Casado y Cornudo · III. La consolidación · Cap. 9 de 10 · 10 min
El sí, quiero
Capítulo 9
El sí, quiero
Me desperté a las ocho y media con el ruido de un mirlo y una claridad blanca filtrándose por la cortina del balcón.
Javi seguía dormido. Tenía la mano izquierda extendida hacia mi lado de la cama, como si hubiera intentado encontrarme y se hubiera quedado a medio camino. Le besé el dorso de la mano. Me levanté. Me puse la bata del hotel, las zapatillas, salí al pasillo.
La finca olía a hierba mojada por la noche y a humo lejano de una chimenea que alguien debía haber prendido para el desayuno del personal. Bajé las escaleras descalza de zapatillas, atravesé el salón principal —vacío, las sillas todavía apiladas a un lado, los manteles blancos doblados en una mesa— y salí al jardín por la puerta trasera.
Mi padre estaba en una de las mesas de hierro forjado del jardín, vestido con la camisa abierta del traje de la boda a medio poner, fumándose la pipa que solo fumaba en las grandes ocasiones.
Levantó la vista. Me sonrió.
—Buenos días, mi niña.
Me senté a su lado. Le robé el café.
—¿Nerviosa?
—No.
—¿De verdad?
—De verdad, papá. Es lo más raro. Llevo dos meses fatal y hoy no.
Mi padre me miró un par de segundos, le pegó una calada a la pipa y dijo, sin mirarme:
—Es porque ya te has casado por dentro. Eso pasa siempre. Cuando dentro de uno está casado, fuera es una fiesta y nada más.
Me reí. Le di un beso en la calva. Volví a subir.
Cuando entré en la habitación, Javi seguía dormido. Me senté en el borde de la cama. Le acaricié el flequillo. Abrió los ojos.
—Hola, marido —le dije, dieciocho minutos antes de que fuera verdad.
Javi sonrió con los ojos cerrados otra vez.
—Hola, mujer.
Le besé en la frente. Me metí debajo del edredón con él. Nos quedamos cinco minutos sin hablar.
Después llegó Loli.
Loli llegó como llega Loli a todos sitios: con un café en la mano izquierda, el móvil en la derecha, una vocecita aguda gritándome desde dos puertas más allá que cómo se me ocurría seguir dormida cuando faltaban siete horas para la ceremonia.
Loli era mi mejor amiga del instituto. Veintidós años de amistad. Era profesora de Historia. Era divorciada. Era escandalosa. Era inteligente. Era la única persona, además de Javi, que me había visto entera. Y aun así no le había contado nada de los últimos cinco meses. Ni una palabra. No por desconfianza: por la sensación de que la conversación con Loli sobre el tema iba a ser larga y yo todavía no la había procesado lo suficiente para sostenerla.
Le iba a tocar, antes o después.
Pero no ese día.
—Vamos. Ducha. Desayuno. Peluquera a las once y media. Maquilladora a las doce y cuarto. Hermano de Javi en la habitación de al lado preguntando por la corbata. Padre de Javi en el patio con cara de necesitar una conversación. Tu padre con la pipa. Mi marido perdido en alguna parte de la cocina robando bocadillos. La gente. La vida. ¡Vamos, Rebeca!
Me levanté.
Le hice caso. A Loli siempre le hago caso.
A las cinco menos cinco de la tarde, mi hermano Carlos me cogió el brazo en la puerta del jardín principal de la finca y empezó a caminar.
Caminamos despacio, porque eso me lo había enseñado mi padre la noche anterior: no corras, Beca, que la gente quiere mirarte; deja que te miren.
A mi lado caminaba Carlos con el traje gris que le sentaba mejor que ninguna otra cosa en el mundo. Estaba aguantándose las lágrimas. Yo no.
Cuando llegamos al final del pasillo de sillas, Javi estaba allí, esperándome con el juez de paz, dos testigos, las dos familias en pie, y Loli soltando un sollozo en primera fila que se oyó hasta Manzanares.
Javi me miró.
Yo le miré.
No nos hizo falta nada más.
Los votos los habíamos preparado juntos. Estábamos los dos hartos de las cosas de los demás. No queríamos el formulario del juez. Queríamos otra cosa.
Yo dije los míos primero. Eran sencillos. Eran clásicos. Hablaban de los desayunos, de los inviernos, de los libros, de los silencios. La gente lloró un poco con los míos.
Javi dijo los suyos después.
Los míos los recordaba todo el mundo. Los suyos los recordó solo yo.
—Rebeca —dijo, mirándome a mí, no al juez ni a los invitados—. Te prometo amarte cada día como te he amado todos los días de los últimos cuatro años. Te prometo no callarme nunca más nada que pese cinco años dentro de mi pecho. Te prometo seguir siendo el hombre que te conoce más que nadie y dejándote ser la mujer que se deja conocer. Te prometo, sobre todo, que las personas importantes de nuestra vida sabrán siempre que tú eres mi mujer y que yo soy tu marido. Aunque a veces, alguna vez, otra persona sepa otras cosas. Te quiero.
El juez de paz parpadeó un segundo, sin entender del todo. Loli sí entendió, creo. Mi padre no entendió pero le brillaron los ojos. Carlos, mi hermano, sonrió. Marco no estaba allí.
Yo cogí la mano de Javi. Y dije sí, quiero con la voz más limpia que me ha salido nunca de la garganta.
Y Javi dijo sí, quiero.
Y nos pusimos los anillos.
Y nos besamos.
Y el juez declaró marido y mujer a Javier Marín Castro y a Rebeca Vázquez Pérez.
Y Loli soltó otro sollozo.
Y mi padre, desde el banco de detrás, susurró: ya os he dicho yo a vosotros dos que la fiesta es lo de menos.
El banquete fue lo que son los banquetes. Comida buena. Discursos llorosos. Brindis. El padre de Javi —catedrático jubilado de Física, hombre seco, hombre brillante— se levantó a las once y media de la noche y dijo unas palabras tan torpes y tan tiernas sobre su hijo y sobre mí que la mitad del salón se levantó a aplaudirle de pie. La otra mitad lo hizo después porque las modas se pegan.
Yo bailé con mi padre, con Carlos, con Rodrigo, con la mitad de mis primos, con Loli encima de un taburete, y con Javi.
A medianoche menos cuarto me senté un segundo a beber agua en el bar improvisado del patio.
Y entonces, por la puerta lateral del jardín, entró Marco.
Llevaba un traje azul marino que no era el del bufete. Llevaba una corbata granate. Llevaba el pelo todavía con la marca de la gorra del aeropuerto. Tenía cara de no haber dormido desde Berlín pero tenía una sonrisa entera en los ojos.
Cruzó el patio sin hacer ruido. Saludó al camarero. Pidió una copa de cava. Se acercó a mi mesa con la copa en la mano. Me dio dos besos como si fuéramos conocidos del trabajo de Javi y nada más. Buscó a Javi con la mirada por el salón. Le encontró bailando con su madre. Le saludó con la mano. Javi le devolvió el saludo asintiendo con la cabeza, sonriendo discretamente, sin soltar a su madre.
Marco se sentó conmigo dos minutos. Hablamos como conocidos. La gente que pasaba al lado podía pensar que era un colega de Javi al que él había invitado en el último momento y que había llegado tarde por un vuelo.
—Estás guapísima —me dijo, en voz baja.
—Estás muy elegante —le dije yo.
—¿Está todo en pie?
—Todo en pie.
Asintió. Se levantó. Se fue a saludar a Rodrigo, que era el único además de Javi que sabía. Rodrigo le dio un abrazo de hombre.
A la una de la madrugada, Javi cruzó el salón hacia mí. Me cogió la mano. Me sonrió.
—Nos retiramos —dijo en voz alta.
Aplausos. Confeti. Loli gritando algo desde la pista de baile. Mi padre sonriéndome desde una mesa con la pipa apagada en la mano. Carlos guiñándome un ojo.
Subimos por las escaleras de piedra cogidos de la mano. Cerré los ojos un segundo. Olí a glicinias. Olí a cava. Olí a Javi.
Llegamos a la habitación nupcial.
Javi abrió la puerta. Cerró detrás de los dos.
Le miré.
Estaba guapísimo con la pajarita un poco torcida, las gafas un poco torcidas también, el pelo medio caído sobre la frente y los ojos brillando como si hubiera estado bebiendo y a la vez no hubiera estado bebiendo nada.
—Marido —le dije.
—Mujer —me dijo.
Nos besamos.
Y a las dos en punto de la madrugada, según lo planeado, sonaron tres golpes pequeños en la puerta de la habitación.
¿Y tú qué dirías?
Si pudieras invitar a tu propia boda a alguien que comparte un secreto contigo, ¿quién sería?
Vota y descubre qué eligieron los demás miembros del club.
Las claves de este capítulo
Lo que hicieron bien
Mantener al toro al margen de la boda formal pero presente en el ritual íntimo es exactamente la forma de hacerlo. Ni esconderlo (lo que generaría culpa), ni exhibirlo (lo que generaría incomodidad en la familia y violentaría a Marco). La discreción no es vergüenza: es respeto a los códigos que cada espacio necesita.
Aspecto clave
Una boda con un secreto compartido entre los dos novios es una boda más sólida que una boda sin secretos. El secreto compartido es columna estructural. Lo que casa a una pareja no es lo que la familia ve durante el banquete: es lo que solo ellos dos saben mientras lo viven.