes de cenar, Guille volvió al salón con dos copas de vino blanco. Me alargó una.
—¿Brindamos por algo?
Pensé.
—Brindamos por marzo.
—Por marzo.
Brindamos.
Nos quedamos sentados en el sofá los dos, sin tocarnos, hasta que se hizo de noche. Hablamos de cualquier cosa — su semana en el bufete, una novela japonesa que yo había empezado a leer, una llamada de su madre, una visita programada de mi padre el siguiente jueves —. Cosas pequeñas. La conversación pequeña que dos personas que se conocen mucho son capaces de tener sin esfuerzo cuando han llegado a un acuerdo grande.
Esa noche dormimos cada uno en su lado de la cama. Sin tocarnos. Pero, antes de apagar la luz, le miré.
—Guille.
—Dime.
—Faltan dos días para que se acaben los tres primeros meses sin tocarnos.
—Lo sé.
—Después de los tres meses, según pactamos, podemos tocarnos cuando aparezca solo. Sin obligación, sin calendario.
—Sin obligación, sin calendario.
—Vale.
—Vale.
Apagamos la luz.
Y aquella noche, por primera vez desde junio, me dormí sintiendo algo nuevo en el pecho.
No era amor — no era todavía amor en el sentido fuerte, no podía serlo, era demasiado pronto.
Era curiosidad.
Curiosidad por saber quién iba a ser el hombre que dormía a mi lado a las dos de la mañana del martes nueve de diciembre, cuando se cumplieran los tres meses pactados, y por si yo, esa noche del martes, le iba a tocar la mano o no le iba a tocar la mano.
No tomé la decisión esa noche del sábado.
La iba a tomar el martes a las dos de la mañana, despierta, mirando el techo.
¿Y tú qué dirías?
Si tuvieras al hombre del cap 13 a un mensaje, ¿qué le pedirías exactamente?
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Las claves de este capítulo
Aspecto clave
Hay momentos en una pareja en reconstrucción en los que invitar a un tercero NO es invitar al deseo, es invitar a la testificación. La distinción importa: un tercero como deseo añade complejidad emocional; un tercero como testigo cierra un círculo simbólico. Julia está pidiendo lo segundo. Lo que pase en Cadaqués lo decidirán en Cadaqués, pero la motivación de Julia ya no es ni venganza ni curiosidad. Es cierre.
Lo que hicieron bien
Julia no llama a Nikolai con vergüenza ni con disimulo. Le pide lo que necesita con palabras directas. Nikolai contesta con dos preguntas precisas antes de aceptar. Eso es comunicación adulta entre dos personas que se respetan. Una pareja en reconstrucción que tenga la suerte de cruzarse con un Nikolai a tiempo, debe estar dispuesta a pedirle algo con la misma franqueza.