Cornudo por Venganza · II. La venganza · Cap. 13 de 20 · 12 min
La gala del bufete
CapĂtulo 13
La gala del bufete
CumplĂ la promesa.
Una semana entera del sábado doce al sábado diecinueve sin nadie nuevo. Sin mensajes a candidatos. Sin propuestas. Sin escenarios. Una semana de ir al trabajo, comer con compañeras de la editorial, llamar a mi padre los miércoles, cenar con Carmen el jueves — no hablamos del tema, no hizo falta —, ver una serie con Guille en el sofá el viernes, y dormir sin más.
Fueron siete dĂas raros. Los primeros dĂas me sentĂ mal — pequeña, infantil, como si estuviera incumpliendo algo. A partir del miĂ©rcoles empecĂ© a darme cuenta de que el sentirme mal era informaciĂłn. Una semana sin actos habĂa bajado el ruido suficiente como para que apareciera, por debajo, lo que llevaba meses sin escuchar: el cansancio.
El cansancio no era exhaustiĂłn fĂsica. Era otra cosa. Era el cansancio de la mujer que lleva cinco semanas de planificadora a tiempo completo. La planificaciĂłn habĂa sido mi forma de no procesar. Mientras planeaba, no sentĂa. Cuando dejĂ© de planear, empecĂ© a sentir.
Y lo que sentĂa, los miĂ©rcoles y los jueves de aquella semana, era una mezcla incĂłmoda de tres cosas: vergĂĽenza, agotamiento y duelo. La vergĂĽenza por algunas decisiones tomadas en frĂo que en frĂo me habĂan parecido limpias y que ahora veĂa con otra luz. El agotamiento del cuerpo de una mujer que habĂa estado con cinco hombres distintos en cinco semanas. Y el duelo — el más raro de los tres — por la mujer que yo habĂa sido, hasta el martes diez de junio, antes de que Carmen me pasara una foto en un escalĂłn.
Eso fue lo que tuve dentro toda la semana.
A la mañana del sábado diecinueve, sin embargo, lo guardé.
Lo guardé entero. Lo bloqueé. Lo metà en el armario.
Porque esa noche tenĂa la gala del bufete del Pino. Y para la gala del bufete del Pino habĂa decidido el lunes anterior cuatro cosas concretas que iban a ser, mirado en retrospectiva, las cuatro Ăşltimas cosas que decidĂ desde la posiciĂłn de venganza pura.
Una. Iba a ir con Guille de la mano, los dos perfectamente como pareja, sin que se notara una grieta. Era importante para Guille profesionalmente — la promociĂłn a socio se decidĂa en septiembre — y, además, no le iba a regalar a Carles Olmo el espectáculo de vernos discutir o de verme entrar sola.
Dos. Iba a vestir de blanco crudo. Un vestido de satĂ©n largo, escote palabra de honor, abertura lateral. No el blanco de la novia, no exactamente, pero un blanco evidente. La provocaciĂłn era deliberada y solo la entenderĂamos Guille y yo y, supongo, Carles Olmo. Doscientos invitados verĂan a una mujer guapa vestida elegantemente. La gente con informaciĂłn dentro verĂa otra cosa.
Tres. Iba a ser cordial con todos los socios y asociados, incluidos Iván Solé y Carles Olmo. Nada de evitarlos. Nada de tensión palpable. La elegancia social también es una forma de tomar el control de una sala.
Cuatro. No iba a dejarme acercar por ningún hombre del bufete a más de la distancia profesional habitual. Esa noche era una pausa. Una marca de pausa.
CumplĂ las cuatro.
La gala se celebrĂł en el SalĂłn de Pinos del Hotel Majestic, paseo de GrĂ cia. Doscientos invitados de etiqueta. Smoking obligatorio para los hombres, vestido largo para las mujeres. CĂłctel de bienvenida a las ocho. Cena a las nueve. Discursos a las once. Baile y copas hasta las dos.
LleguĂ© con Guille a las ocho y diez. Mi mano en su brazo, mi vestido blanco crudo bajo una capa de seda gris para el frĂo del aire acondicionado. Pelo recogido en moño bajo. Pendientes de mi madre — los mismos que habĂa llevado a la cena en El Galápago el lunes diecisĂ©is de junio.
Don Antoni del Pino, el padre de Guille y socio fundador del bufete, nos recibiĂł en la entrada del salĂłn con un saludo a doble beso a mĂ y un abrazo a Guille. No sabĂa lo que habĂa pasado entre nosotros. La familia del Pino sabĂa Ăşnicamente que la boda se habĂa "pospuesto por motivos personales". Mi suegro me tratĂł como me trataba siempre: con un cariño correcto, distante, decimonĂłnico.
—Estás guapĂsima, Julia.
—Gracias, Antoni.
—¿Estáis bien los dos?
—Estamos los dos, Antoni.
Él entendió perfectamente la matización. Asintió. Pasó al siguiente invitado.
Guille me apretĂł la mano por debajo de la capa de seda. Le mirĂ©. AsentĂ. Nos adentramos en el salĂłn.
Iván Solé estaba en el bar central con dos socios senior. Llevaba smoking. Llevaba pajarita negra. Llevaba esa cosa que llevan los hombres adultos que se ponen smoking de vez en cuando: la sorpresa de que les quede mejor de lo que ellos pensaban.
Me vio entrar. Me sonriĂł de lejos. Le sonreĂ. No nos acercamos.
Carles Olmo estaba en otra esquina del salĂłn con su mujer. Eso era una novedad para mĂ: Carles Olmo estaba casado y la noche que vino al piso no me lo habĂa contado. Su mujer era una chica rubia de treinta años con cara de aburrida discreta. No me mirĂł. Carles tampoco me mirĂł. ApartĂł la vista cuando yo me girĂ© hacia esa esquina. La elegancia social del cobarde.
Iván cruzĂł el salĂłn a las ocho y veinticinco. Vino a saludarnos a Guille y a mĂ. Dos besos a mĂ, abrazo corto a Guille. HablĂł dos minutos sobre el verano, sobre un caso reciente, sobre la suegra de Guille — Iván conocĂa a la familia del Pino desde hacĂa once años, era casi un primo profesional.
Antes de irse, me mirĂł un segundo a los ojos. Solo un segundo. Pero el segundo era nĂtido. Era la mirada que dice me he enterado de que has tenido cuatro hombres más despuĂ©s de mĂ y uno de ellos es alguien de aquĂ, todo eso sin abrir la boca.
Le sostuve la mirada. Le sonreà con la sonrisa profesional que llevaba ensayando desde mi primer trabajo. Iván asintió. Se fue al bar central a por una copa nueva.
Eran las ocho y media.
A las nueve nos sentamos en las mesas redondas. Yo estaba en la mesa once, con Guille a mi izquierda, Don Antoni a la derecha de Guille, su esposa al lado de Don Antoni, dos socios senior con sus esposas, y al otro lado de mà — esto lo descubrĂ al sentarme — un hombre que yo no conocĂa.
—Soy Nikolai Petrov —dijo levantándose ligeramente cuando me senté.
—Julia Aguilar.
Nos dimos la mano. La suya era seca, firme, cuidada. Me hizo una venia muy pequeña con la cabeza al saludar — una venia eslava, formal, sin sonrisa exagerada.
Nikolai Petrov debĂa tener cuarenta y dos años. Pelo castaño con canas, peinado hacia atrás. Ojos grises. Cara afeitada al ras. No era guapo en el sentido convencional — tenĂa los pĂłmulos demasiado altos, la nariz larga, la boca delgada —, pero tenĂa una presencia fĂsica rara, una cosa que llamaba la atenciĂłn sin pedirla. VestĂa smoking impecable, sin pajarita: corbata negra estrecha. Era el Ăşnico hombre del salĂłn sin pajarita y, sin embargo, era el que mejor vestido iba.
—Disculpe que no le conozca, Nikolai. ¿Es socio?
—No, no. Soy cliente.
—¿De Antoni?
—De su hijo.
SonreĂ cortĂ©smente. MirĂ© a Guille. Guille, sentado a mi izquierda, habĂa estado hasta ese momento conversando con su padre. Cuando oyĂł mi voz hablando con Nikolai, se girĂł.
—Nikolai, no sabĂa que estabas en esta mesa.
—Antoni me ha invitado en el último momento. Me ha sentado al lado de tu prometida. Espero que no le moleste.
—Por supuesto que no.
Guille me mirĂł un segundo. La mirada decĂa Nikolai es importante, te paso luego el contexto. AsentĂ. VolviĂł a su conversaciĂłn con su padre.
Nikolai no me habló durante la cena más de lo justo. Comió su sopa. Bebió su vino con calma. Me dirigió tres frases corteses entre plato y plato — una sobre la editorial donde trabajo, otra sobre un escritor ruso traducido recientemente al catalán, una tercera sobre el tiempo. Ni una palabra fuera de lo educado.
Pero le sentĂ mirarme.
Lo notaba con el detector que las mujeres adultas tenemos para esas cosas. No era una mirada lujuriosa. No era una mirada pesada. Era una mirada de observador civilizado. Era la mirada de quien estudia un cuadro durante una exposiciĂłn sin tocarlo.
A las once, durante los discursos, Nikolai miró su reloj dos veces. No por aburrimiento — los discursos eran aburridos pero no insufribles. Era otra cosa. Era un hombre que se daba a sà mismo el permiso de no estar entusiasmado.
A las once y veinte, terminados los discursos, se levantĂł.
—Si me disculpan —dijo con la inclinación—. Tengo un coche esperándome.
SaludĂł con la mano a la mesa entera. A Guille con un AdiĂłs, Guillermo. A Don Antoni con un Antoni, gracias por la invitaciĂłn. Y antes de salir del salĂłn, hizo una cosa que no habĂa hecho en toda la noche.
Se acercĂł por mi lado de la silla.
Me apoyĂł la mano un segundo en el respaldo de mi silla, sin tocarme a mĂ, solo el respaldo. Y se inclinĂł hacia el oĂdo izquierdo de Guille — Guille seguĂa sentado a mi izquierda — y le dijo una frase.
La frase no estaba dicha en voz alta. Estaba dicha en el oĂdo de Guille. Pero la mesa era pequeña y yo estaba en medio, y la oĂ entera.
—Guillermo, tu mujer es la persona más interesante de esta sala. CuĂdala. La gente como ella se rompe en silencio.
DespuĂ©s se irguiĂł. Me hizo otra venia, esta vez a mĂ, breve y formal.
—Julia.
—Nikolai.
Se fue.
Guille y yo nos quedamos sentados sin movernos durante unos segundos.
DespuĂ©s yo seguĂ cenando — quedaba el postre — como si nada hubiera pasado. Guille tambiĂ©n. Don Antoni y los demás no habĂan oĂdo nada.
A la una y media de la madrugada, en el taxi de vuelta a casa, mientras Guille pagaba al taxista en mi puerta del Eixample, yo le pregunté:
—¿Quién es ese hombre exactamente, Guille?
Guille me mirĂł.
—Cliente. Pero no un cliente cualquiera. Es el cliente más importante del bufete desde hace cinco años. Lleva conmigo, no con mi padre, todos sus asuntos en España. Es un empresario ruso con varias empresas en Cataluña y Madrid. Discreto. Lleva afincado en Barcelona ocho años. Habla castellano, catalán e inglés perfectamente. Habla francés bien. Y ruso, supongo, también.
—¿Por qué solo trabaja contigo y no con tu padre?
—Lo decidiĂł hace cuatro años. Vino a las oficinas. Hizo una entrevista de dos horas con cada socio. EligiĂł. Me eligiĂł a mĂ. No quiso explicar por quĂ©.
—¿Y la frase?
—¿Qué frase?
—Lo que te ha dicho en el oĂdo. La frase de "tu mujer es la persona más interesante de esta sala."
Guille se quedĂł un segundo callado.
—¿Lo has oĂdo?
—Lo he oĂdo entero.
Guille asintiĂł.
—Nikolai no dice frases sueltas, Julia. Y no le he oĂdo hablar asĂ de nadie en cuatro años. Si te ha dicho eso, lo ha pensado.
—¿Por qué te lo ha dicho a ti y no a m�
—Porque para Ă©l yo soy tu marido. La frase es una nota dirigida a mĂ, no a ti. Es lo que en su mundo se considera un gesto de respeto. Si te lo hubiera dicho directamente a ti, habrĂa sido una invasiĂłn.
—Vale.
Guille pagĂł al taxista. Subimos al piso. Nos desvestimos. Yo colguĂ© el vestido blanco con cuidado en el armario, sin guardarlo en su funda todavĂa. Guille colgĂł el smoking en el perchero del cuarto. Nos lavamos los dientes los dos delante del lavabo, sin hablar.
A la una cuarenta y cinco estábamos los dos en la cama.
Antes de apagar la luz, le pregunté a Guille:
—¿Tú crees que Nikolai sabe?
—¿Lo de SofĂa, lo nuestro?
—Lo nuestro.
Guille tardĂł un momento.
—Sospecho que sĂ. No sĂ© cĂłmo. Pero Nikolai sabe casi todas las cosas que sabe que le pueden interesar. Sospecho que sĂ.
Apagué la luz.
A las tres de la madrugada todavĂa estaba despierta.
Por primera vez en seis semanas, no estaba despierta pensando en Sergio, ni en Iván, ni en Carles Olmo, ni en SofĂa Castells, ni en la cláusula sĂ©ptima del testamento de Margarita del Pino, ni en cuál era el siguiente movimiento de mi venganza.
Estaba despierta pensando en un hombre que esa noche me habĂa mirado durante dos horas sin decirme una sola palabra fuera de lo educado, y que al irse le habĂa dicho a mi prometido — en mi oĂdo, sabiendo que yo lo oirĂa — que yo era la persona más interesante de aquella sala.
Y que la gente como yo se rompĂa en silencio.
A las cuatro de la madrugada me dormĂ.
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Las claves de este capĂtulo
Aspecto clave
En cualquier dinámica de cuckolding, la figura del hombre que observa pero no se acerca es una de las menos contadas y de las más interesantes. No es ni el toro ni el cornudo: es el espectador adulto que ya sabe, pero que decide esperar. La aparición de un espectador asà suele coincidir con un punto de inflexión en la dinámica. Nikolai entra justo cuando Julia empieza a dudar.
Lo que hicieron bien
Cumplir la promesa de una semana sin terceros. Por pequeña que parezca, esa semana —desde la llamada de Carmen hasta la gala— es la primera pausa real en la escalada. Julia no la usĂł para procesar (todavĂa no), pero la usĂł para mirar. Y mirar es el primer paso para decidir.