Casado y Cornudo · II. La práctica · Cap. 7 de 10 · 11 min
Lo que no esperaba
Capítulo 7
Lo que no esperaba
Me desperté a las nueve y media de la mañana del domingo y por un segundo no supe dónde estaba.
Tenía a Javi a la espalda, el brazo derecho de él bajo mi cuello, su pecho subiendo y bajando contra mis omoplatos. La lámpara estaba apagada. Por la cortina entraba una luz blanca de día sin sol, esa luz limpia y un poco fría de los domingos de junio que prometen calor pero no se deciden. Me incorporé despacio sobre el codo, sin despertarle, y miré la habitación.
La butaca de cuero gastado seguía donde estaba.
La sábana revuelta seguía como la habíamos dejado.
La papelera tenía dentro un envoltorio plateado.
Estaba todo. La noche no se había soñado.
Saqué el móvil de la mesilla. Tenía dos mensajes. Uno de Loli preguntándome si me apetecía hacer brunch el próximo sábado. Y otro, recibido a las ocho cuarenta y siete, de Marco.
Gracias por anoche. Los dos. Si necesitáis tiempo o silencio o lo que sea, dádmelo. Sin reproches. Estoy donde estuvo Rebeca. Cuento con Javi en el trabajo el lunes y con vosotros dos cuando os apetezca, si os apetece. Un beso, Marco.
Lo leí dos veces. Lo cerré. Lo abrí. Lo leí otra vez.
Y me tumbé de espaldas mirando al techo.
Llevaba en aquella habitación poco más de doce horas. Habían sido las doce horas más densas de mi vida. Estaba físicamente cansada, emocionalmente alterada, ligeramente dolorida en sitios concretos que no había usado de aquella manera en mucho tiempo, y a la vez extrañamente lúcida. Era la lucidez del que ha estado en un sitio nuevo y vuelve diferente.
Y la cabeza no paraba de darle vueltas a una cosa.
No esperaba lo que sentí.
Lo que esperaba —lo que llevaba tres semanas previendo, lo que había leído en cinco foros distintos, lo que había imaginado mientras me masturbaba en silencio al lado de Javi— era una noche en la que mi placer se duplicara. Mi cuerpo con el cuerpo de Marco. Mi mente con la mente de Javi, mirando. Una sensación bilateral. La sensación de tener dos amantes a la vez, cada uno tocando una de mis facetas.
Lo que pasó fue otra cosa.
Lo que pasó fue que Marco me dio el cuerpo y Javi se me llevó por completo.
Mientras Marco entraba en mí, mientras Marco me besaba, mientras Marco se movía con esa pausa de hombre adulto que llevaba dos años y medio sin tocar a una mujer, yo no estaba pensando en Marco. Yo estaba sintiendo a Marco —no me malinterpretes, no estaba ausente—, pero estaba pensando en Javi. En cómo me iba a mirar mañana. En lo orgulloso que iba a estar conmigo. En lo cerca que se sentía de mí desde la cama, mientras me sujetaba la mano. En lo bien que íbamos a dormir juntos después. En lo larga que era la vida que me quedaba con él.
Y me corrí. Me corrí pensando en Javi mientras Marco se movía dentro de mí. Lo cuento sin pudor porque es la única forma honesta de contarlo.
Aquello —exactamente aquello— era lo que yo no había anticipado.
Pedí dos cafés al room service.
Cuando subieron las dos tazas y los dos cruasanes con la mantequilla y la mermelada en el carrito, Javi se había despertado. Me ayudó a colocar el desayuno en la cama. Nos sentamos los dos cruzados de piernas sobre la sábana, vestidos con los albornoces del hotel, mojando el cruasán en el café.
—Tengo que contarte una cosa —le dije.
—Yo también —dijo Javi.
Nos miramos. Sonreímos.
—Tú primero —le dije.
Javi tragó el bocado. Dejó la taza en el plato. Se ajustó las gafas.
—Yo pensaba que lo que quería era verte con otro. Eso es lo que llevo años imaginándome cada vez que me toco. Y anoche descubrí que no es eso lo que quiero.
Le miré.
—¿Y qué es?
—Quiero que te deseen otros. Pero quiero ser yo el que te conoce. Lo que pasó cuando te cogí la mano en la cama, lo que pasó cuando me miraste durante el orgasmo, lo que pasó después cuando Marco se fue y nos quedamos solos en la habitación... lo que pasó es que entendí que la fantasía no es ver a Rebeca con otro hombre. La fantasía es saber que Rebeca, después de un hombre que la desea, vuelve a mí. Y solo conmigo es ella entera.
Me quedé callada.
Y entonces le contesté con lo mío.
—Yo pensaba que iba a sentir placer doble. Y lo que sentí fue otra cosa. Lo que sentí fue que Marco me daba el cuerpo y tú te me llevabas el alma. Me corrí pensando en ti. No en él. Y eso —te lo juro, mi amor— no me lo esperaba.
Javi se quedó dos segundos sin decir nada.
Y después se rió.
Se rió con esa risa pequeña que él tenía cuando entendía algo después de mucho tiempo de no entenderlo. Una risa de descanso. Una risa de cuerpo entero.
—Joder —dijo.
—Joder —dije yo.
Nos terminamos los cruasanes.
—Hay que escribir una regla nueva —me dijo.
—Lo sé. Llevo pensándolo desde que me he despertado.
—¿La propones tú o la propongo yo?
—La propongo yo —le dije—. Y la propongo así: del corazón no se reparte. El cuerpo se puede prestar. La cabeza, las manos, los gemidos, la noche entera. El corazón, no. El corazón es tuyo. Yo no me enamoro. Y si alguna vez me asusto de mí misma, te lo cuento antes de mirar el móvil.
Javi me miró con los ojos enrojecidos.
—Apunto la 10 —dijo.
Sacó el móvil. Abrió el documento. Bajó hasta el final. Escribió:
Regla 10. — Del corazón no se reparte. El cuerpo se presta. La noche se presta. La cabeza, las manos, las palabras del momento, todo se presta. El corazón no. El corazón es del otro. Si alguno de los dos siente que el corazón se le escapa, se lo cuenta al otro ANTES de tocar el móvil, ANTES de buscar al toro, ANTES de cualquier otra cosa. El veto del corazón es absoluto.
Cerró el documento. Me miró.
—Bonita —me dijo.
—Es la regla más bonita que hemos escrito —le dije yo—. Por eso no la habíamos escrito.
Le contesté a Marco a las once y diez.
Marco, gracias. Los dos lo decimos. Lo de anoche fue, para nosotros, mucho mejor que cualquier cosa que hubiéramos podido planear. Necesitamos algunos días para asentarlo entre los dos. No es un no. Es un después. Te avisamos pronto si quieres y si podemos. Y, en cualquier caso, cuídate. R + J.
Marco contestó a los doce minutos.
Tomaos los días que necesitéis. Yo no me muevo de aquí. Os mando un fuerte abrazo, R + J. Y os pido un favor, por favor: cuidaos el uno al otro estos días. Es lo único importante. M.
Le pasé el móvil a Javi. Lo leyó. Me lo devolvió. No dijo nada.
Acabó la mantequilla con la última miga de cruasán. Se levantó. Empezó a vestirse.
—Vámonos a casa —me dijo.
Y nos fuimos.
Pagamos la habitación en la recepción. Bajamos a la calle. Caminamos por Hortaleza hasta Gran Vía. Hacía calor pero corría un poquito de aire. Cogí la mano de Javi sin pedir permiso. La cogí fuerte. Caminamos un kilómetro entero sin hablar, los dos vestidos con la ropa de la noche, los dos despeinados, los dos sonriendo de una forma que la gente que pasaba a nuestro lado debía leer como recién casados o recién enamorados o las dos cosas a la vez.
Llegamos al portal. Subimos al piso. Comimos un poco. Echamos la siesta hasta las siete.
A las ocho de la tarde, sentados en el sofá del salón donde tres semanas antes habíamos estado a punto de romperlo todo, Javi me miró.
—¿Sabes lo que va a pasar ahora?
—Dime.
—Que vamos a querer repetir. Y rápido. Y eso, mi amor, eso es lo que más miedo me da y lo que más ganas me da a la vez.
Le besé.
—Para eso son las reglas —le dije—. Para querer repetir sin perderlo.
Aquella noche dormí once horas seguidas.
El lunes Javi se fue al trabajo. Cuando volvió por la tarde, me contó que Marco no le había hecho ni una sola pregunta. Le había saludado como siempre. Le había pedido un informe. Le había invitado a la cafetería de la oficina como un día cualquiera. Como si la noche del sábado no hubiera existido.
—Es lo más profesional que ha hecho conmigo en cuatro años —me dijo Javi aquella noche en la cocina, mientras cortaba cebolla para una tortilla.
—Es lo más decente que ha hecho con nosotros en su vida —le dije yo.
Y aquella noche, mientras Javi me hacía el amor lentamente en el sofá del salón —en ese mismo sofá— por primera vez en muchísimo tiempo se le puso dura él solo, sin ayuda, sin pastilla, sin nada. Y a mí, lejos de extrañarme, lejos de hacerme dudar, lejos de hacerme nada, me hizo entender una cosa más sobre Javi y sobre nosotros que tampoco había anticipado.
Aquella fantasía, callada cinco años, no le había bajado la libido.
Se la había robado.
Y al ponerla en su sitio, su cuerpo recuperaba lo que era suyo.
Lo entendí mientras él se movía dentro de mí. No se lo dije. No me hizo falta. Sabíamos los dos lo que estaba pasando.
Y a partir de aquella noche, lo que llevábamos tres años pidiendo a una pastilla, dejó de hacer falta.
¿Y tú qué dirías?
¿Puede una hotwife seguir viendo a un mismo toro/bull sin que la pareja se rompa?
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Las claves de este capítulo
Error que evitar
Confundir la conexión emocional puntual durante el acto con el principio de un enamoramiento. NO son lo mismo. Sentir cariño hacia un toro en el momento de cama es normal y sano. Confundir ese cariño con un sentimiento más profundo, o con una amenaza para la pareja, lleva a parejas a romper acuerdos que estaban perfectamente sostenidos. La pareja madura distingue entre el calor del momento y la temperatura del día siguiente.
Aspecto clave
El cuckolding funciona mejor cuando el cornudo entiende que su privilegio único NO es el cuerpo de su pareja: es su mente, su historia, su rutina, sus despertares. El toro tiene acceso al cuerpo durante una noche. El cornudo, todo lo demás, todos los demás días. La regla número 10 que Rebeca propone es la versión escrita de esa verdad.