Cornudo por Venganza · II. La venganza · Cap. 11 de 20 · 13 min
La cara de Guille
CapĂtulo 11
La cara de Guille
Mi nombre es Guillermo del Pino y Castro.
Tengo treinta años. Soy abogado en el bufete del Pino — el bufete que fundĂł mi abuelo hace cuarenta y siete años y que mi padre pretendĂa heredarme aunque yo nunca tuviera la pericia para sostenerlo. Llevo once años trabajando ahĂ. Llevo ocho años bajando del despacho de mi padre en la novena planta al despacho de mi propio escritorio, tambiĂ©n en la novena, donde me sigo ganando bien la vida pero donde no soy todavĂa socio, mientras Iván SolĂ©, dos años más joven que yo, sĂ lo es desde hace dos años.
Lo digo de entrada para que se entienda algo: en la jerarquĂa silenciosa que existe entre Iván SolĂ© y yo, Ă©l gana en lo profesional. Y desde hace cuatro dĂas, tambiĂ©n en lo otro.
Estoy escribiendo esto un sábado por la mañana, en una cafeterĂa del Born que no conozco, a tres calles del piso de Julia, con un cafĂ© cortado al lado y un cuaderno Moleskine que ella se dejĂł olvidado anoche en mi americana del traje gris. He cogido prestada una hoja del cuaderno. Lo necesitaba.
Quiero decir, por orden, las cosas que no he sido capaz de decir en voz alta en las Ăşltimas catorce semanas.
Primera.
SĂ, conocĂa a SofĂa desde noviembre.
SĂ, me la tirĂ© por primera vez una noche de febrero despuĂ©s de una cena que iba a celebrar un acuerdo conseguido por mĂ.
SĂ, fui yo el que le mandĂł mensaje al dĂa siguiente.
SĂ, lo hice once veces a lo largo de cinco meses.
SĂ, me cortĂ© en mayo. Le dije a SofĂa que se acababa. Y, sĂ, no era verdad. No me cortĂ© del todo en mayo porque, cuando me llamĂł el martes diez de junio para decirme que se mudaba a Madrid, yo sentà — antes incluso de aceptar el coctel de despedida — una cosa parecida al alivio. Como si me dieran una Ăşltima oportunidad de tocar lo que iba a perder.
Todo eso, se lo contĂ© a Julia el miĂ©rcoles dieciocho de junio en una cafeterĂa del Born.
Pero lo que no le contĂ© entonces — porque no me lo habĂa dicho a mĂ mismo hasta el viernes veinte por la noche, cuando estuve dos horas sentado en una silla giratoria de la sala de juntas pequeña de Iván SolĂ© oyendo a Julia hacer el amor con Ă©l al otro lado de un tabique — es el por quĂ© debajo del por quĂ©.
Eso lo voy a decir aquĂ.
Mi padre, durante los veinte primeros años de mi vida, tuvo amantes. Lo dijo claro mi madre en una cena del año dos mil veintiuno, ya viudo Ă©l de mi abuela Margarita, despuĂ©s de tres copas de vino, sin que mi padre estuviera delante. Lo dijo asĂ: "Vuestro padre tenĂa amantes durante los años en que vosotros erais pequeños, niños. Yo lo sabĂa y yo lo permitĂ porque era mi forma de mantener la familia."
Eso lo dijo mi madre en una cena en su casa de Bonanova.
Tengo treinta años. Llevo nueve sabiéndolo.
Y aquĂ va la cosa fea: durante esos nueve años, en algĂşn rincĂłn de mi cabeza al que no le habĂa puesto palabras, yo crecĂa esperando convertirme en mi padre. No querĂa. No lo habĂa decidido. No lo habĂa planeado. Pero esperaba. Esperaba el momento en el que iba a hacer con alguna mujer lo que mi padre habĂa hecho con muchas. Era una corriente debajo de todo lo demás. Era una cosa que no me dejaba sentirme un hombre adulto del todo porque ese hombre adulto que yo creĂa que iba a ser todavĂa no habĂa hecho la cosa que, segĂşn el modelo paterno, hacĂan los hombres adultos.
SofĂa no era una mujer fatal. SofĂa era la oportunidad que mi propia cobardĂa llevaba años esperando para confirmar el patrĂłn.
Eso es lo que no le dije a Julia el miércoles dieciocho de junio.
Eso es lo que entendà el viernes veinte por la noche, escuchando a un hombre llamado Iván hacer el amor con mi prometida en su despacho durante una hora y diez minutos.
Y eso es lo que tengo que decirle a Julia esta tarde, si soy capaz.
Segunda.
La sala donde Julia me sentĂł la noche del viernes veinte era una sala de juntas pequeña. Una silla giratoria, una mesa redonda, un bloc, un boli, una papelera, una pared. No tenĂa televisiĂłn. No tenĂa libros. No tenĂa ventana. La Ăşnica conexiĂłn con el resto del mundo era la puerta abierta hacia el despacho de Iván.
Yo me sentĂ© dándome la espalda al despacho de Iván, no porque la regla tres del documento del notario me lo permitiera — me lo permitĂa, sĂ, pero tambiĂ©n me permitĂa mirar —, sino porque no me atrevĂa a mirar.
No me atrevĂa a mirar a Julia haciendo el amor con Iván SolĂ©. No por celos. Era otra cosa. Era una cosa de vergĂĽenza propia. La vergĂĽenza de quien no quiere ver la consecuencia exacta de lo que Ă©l mismo provocĂł. La vergĂĽenza del cobarde delante del valiente.
Aquella noche en la sala, durante una hora y diez minutos, escribĂ en el bloc de la sala una sola palabra repetida sesenta veces.
Julia.
Sesenta veces.
Lo escribĂ porque era la Ăşnica cosa que sabĂa escribir. Lo escribĂ con boli azul, sin levantar la mano del papel entre una palabra y la siguiente, hasta llenar la hoja. Lo escribĂ, supongo, como en mi colegio nos hacĂan escribir las faltas en la pizarra cuando hacĂamos algo mal: No volverĂ© a llegar tarde. No volverĂ© a llegar tarde. No volverĂ© a llegar tarde. Hasta llenar el espacio.
Cuando Iván entró en la sala, dos minutos antes de que Julia volviera, leyó la hoja sin tocarla. Después me miró. No me dijo nada de la hoja. Me dijo otra cosa.
—CuĂdala tĂş mientras yo no estĂ©, Guille. Es lo Ăşnico que te digo.
Y se fue.
Y yo me quedĂ© en la silla pensando que Iván SolĂ© — el hombre que hacĂa dos años me habĂa superado profesionalmente en la jerarquĂa del bufete, el hombre con el que durante cinco años yo habĂa estado compitiendo en silencio por la atenciĂłn y por el prestigio y por todo — habĂa acabado de superarme tambiĂ©n en otra cosa.
En cuidar a Julia.
Iván SolĂ©, que llevaba tres años conociĂ©ndola desde lejos, cuidando de ella desde la distancia educada de las cenas de Navidad y los mensajes de cumpleaños, acababa de pedirme — a mĂ, su pareja oficial — que la cuidara mientras Ă©l no estuviera.
Aquello fue, de toda la noche del viernes veinte de junio, el momento que más me dolió.
No el sonido al otro lado del tabique.
No la imagen del cuerpo de Julia con otro hombre, imaginada con detalle en una silla giratoria.
No la cara de Julia cuando salió del despacho de Iván vestida otra vez, con la coleta deshecha, los labios sin pintar.
Lo que más me doliĂł fue la frase de Iván. Porque la frase de Iván era el reconocimiento — civilizado, adulto, sin rencor — de que yo no habĂa cuidado a Julia durante mucho tiempo. Y de que, durante los cinco meses anteriores con SofĂa, yo habĂa sido el hombre que un compañero del trabajo, con un cĂłdigo moral aparentemente más fino que el mĂo, habĂa tenido que recordarme en voz alta que estaba pendiente.
Tercera.
Anoche dormimos en la misma cama. Vestidos. Sin tocarnos.
A las cuatro de la madrugada le dije a la pared, pensando que ella ya dormĂa:
—La cara de Iván esta noche era la cara que yo tenĂa que haber tenido contigo durante los Ăşltimos cinco meses.
Julia no me contestó. No supe entonces si estaba despierta o no. Esta mañana, cuando me he despertado a las nueve, ella ya estaba en la cocina haciendo café. Me ha servido uno. No me ha dicho nada de la frase. Yo tampoco se la he recordado.
A las diez ha venido Carmen al piso.
He cogido la chaqueta. He bajado al portal. Le he dado un beso a Carmen, en el descansillo, que no me ha devuelto. Ha sido un beso de saludo seco. Carmen no me ha mirado a la cara desde el dieciocho de junio. Probablemente no me mire a la cara nunca más.
He caminado al Born. He entrado en esta cafeterĂa. He pedido un cafĂ© cortado. He sacado el cuaderno Moleskine de Julia. He arrancado una hoja. He empezado a escribir.
Esto.
Cuarta.
Yo no sé escribir como Julia.
Ella tiene una claridad en la cabeza que yo nunca he tenido. Ella decide y luego ejecuta. Yo decido, dudo, retraso, racionalizo, finjo no haber decidido, y al final ejecuto a destiempo y mal.
Esa diferencia entre nosotros — que durante cuatro años yo habĂa celebrado como complementaria, yo soy el reflexivo, ella es la decidida — la veo ahora con una luz distinta. La diferencia no es complementaria. La diferencia es que ella es una persona adulta y yo soy un hombre que todavĂa no ha terminado de crecer del todo. La diferencia es que ella, cuando se enfrenta a una situaciĂłn imposible, fabrica un plan. Y yo, cuando me enfrento a una situaciĂłn imposible, me fabrico una salida de emergencia (SofĂa) hasta que el problema se resuelve solo.
Eso lo he entendido esta semana.
No lo habĂa entendido en doce semanas de psicĂłlogo hace tres años. No lo habĂa entendido en mi crisis del año dos mil veintiuno cuando dejĂ© la medicaciĂłn por mi cuenta y casi me parto la cabeza. No lo habĂa entendido tampoco en marzo en la terraza del piso de Julia, cuando casi se lo dije y ella, sin querer, me lo cortĂł.
Lo he entendido ahora porque he estado dos horas escuchando a otro hombre cuidar a mi mujer.
Quinta.
Julia se está destruyendo.
No lo está pareciendo todavĂa hacia afuera. Hacia afuera, Julia funciona perfectamente. Trabaja, llama a su padre, ve a Carmen, rĂe en algunas cenas, decide cosas, sigue editora junior del catálogo de otoño de su editorial. Pero yo, que la conozco hace cuatro años, veo señales.
Le tiembla un poco la mano cuando coge el café del desayuno. Eso no le pasaba antes.
Se queda mirando una pared cinco minutos seguidos. Eso no le pasaba antes.
Anoche, despuĂ©s de Iván, en el taxi, no me cogiĂł la mano. Se la cogĂ yo a ella, sin pensarlo, y ella la apartĂł como si yo le quemara. Eso tampoco le pasaba antes — antes podĂamos discutir, podĂa estar enfadada, pero no me apartaba la mano. Ayer me la apartĂł como se aparta de un radiador caliente.
Se está destruyendo. Discretamente. Pero se está destruyendo.
Y yo, que llevo todo esto — que provoqué todo esto, que lo merezco —, soy el único que lo puedo ver desde dentro. Iván no lo ve. Carmen, a su pesar, tampoco lo ve del todo. Don Andrés, el padre, no lo ve porque Julia delante de él es siempre fuerte. Sergio, el del restaurante, no lo ve.
Lo veo yo.
Sexta. Y esta es la Ăşnica que importa.
La regla once del documento del notario dice que Julia puede parar todo cuando quiera, sin causa, sin formalizaciĂłn notarial.
Yo pedà esa regla el lunes en Almatriche. Yo la propuse. La proposé pensando que era para mà — para protegernos de un castigo desmedido. Pero ahora entiendo que la pedà también para ella, para que Julia tuviera, en algún rincón del documento, una salida silenciosa cuando llegara el momento.
El problema con la regla once es este: la activa Julia. No la activo yo. Yo no puedo decirle "Julia, para esto, ya basta." Si yo le digo eso, sé exactamente lo que va a pasar: Julia va a apretar más. Es su carácter. Es el carácter Aguilar.
Yo no puedo ayudarla a parar.
Pero, segĂşn lo que entendĂ anoche, sĂ puedo hacer otra cosa.
Puedo hacer lo que Iván Solé hizo el viernes en su sala de juntas pequeña.
Puedo cuidarla mientras él no esté.
Puedo, en lugar de ser el receptor pasivo del castigo, el cobarde que esperĂł a que llegara mi propia paliza para empezar a tener el sentido comĂşn que deberĂa haber tenido antes, ser un hombre con presencia. Estar. Estar cuando se le tiembla la mano del cafĂ©. Estar cuando se queda mirando la pared. Estar la prĂłxima noche que vaya con un toro, no en la sala de al lado dándole la espalda, sino atento. Estar cuando vuelva sola al piso. Estar.
Eso es lo Ăşnico que puedo hacer en las prĂłximas semanas, hasta que ella misma decida activar la regla once.
Y eso, supongo, lo voy a empezar esta tarde.
Voy a volver al piso del Eixample. Voy a sentarme con ella en el salĂłn. No voy a pedirle disculpas porque ya las pedĂ en el notario y ya las pedirĂ© las que hagan falta cuando ella las necesite. No voy a pedirle que pare porque eso no toca todavĂa. Voy a sentarme con ella. Y voy a decirle una sola cosa.
Le voy a decir lo de mi padre.
Lo de mi padre, y las amantes, y los veinte años en los que mi padre engañó a mi madre y mi madre lo permitió como su forma de mantener la familia.
Le voy a decir que durante nueve años yo creĂa, sin pedĂrmelo a mĂ mismo en voz alta, que iba a convertirme en Ă©l. Y que SofĂa fue, mirado en frĂo, la primera prueba que pasĂ© para confirmar el patrĂłn.
Y le voy a decir, por último, una cosa que no he sido capaz de decirme yo en estos cinco meses pero que entendà mientras estaba sentado en una silla giratoria oyendo a Iván Solé hacer el amor con ella:
No quiero seguir siendo mi padre. Y no quiero porque tú, Julia, mereces a alguien que rompa el patrón que yo heredé, en lugar de a alguien que lo confirme.
Eso es lo que voy a decirle esta tarde.
Después, lo que ella decida.
Pero por primera vez en cinco meses, hoy, en una cafeterĂa desconocida del Born, sentado con un cuaderno prestado y un cafĂ© enfriándoseme, escribiendo una hoja arrancada con la letra menuda que solo uso para mis notas más privadas, sĂ© exactamente quĂ© tengo que hacer.
Y lo voy a hacer.
Aunque sea tarde.
Aunque ella no me crea.
Aunque la regla once la siga activando ella, y no yo.
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Las claves de este capĂtulo
Aspecto clave
El silencio del traidor durante el castigo no es virtud automática. Hay un punto en el que el silencio mantenido por exceso de humildad se convierte en cobardĂa pasiva. La diferencia: humildad es 'no hablo porque no me corresponde a mĂ marcar el ritmo'; cobardĂa es 'no hablo porque no quiero asumir la incomodidad de hacerlo'. Guille empieza esta novela en el segundo lugar. Termina este capĂtulo a un paso del primero.
Lo que hicieron bien
Guille se quedĂł. Aunque la cosa fácil habrĂa sido firmar la opciĂłn A en el notario, perder los 5,2M€ y desaparecer de la vida de Julia para no soportar el castigo. Pero se quedĂł. Cinco meses despuĂ©s, esa decisiĂłn sigue siendo el Ăşnico acto que justifica que la novela tenga un cap 20 redentor. Sin la decisiĂłn de quedarse, esta novela termina en el cap 4.