Casado y Cornudo · II. La práctica · Cap. 5 de 10 · 13 min
Las reglas del juego
Capítulo 5
Las reglas del juego
A las cinco de la madrugada del día siguiente al cuarto aniversario, yo estaba todavía despierta mirando al techo.
Javi llevaba veinte minutos dormido a mi lado, con la respiración pesada del que ha llorado en silencio. No le miré. Sabía que si le miraba me iba a echar a llorar yo también. Y yo necesitaba todavía un rato más de pensar sin llorar.
Lo que pasó después del beso de Marco —del beso interrumpido de Marco, mejor dicho— lo voy a contar rápido, porque no es lo importante de este capítulo.
Marco notó la pausa en mi cuerpo. La notó antes incluso de que yo decidiera apartarme. Se separó un milímetro. Me miró. Miró otra vez a Javi en la butaca y entendió en menos de dos segundos lo que estaba pasando.
—Vamos a parar —dijo.
Lo dijo con una calma de hombre adulto que llevaba años aprendiendo a leer estancias y miradas. No lo dijo enfadado. No lo dijo decepcionado. No lo dijo pidiendo disculpas. Lo dijo como quien dice no, gracias, ya estoy lleno después de un postre demasiado dulce. Con elegancia.
Le hizo bien a Javi. Le hizo bien a mí. Le hizo bien a los tres.
Hablamos veinte minutos. Sentados los tres en el salón, con los licores sin tocar. Marco habló casi todo el tiempo. Nos contó —sin hacernos preguntas, sin querer una respuesta— que en su matrimonio anterior había habido una situación parecida, en otro orden, con menos cuidado. Nos contó que aquella situación había sido el principio del divorcio porque ninguno de los dos había sabido parar a tiempo. Nos dijo que nos quería mucho a los dos, sobre todo a Javi al que llevaba años admirando profesionalmente, y que ojalá un día encontrábamos la forma de hacerlo bien, pero que esa noche no era la noche.
Se fue a las once y media.
Me dejó un beso en la mejilla, le dio un abrazo largo a Javi, y se llevó la botella de Rioja del bueno sin probar.
Y Javi y yo, sentados solos en el sofá entre las migas de la tarta de queso y los restos de tres conversaciones distintas, tardamos otra hora y media en empezar a hablar. La primera hora no nos dijimos nada. La media restante, lo dijimos todo.
Y cuando por fin nos metimos en la cama, exhaustos, vacíos, cada uno con la cabeza apoyada en el hombro del otro, Javi me dijo —con la voz pequeña que pone cuando tiene la guardia bajada del todo— algo que me partió por la mitad.
—Llevo cinco años teniendo miedo de que te enteres. Y la peor parte es que tenías razón. Era mejor que me enterara yo de que te habías enterado tú.
Me dormí encima de él. Cuando me desperté, a las cinco, todavía estaba pensando en esa frase.
Y entendí que la cagada de aquella noche había sido, en realidad, la única forma posible de que la conversación que llevábamos cinco años necesitando ocurriera.
A veces hay que romper las cosas para que se arreglen.
A las once de la mañana del día siguiente, lavados, desayunados, despeinados, nos pusimos zapatillas y nos bajamos a la cafetería de la esquina.
La cafetería era una cualquiera. Una de esas cafeterías de Princesa con tazas blancas, sillas de hierro y un camarero ecuatoriano que se sabía nuestros nombres y nuestros cafés. Pedimos lo de siempre: un cortado para Javi, un latte con miel para mí, una tostada con tomate y aceite para compartir. Nos sentamos en una mesa del fondo, lejos de la cristalera, y abrimos los móviles.
—Vale —dije yo.
—Vale —dijo Javi.
Tres segundos de silencio.
—No quiero hablar de anoche otra vez —dije—. Llevamos toda la noche hablando de anoche. Quiero hablar de hoy.
—Vale —dijo Javi.
Tres segundos más de silencio.
—Pero antes de hablar de hoy, quiero pedirte perdón por anoche.
—No —me cortó él—. No quiero perdones. Quiero reglas.
Y entonces, con el latte humeando entre las manos y el camarero ecuatoriano poniéndonos la tostada delante, mi prometido sacó el móvil, abrió un documento de notas compartidas conmigo (el mismo en el que apuntábamos la lista de la compra, los regalos para los cumpleaños familiares y los pendientes del piso) y escribió arriba de todo:
REGLAS DEL JUEGO
Rebeca y Javi. 6 de junio de 2024. Princesa.
Me miró. Me sonrió por primera vez desde la noche anterior. Y empezó.
Las reglas no salieron en orden. Salieron como salen las cosas importantes: a chorros, con interrupciones, con vueltas atrás. Estuvimos en aquella cafetería tres horas. Pedimos dos cafés más cada uno. La camarera nos miraba con la curiosidad benévola del que entiende que en esa mesa está pasando una conversación importante y prefiere no acercarse más de lo necesario.
Las anoto aquí porque las anotamos allí. Algunas las escribimos en el documento compartido a tiempo real. Otras nos las mandamos por WhatsApp el uno al otro a lo largo del día siguiente, conforme nos íbamos acordando.
Así quedó la primera versión, la del 6 de junio:
Rebeca + Javi
en línea
Apunto la 1. ¿Vale?
12:141. Veto absoluto. Cualquiera de los dos puede parar todo en cualquier momento. Sin explicación. Sin negociación. Si uno dice STOP, paramos todos.
12:15Sí. Esa la pongo yo arriba del todo del documento. Es la madre de todas.
12:162. Yo elijo cuándo y dónde. Tú eliges con quién. Las dos cosas se hablan antes.
12:18De acuerdo. No me importa que yo elija con quién, pero quiero que tu opinión también pese. Si tú vetas a alguien, vetado.
12:19Hecho. 2 bis: yo tengo derecho de veto sobre cualquier candidato. Sin tener que justificarlo.
12:203. Salud: protección SIEMPRE. Pruebas trimestrales los dos. Si alguno de los terceros no acepta pruebas o protección, no hay encuentro.
A las dos del mediodía cerramos el documento. Ocho reglas. Una servilleta arrugada en la mesa con dos manchas de café y una de aceite. Dos personas que llevaban veinte horas sin dormir, llorando o gritándose o hablando, y que ahora sonreían como dos críos que acaban de aprenderse las reglas de un juego nuevo en el patio del colegio.
—¿Te parecen pocas? —le pregunté a Javi.
—Me parecen las justas —me dijo.
Y entonces se inclinó por encima de la mesa, me cogió la cara con las dos manos como había hecho la primera noche del piso de Princesa hacía tres años y once meses, y me besó como si me besara por primera vez.
Le devolví el beso.
Le devolví el beso con el cuerpo cansado y los ojos enrojecidos y una sensación tan rara en el pecho que no sabía si era alivio o miedo o las dos cosas a la vez. Pero le devolví el beso.
Cuando nos separamos, le pedí algo.
—Solo te pido una cosa. Una más.
—Dime.
—Que la próxima vez te la pediré yo. Tú no. Yo. Y te la pediré con tiempo. Y tú me dirás que sí o me dirás que no, libremente. Sin sorpresas. Sin emboscadas. Sin cuadernos Moleskine. ¿Trato?
Javi se rió. Era una risa nueva. La risa de un hombre que ha dejado caer una piedra que llevaba cinco años cargando.
—Trato.
Pagué los cafés. Subimos a casa. Dormimos toda la tarde.
A las once de la noche, cuando me desperté, Javi estaba a mi lado, leyendo. Me puso una mano en la cadera sin decir nada. Yo me acurruqué contra su pecho.
—Una última cosa antes de dormir —me dijo—. Quiero proponerla yo.
—Dime.
—La nueve. La de la cena del domingo. La hago yo cada vez. Aunque no se rompa ninguna regla. Una cena al mes en casa. Tú y yo. Sin móvil. Para hablar de cómo lo llevamos. ¿Trato?
Sonreí. Le miré. Le besé.
—Trato.
Y aquella noche, en aquella cama, mientras Javi se quedaba dormido con la cabeza encima de la mía, supe que ya no había vuelta atrás. No porque no pudiéramos hacerlo. Sino porque ninguno de los dos quería.
Llevábamos cinco años jugando este juego sin saber que lo estábamos jugando.
Ahora teníamos las reglas.
¿Y tú qué dirías?
¿Cuál es la primera regla irrenunciable de un acuerdo cuckold?
Vota y descubre qué eligieron los demás miembros del club.
Las claves de este capítulo
Lo que hicieron bien
Escribieron las reglas DESPUÉS del primer susto, no antes. Esto puede parecer un error pero es muy revelador: muchas parejas se sientan a escribir reglas teóricas que después se rompen porque no han pasado nunca por una situación real. Rebeca y Javi pasaron por el susto SIN cruzar la línea (gracias a la reacción honesta de Marco). El acuerdo escrito que hicieron a la mañana siguiente está informado por la realidad de la noche anterior, no por una idea abstracta.
Aspecto clave
Las reglas del cuckolding NUNCA son completas. Por mucho que escribas, siempre quedará un caso que no habéis previsto. Por eso lo importante no es la lista exhaustiva: lo importante es el HÁBITO de revisar y añadir. Las parejas que duran no son las que tienen las mejores reglas iniciales: son las que tienen el reflejo de pararse y reescribirlas cuando algo nuevo aparece.
Error que evitar
Confundir 'reglas escritas' con 'reglas seguras'. El papel no protege de nada. Lo que protege es la actitud detrás del papel: la honestidad para decir 'esto no lo quería' aunque lo hayas firmado, y la disposición del otro a creerte sin debatir.